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domingo, 30 de mayo de 2010

Cambios en 'Ridículo'

Hasta ayer se leía esto:


1.

La ceguera por inatención puede tener grados. Enca­be­zan la gra­da­ción los que contan­do pases no vieron pasar al gorila; con un simple ajuste zooló­gi­co se les puede apli­car otro famo­so repro­che por ina­ten­ción, en este caso alo­ja­do en una frase anó­ni­ma y popu­lar en vez de un experi­men­to acadé­mi­co: “Se te escapó la tor­tu­ga”. (La lenti­tud hiperbó­li­ca del blooper es la versión cinéti­ca y durati­va de la desa­ten­ción; tan impro­ba­ble es la fuga del lento como la imper­cep­ción del grotes­co.) En segundo lugar está, por ejemplo, la sospe­cha del baión, que repre­sen­ta el princi­pio del fin de un des­co­no­ci­mien­to: “Deben ser los gorilas, deben ser”, vislum­bran la voz cantante y su coro en el estri­bi­llo que cierra cada situa­ción. Pasan­do de la con­je­tu­ra a la afir­ma­ción llega­mos al tercer grado, con una nula desa­ten­ción; ahí están los 4 ó 5 que vieron al gorila atravesar la ronda y golpear­se el pecho a lo hombre mono.
Pero no es la ceguera por inaten­ción lo que me inte­re­sa acá, sino el tipo de perso­na­je elegido para mos­trar­la en su grado máximo. Con ustedes, entonces, lo ridícu­lo: la cosa más difícil de disimu­lar, la nega­ción misma del disimu­lo, la visi­bi­li­dad más chi­llona. (Para ma­gos, ilu­sio­nis­tas y neuró­lo­gos, su disimu­lo debe ser uno de los trucos más difí­ci­les.)

2.

Excepto cuando se es ridículo actuan­do de ridículo, en pocos casos el actuar de algo y el serlo se encuen­tran a mayor distan­cia que en este. Eso tal vez se deba al hecho de que lo que define a uno niega al otro: cómico o sólo patético, ser ridículo implica haber perdido el control de la propia imagen; actuar es estar ejer­cién­do­lo, incluso si se actúa de ridícu­lo (en cuyo caso se está ejer­cien­do el control de la propia imagen para fingir que no, como pide el papel). La dife­ren­cia se escu­cha en las risas: en un caso premian un logro humo­rís­ti­co y en el otro castigan –a veces con ver­güen­za ajena, a veces con mera saña– una gaffe social: un des­ca­la­bro sin sentido causa­do por un desu­bi­que inasi­mi­la­ble, volun­ta­rio o invo­lun­ta­rio.
Por supuesto, el disfra­za­do de gorila con gestua­li­dad grotes­ca com­po­ne un ridícu­lo, no lo comete (no, al menos, en prime­ra instan­cia; sería otro –uno de segunda ins­tan­cia– el ridículo que se come­tie­ra al com­po­ner­lo). La compo­si­ción elegida forma parte impor­tan­te del truco y le da fuerza a su argu­men­to: no habla igual de nues­tra aten­ción que le esca­mo­teen un tipo común y corrien­te, perfec­ta­men­te mimeti­za­ble, a que le esca­mo­tee­n un dis­fra­za­do gro­tes­co que actúa gro­tes­ca­men­te (“Es in­creí­ble que puedas pasar por alto algo tan obvio”, sinteti­za uno de los entre­vis­ta­dos que pade­ció la cegue­ra ad hoc). Lo ridí­cu­lo de la esce­na mag­ni­fi­ca el mérito y la sor­pre­sa de la omi­sión conse­gui­da. Lo simple del medio uti­li­za­do tam­bién: el pase de magia para esa ilu­sión cega­do­ra se re­du­ce a hacer­nos contar ano­di­nos pases de pe­lo­ta.
Valga el caso como ejemplo de una invi­si­bi­li­dad logra­da sin rehuir­le a la expo­si­ción. En defi­ni­ti­va, en ese logro se consu­ma una proeza senso­rial: se hace invi­si­ble el colmo de la visi­bi­li­dad (a la inversa, con el traje nuevo del empe­ra­dor pasamos de la ilusión de la invi­si­bi­li­dad de lo exis­ten­te a la de la visibi­li­dad de lo inexis­ten­te). Si le atribui­mos a él el mérito, ese gorila es el héroe de la invisi­bi­li­dad ad­qui­ri­da: alcanzó la misma meta que otros pero con mayor des­ven­ta­ja.
Actuado o cometido, no deja de haber algo ridículo que cruza de­sa­per­ci­bi­do una ronda de bas­quet­bo­lis­tas (y 27 minu­tos con 17 segundos del docu­men­tal, para ampliar con noso­tros ese número de dóciles concen­tra­dos en otra cosa, como le pasa al pre­fec­to G y su poli­cía pari­si­na con la carta roba­da sobreex­pues­ta). A la proeza sen­so­rial se suma una proeza dramá­ti­ca: al actuar de ridículo, el dis­fra­za­do finge ser uno impo­si­bi­li­ta­do de fingir, uno que cuando le toca serlo es por una caída en des­gra­cia, no por un papel en el reparto.

