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martes, 22 de junio de 2010

Cambios en 'Zahir en blanco'


Agregué una sección en el ensayo. Hasta recién se leía esto:

1.
      Para per­der­se en Dios, los su­fíes re­pi­ten su pro­pio nom­bre o los no­ven­ta y nueve nom­bres di­vi­nos hasta que éstos ya nada quie­ren decir.

      Del cuen­to “El Zahir”, de Jorge Luis Bor­ges.

Como otros, de chico a veces ju­ga­ba a re­pe­tir una pa­la­bra men­tal­men­te (o en un mur­mu­llo bajo) hasta que la des­co­no­cía o ya no la re­co­no­cía (creo que hay una di­fe­ren­cia, aun­que sea la de un matiz, pero no viene al caso ar­gu­men­tar­la). Lo que tal vez hacía atrac­ti­va la ex­pe­rien­cia era que junto con el ob­je­to se de­ja­ba de dis­tin­guir el ob­ser­va­dor que lo sig­ni­fi­ca­ba o nom­bra­ba hasta la sa­tu­ra­ción y el co­lap­so.

2.
      Zahir, en árabe, quie­re decir no­to­rio, vi­si­ble; en tal sen­ti­do, es uno de los no­ven­ta y nueve nom­bres de Dios; la plebe, en tie­rras mu­sul­ma­nas, lo dice de “los seres o cosas que tie­nen la te­rri­ble vir­tud de ser inol­vi­da­bles y cuya ima­gen acaba por en­lo­que­cer a la gente”.

      Del cuen­to “El Zahir”, de Jorge Luis Bor­ges.

Así como en un mo­no­sí­la­bo ya no puede haber di­fe­ren­cia entre sí­la­ba tó­ni­ca y sí­la­ba átona, en el Zahir (en la re­duc­ción de todos a uno que im­pli­ca el Zahir –una va­rian­te desahu­cia­da del mul­tum in parvo que gus­ta­ba re­cor­dar y usar Bor­ges–) ya no puede haber di­fe­ren­cia es­to-otro, uno y el resto, di­fe­ren­cia de roles o fun­cio­nes, re­co­no­ci­mien­to y se­pa­ra­ción de sí.
Un Zahir ca­bal­men­te fatal no puede tener par­tes ni ras­gos: debe ser una pura sin­gu­la­ri­dad. El re­cuer­do ex­clu­yen­te de una mo­ne­da de 20 cen­ta­vos puede estar tan po­bla­do como el re­cuer­do del mundo que ex­clu­ye: sus ra­ya­du­ras ca­sua­les, sus de­ta­lles de di­se­ño, el ma­te­rial del que está hecha, etc. La anu­la­ción del mundo es la anu­la­ción de la di­fe­ren­cia, de la plu­ra­li­dad; por ejem­plo, “no lo­grar ol­vi­dar” un punto, pero un punto to­po­ló­gi­co, no un punto ma­te­rial (que tiene forma, ta­ma­ño, color, etc., o sea, ri­que­za). Y en­ton­ces ya no es la cues­tión la de “re­cor­dar” sólo un punto, sino más pre­ci­sa­men­te la de no poder con­ce­bir más que un punto: ni lí­neas ni vo­lú­me­nes ni hi­per­vo­lú