3.

Por supuesto, los que en ese experi­men­to no perci­bie­ron al perso­na­je ridículo (y quedan por eso en ridículo ante los televi­den­tes, que pronto se iden­ti­fi­ca­rán con ellos) tam­po­co perci­bie­ron la ridi­cu­lez en juego. Una con­di­ción infalta­ble de lo ridículo es que no pasa desa­per­ci­bi­do, como que con­sis­te en el espectá­cu­lo de una sobreex­po­si­ción. Puede igno­rarlo el que es ridículo, el que hace el ridículo, el que cae en el ridículo, el que se pone en ridículo, el que queda ridículo, pero no quienes lo ven quedar, ponerse, caer, hacer o ser. Porque si tam­po­co ellos lo perci­ben, enton­ces no hay ridículo: si no hay pú­bli­co que lo pre­sen­cie, no hay esce­na que lo exhi­ba. A su caso se aplica la equi­va­len­cia que Berkeley atri­bu­ía indis­cri­mi­na­da­men­te: para lo ridícu­lo, ser es ser per­ci­bi­do. Tal vez por eso es que tiene su propio sentido: lo ridícu­lo es perci­bi­do en otros (y evita­do para sí) por quienes, no pade­cien­do ceguera por ina­ten­ción, tampo­co han pade­ci­do la des­gra­cia social de haber perdido el senti­do del ridí­cu­lo.
Antes de situar en su clase este sentido para dife­ren­ciar­lo de otros, dife­ren­cie­mos lo ridículo de lo absurdo, que es su vecino más confun­di­ble. Lo absurdo daña nuestro sentido de lo coherente y lo previsible, o sea, del sentido a secas y del sentido común: eso no tiene sentido, eso no tiene ni pies ni cabeza; no es previ­si­ble por no ser com­pren­si­ble (en vez de por ser alea­to­rio, por ejem­plo). Lo ridículo, en cambio, daña nuestro sentido de lo ade­cua­do y sus pro­por­cio­nes, o sea, del buen sentido y del buen gusto: eso no combina en abso­lu­to, eso con­tras­ta dema­sia­do o “mal”, es una diso­nan­cia nueva a la que no se le admite que haga estilo. (“¿Se me admi­ti­rá más tarde?”, pregun­ta lo ridículo ante la Ley; “Tal vez, pero ahora no”, se le con­tes­ta inva­ria­ble­men­te en su umbral. Lo absurdo no tiene la espe­ran­za de esa acep­ta­ción o la recibe mucho más tarde que lo ridícu­lo, que suele cambiar con las modas y las cos­tum­bres.)

4.

Para registrar lo que registran, los cinco sentidos senso­ria­les si­guen impe­ra­ti­vos físi­cos, quími­cos, bioló­gi­cos, neu­ro­ló­gi­cos. El sexto sentido, la extra-sen­so­rial intui­ción, sigue impe­ra­ti­vos psico­ló­gi­cos, espiri­tua­les, astrales, mágicos o místi­cos, pero siem­pre apli­ca­dos a captar una natura­le­za que, compara­da con la volu­ble y acci­den­tal que captan los otros cinco, es esencial, tal vez de tan inma­te­rial. (Tam­bién eso –o su ecua­ción recí­pro­ca– puede hacér­se­le decir a la trilla­da cita de El Prin­ci­pi­to: “Lo esencial es invi­si­ble a los ojos”.)
Pese a esta división terri­to­rial de lo aprehen­si­ble, unos y otros im­pe­ra­ti­vos compar­ten el ser naturales, es decir, relativos a una natu­ra­le­za, la intui­ble y/o la per­cep­ti­ble (el sentido de la orien­ta­ción da la apa­rien­cia de tener un pie en cada lado o de discurrir por un entre; lo mismo su contraca­ra, el llama­do en que consiste lo instin­ti­vo y que hace de una ac­ción una res­pues­ta, una especie de aca­ta­mien­to natural).
Los impe­ra­ti­vos que siguen otros sentidos son cultu­ra­les: están dicta­dos por el juego de valo­res que pro­mue­ve o impo­ne una comu­ni­dad dada (de ahí que cambien con el tiempo y que difieran a lo largo y ancho del globo). Es el caso del senti­do del humor, el sentido del honor, el sentido del ridí­cu­lo, entre otros. Se los tiene o no se los tiene, se los pierde o se los conser­va, se los tiene de buena o de mala calidad, se los usa con mayor o menor pers­pi­ca­cia, etc. De estas varia­bles depen­de que se sufra o se evite una san­ción social.

5.

video

Jerry Seinfeld, Live on Broadway: I'm Telling You For The Last Time (1998). Incluido en el mo­nó­lo­go “Media Mezzo” de su libro SeinLan­guag.*

“According to most studies, people's number one fear is public speaking. Number two is death. Death is number two. Does that seem right? That means to the average person, if you have to go to a funeral, you're better off in the casket than doing the eulogy.”


De un estudio a otro, lo ridículo pasa de ser algo ina­ten­di­do a ser algo temi­do (o sea, sobrea­ten­di­do). En el famoso estudio de los profe­so­res David Si­mons y Chris­to­pher Cha­bris, el ridí­cu­lo pasaba desa­per­ci­bi­do para una mayo­ría; en este que comen­ta el come­dian­te Jerry Sein­feld, una varian­te del miedo al ridículo es la pri­me­ra pasión al acecho de una mayoría. Acaso por el nulo o supe­ra­do miedo a hablar en públi­co, Sein­feld mani­fies­ta su asom­bro (e impre­fe­ren­cia) por el segun­do puesto; en el remate reúne en una misma escena los dos roles más vota­dos, que pasan a ser dile­má­ti­cos. A fuerza de alto contras­te y combi­na­ción insó­li­ta, el dile­ma y su reso­lu­ción mayo­ri­ta­ria rompen la solem­ni­dad fúne­bre de la escena; con su golpe de humor, Seinfeld hace ver como ridí­cu­lo el ranking encabe­za­do por un miedo al ridícu­lo.
La sanción al ridículo equivale, en lo social, a una pena capital, o al menos eso teme­mos: el miedo al ridículo es el miedo a una muerte social, que viene con el agra­van­te de ser una muerte lúcida (a diferen­cia de la otra). Por una parte, el terror a esa caída súbita en una muerte conscien­te, como de persona empa­re­da­da viva, tal vez explique el ranking que Seinfeld traduce en la pre­fe­ren­cia por la ac­tua­ción de muerto. Por otra parte, esa actua­ción, a dife­ren­cia de la de orador, está libre del riesgo de la sobreac­tua­ción, que es congéni­ta al ridí­cu­lo.


Nota

La primera versión termina­da de este ensayo la leí en Medias y Som­bre­ros #5, “Ready culo”, el sábado 22 de mayo de 2010 alrededor de las 11 de la noche, con los epígrafes de la pro­yec­ción del video del gorila inad­ver­ti­do y la repro­duc­ción del baión “Deben ser los gori­las” , pero sin la lectura intro­duc­to­ria super­pues­ta (la grabé el mismo sába­do dos horas antes de leer, pero no llegué a mez­clar­la ni me decidí a entrar con el mi­cró­fo­no mien­tras sonaba la canción, desde el primer coro, como había calcu­la­do para terminar a la vez).
El final de ese “play­back gra­ba­do” se refiere a la más­ca­ra de gorila con que leí el ensayo. Encarnando el miedo a hablar del que estaba hablando y así enmascarado, creo que también encarné el ridículo, en lugar de sólo actuarlo; los nervios y la voz reseca y rígida se­gu­ra­men­te habrán des­ba­ra­ta­do el efecto de­so­lem­ni­zan­te de la máscara (con la que no había ensayado y en vivo me iba enterando cuánto limitaba la respiración y el ángulo de visión).
El epígra­fe audiovisual con Seinfeld tam­po­co quedó en vivo; el video que tenía era de baja cali­dad y estaba sub­ti­tu­la­do en portu­gués (aunque eso no me desa­gra­da­ba: hacía juego con otra ex­tran­je­ría cerca­na, la del do­bla­je en espa­ñol ibéri­co del docu­men­tal). Opté por leer la cita tradu­ci­da.
Para más previa de la lectura, en el co­men­ta­rio 1 me explayo sobre la for­ma­ción, crónica y agra­de­ci­mien­tos del ensayo.


Hoy le agregué una sección más y el epígrafe de "The finale" en la 4. Ahora se lee esto:




          Fragmento de “Vista”, episodio de la serie de la BBC Sentidos humanos.

          “Deben ser los gorilas” + Introducción leída. El ba­ión es de Aldo Ca­ma­ro­tta, Armando Libreto (pseu­dó­ni­mo de Delfor) y Néstor D'Alesandro. Or­ques­ta de Feliciano Bru­ne­lli; canta Roberto Mo­ra­les. Sello RCA; grabado en 1955.

1.

La ceguera por inatención puede tener grados. Enca­be­zan la gra­da­ción los que contan­do pases no vieron pasar al gorila; con un simple ajuste zooló­gi­co se les puede apli­car otro famo­so repro­che por ina­ten­ción, en este caso alo­ja­do en una frase anó­ni­ma y popu­lar en vez de un experi­men­to acadé­mi­co: “Se te escapó la tor­tu­ga”. (La lenti­tud hiperbó­li­ca del blooper es la versión cinéti­ca y durati­va de la desa­ten­ción; tan impro­ba­ble es la fuga del lento como la imper­cep­ción del grotes­co.) En segundo lugar está, por ejemplo, la sospe­cha del baión, que repre­sen­ta el princi­pio del fin de un des­co­no­ci­mien­to: “Deben ser los gorilas, deben ser”, vislum­bran la voz cantante y su coro en el estri­bi­llo que cierra cada situa­ción. Pasan­do de la con­je­tu­ra a la afir­ma­ción llega­mos al tercer grado, con una nula desa­ten­ción; ahí están los 4 ó 5 que vieron al gorila atravesar la ronda y golpear­se el pecho a lo hombre mono.
Pero no es la ceguera por inaten­ción lo que me inte­re­sa acá, sino el tipo de perso­na­je elegido para mos­trar­la en su grado máximo. Con ustedes, entonces, lo ridícu­lo: la cosa más difícil de disimu­lar, la nega­ción misma del disimu­lo, la visi­bi­li­dad más chi­llona. (Para ma­gos, ilu­sio­nis­tas y neuró­lo­gos, su disimu­lo debe ser uno de los trucos más difí­ci­les.)

2.

Excepto cuando se es ridículo actuan­do de ridículo, en pocos casos el actuar de algo y el serlo se encuen­tran a mayor distan­cia que en este. Eso tal vez se deba al hecho de que lo que define a uno niega al otro: cómico o sólo patético, ser ridículo implica haber perdido el control de la propia imagen; actuar es estar ejer­cién­do­lo, incluso si se actúa de ridícu­lo (en cuyo caso se está ejer­cien­do el control de la propia imagen para fingir que no, como pide el papel). La dife­ren­cia se escu­cha en las risas: en un caso premian un logro humo­rís­ti­co y en el otro castigan –a veces con ver­güen­za ajena, a veces con mera saña– una gaffe social (la avalancha que provoca “un gordo” que resbala y rueda por los tablones de la tri­bu­na, por ejemplo; y en general, un des­ca­la­bro sin sentido causa­do por un desu­bi­que inasi­mi­la­ble, volun­ta­rio o invo­lun­ta­rio).
Por supuesto, el disfra­za­do de gorila con gestua­li­dad grotes­ca com­po­ne un ridícu­lo, no lo comete (no, al menos, en prime­ra instan­cia; sería otro –uno de segunda ins­tan­cia– el ridículo que se come­tie­ra al com­po­ner­lo). La compo­si­ción elegida forma parte impor­tan­te del truco y le da fuerza a su argu­men­to: no habla igual de nues­tra aten­ción que le esca­mo­teen un tipo común y corrien­te, perfec­ta­men­te mimeti­za­ble, a que le esca­mo­tee­n un dis­fra­za­do gro­tes­co que actúa gro­tes­ca­men­te (“Es in­creí­ble que puedas pasar por alto algo tan obvio”, sinteti­za uno de los entre­vis­ta­dos que pade­ció la cegue­ra ad hoc). Lo ridí­cu­lo de la esce­na mag­ni­fi­ca el mérito y la sor­pre­sa de la omi­sión conse­gui­da. Lo simple del me­dio uti­li­za­do tam­bién: el pase de magia para esa ilu­sión cega­do­ra se re­du­ce a hacer­nos contar ano­di­nos pases de pe­lo­ta.
Valga el caso como ejemplo de una invi­si­bi­li­dad logra­da sin re­huir­le a la expo­si­ción. En defi­ni­ti­va, en ese logro se consu­ma una proeza senso­rial: se hace invi­si­ble el colmo de la visi­bi­li­dad (a la inversa, con el traje nuevo del empe­ra­dor pasamos de la ilusión de la invi­si­bi­li­dad de lo exis­ten­te a la de la visibi­li­dad de lo inexis­ten­te). Si le atribui­mos a él el mérito, ese gorila es el héroe de la invisi­bi­li­dad ad­qui­ri­da: alcanzó la misma meta que otros pero con mayor des­ven­ta­ja.
Actuado o cometido, no deja de haber algo ridículo que cruza de­sa­per­ci­bi­do una ronda de bas­quet­bo­lis­tas (y 27 minu­tos con 17 segundos del docu­men­tal, para ampliar con noso­tros ese número de dóciles concen­tra­dos en otra cosa, como le pasa al pre­fec­to G y su poli­cía pari­si­na con la carta roba­da sobreex­pues­ta). A la proeza sen­so­rial se suma una proeza dramá­ti­ca: al actuar de ridículo, el dis­fra­za­do finge ser uno impo­si­bi­li­ta­do de fingir, uno que cuando le toca serlo es por una caída en des­gra­cia, no por un papel en el reparto.

3.

Por supuesto, los que en ese experi­men­to no perci­bie­ron al perso­na­je ridículo (y quedan por eso en ridículo ante los televi­den­tes, que pronto se iden­ti­fi­ca­rán con ellos) tam­po­co perci­bie­ron la ridi­cu­lez en juego. Una con­di­ción infalta­ble de lo ridículo es que no pasa desa­per­ci­bi­do, como que con­sis­te en el espectá­cu­lo de una sobreex­po­si­ción. Puede igno­rarlo el que es ridículo, el que hace el ridículo, el que cae en el ridículo, el que se pone en ridículo, el que queda ridículo, pero no quienes lo ven quedar, ponerse, caer, hacer o ser. Porque si tam­po­co ellos lo perci­ben, enton­ces no hay ridículo: si no hay pú­bli­co que lo pre­sen­cie, no hay esce­na que lo exhi­ba. A su caso se aplica la equi­va­len­cia que Berkeley atri­bu­ía indis­cri­mi­na­da­men­te: para lo ridícu­lo, ser es ser per­ci­bi­do. Tal vez por eso es que tiene su propio sentido: lo ridícu­lo es perci­bi­do en otros (y evita­do para sí) por quienes, no pade­cien­do ceguera por ina­ten­ción, tampo­co han pade­ci­do la des­gra­cia social de haber perdido el senti­do del ridí­cu­lo.
Antes de situar en su clase este sentido para dife­ren­ciar­lo de otros, dife­ren­cie­mos lo ridículo de lo absurdo, que es su vecino más confun­di­ble.

4.

          En “The Finale”, último episodio de la serie Sein­feld (1998).

Una banqueta sin patas a la que le falta el asiento y un porta sachet de plástico (demasiado) blando son dos absurdos, si bien de distinto tipo: el primero semántico o conceptual, el se­gun­do pragmático. Lo absurdo nos deja sin comprender un cómo o un porqué. Lo absurdo daña nuestro sentido de lo cohe­ren­te y lo previsible, por un lado, y de lo utilizable y lo práctico, por el otro (o sea, del sentido a secas y del sentido común). Absurdo es aquello que tiene al menos un rasgo que ma­lo­gra su racionalidad (y, con ella, su previsibilidad, si es un evento, como la del juego sin reglas que perturba a Alicia en el campo de crocket de la reina) o que ma­lo­gra su fun­cio­na­li­dad.
Lo ridículo, en cambio, daña nuestro sen­ti­do de lo ade­cua­do y sus pro­por­cio­nes (o sea, del buen sentido y del buen gusto): eso no combina en abso­lu­to, eso con­tras­ta dema­sia­do o “mal”, es una diso­nan­cia nueva a la que no se le admite que haga estilo. “¿Se me admi­ti­rá más tarde?”, podemos imaginar que pregun­ta lo ridículo ante la Ley; “Tal vez, pero ahora no”, se le con­tes­ta en su umbral. Lo absurdo no tiene la espe­ran­za de esa acep­ta­ción o la recibe mucho más tarde que lo ridícu­lo, que suele cambiar con las mo­das, las cos­tum­bres y los valores (el costo político de ridiculizar a un gordo que no pagan los autores e intérpretes del baión a mediados del siglo XX ya lo pagan a finales Jerry Seinfeld y sus amigos, en el juicio del último episodio).

5.

Para registrar lo que registran, los cinco sentidos senso­ria­les si­guen impe­ra­ti­vos físi­cos, quími­cos, bioló­gi­cos, neu­ro­ló­gi­cos. El sexto sentido, la extra-sen­so­rial intui­ción, sigue impe­ra­ti­vos psico­ló­gi­cos, espiri­tua­les, astrales, mágicos o místi­cos, pero siem­pre apli­ca­dos a captar una natura­le­za que, compara­da con la volu­ble y acci­den­tal que captan los otros cinco, es esencial, tal vez de tan inma­te­rial. (Tam­bién eso –o su ecua­ción recí­pro­ca– puede hacér­se­le decir a la trilla­da cita de El Prin­ci­pi­to: “Lo esencial es invi­si­ble a los ojos”.)
Pese a esta división terri­to­rial de lo aprehen­si­ble, unos y otros im­pe­ra­ti­vos compar­ten el ser naturales, es decir, relativos a una natu­ra­le­za, la intui­ble y/o la per­cep­ti­ble (el sentido de la orien­ta­ción da la apa­rien­cia de tener un pie en cada lado o de discurrir por un entre; lo mismo su contraca­ra, el llama­do en que consiste lo instin­ti­vo y que hace de una ac­ción una res­pues­ta, una especie de aca­ta­mien­to natural).
Los impe­ra­ti­vos que siguen otros sentidos son cultu­ra­les: están dicta­dos por el juego de valo­res que pro­mue­ve o impo­ne una comu­ni­dad dada (de ahí que cambien con el tiempo y que difieran a lo largo y ancho del globo). Es el caso del senti­do del humor, el sentido del honor, el sentido del ridí­cu­lo, entre otros. Se los tiene o no se los tiene, se los pierde o se los conser­va, se los tiene de buena o de mala calidad, se los usa con mayor o menor pers­pi­ca­cia, etc. De estas varia­bles depen­de que se sufra o se evite una san­ción social.

6.

          Jerry Seinfeld, Live on Broadway: I'm Telling You For The Last Time (1998). Incluido en el mo­nó­lo­go “Media Mezzo” de su libro SeinLan­guag.*

          “According to most studies, people's number one fear is public speaking. Number two is death. Death is number two. Does that seem right? That means to the average person, if you have to go to a funeral, you're better off in the casket than doing the eulogy.”

De un estudio a otro, lo ridículo pasa de ser algo ina­ten­di­do a ser algo temi­do (o sea, sobrea­ten­di­do). En el famoso estudio de los profe­so­res David Si­mons y Chris­to­pher Cha­bris, el ridí­cu­lo pasaba desa­per­ci­bi­do para una mayo­ría; en este que comen­ta el come­dian­te Jerry Sein­feld, una varian­te del miedo al ridículo es la pri­me­ra pasión al acecho de una mayoría. Acaso por el nulo o supe­ra­do miedo a hablar en públi­co, Sein­feld mani­fies­ta su asom­bro (e impre­fe­ren­cia) por el segun­do puesto; en el remate reúne en una misma escena los dos roles más vota­dos, que pasan a ser dile­má­ti­cos. A fuerza de alto contras­te y combi­na­ción insó­li­ta, el dile­ma y su reso­lu­ción mayo­ri­ta­ria rompen la solem­ni­dad fúne­bre de la escena; con su golpe de humor, Seinfeld ridiculiza el ranking en­ca­be­za­do por un miedo al ridícu­lo.
La sanción al ridículo equivale, en lo social, a una pena capital, o al menos eso teme­mos: el miedo al ridículo es el miedo a una muerte social, que viene con el agra­van­te de ser una muerte lúcida (a diferen­cia de la otra). Por una parte, el terror a esa caída súbita en una muerte conscien­te, como de persona empa­re­da­da viva, tal vez explique el ranking que Seinfeld traduce en la pre­fe­ren­cia por la ac­tua­ción de muerto. Por otra parte, esa actua­ción, a dife­ren­cia de la de orador, está libre del riesgo de la sobreac­tua­ción, que es congéni­ta al ridí­cu­lo.


Nota
La primera versión termina­da de este ensayo la leí en Medias y Som­bre­ros #5, “Ready culo”, el sábado 22 de mayo de 2010 alrededor de las 11 de la noche, con los epígrafes de la pro­yec­ción del video del gorila inad­ver­ti­do y la repro­duc­ción del baión “Deben ser los gori­las”, pero sin la lectura intro­duc­to­ria super­pues­ta (la grabé el mismo sába­do dos horas antes de leer, pero no llegué a mez­clar­la ni me decidí a entrar con el mi­cró­fo­no mien­tras sonaba la canción, desde el primer coro, como había calcu­la­do para terminar a la vez).
El final de ese “play­back gra­ba­do” se refiere a la más­ca­ra de gorila con que leí el ensayo. Encarnando el miedo a hablar del que es­ta­ba hablando y así enmascarado, creo que también encarné el ri­dí­cu­lo, en lugar de sólo actuarlo; los nervios y la voz reseca y rí­gi­da se­gu­ra­men­te habrán des­ba­ra­ta­do el efecto de­so­lem­ni­zan­te de la máscara (con la que no había ensayado y en vivo me iba enterando cuánto limitaba la respiración y el ángulo de visión).
El epígra­fe audiovisual con Seinfeld tam­po­co quedó en vivo; el video que tenía era de baja cali­dad y estaba sub­ti­tu­la­do en portu­gués (aunque eso no me desa­gra­da­ba: hacía juego con otra ex­tran­je­ría cerca­na, la del do­bla­je en espa­ñol ibéri­co del docu­men­tal). Opté por leer la cita tradu­ci­da.
Para más previa de la lectura, en el co­men­ta­rio 1 me explayo sobre la for­ma­ción, crónica y agra­de­ci­mien­tos del ensayo.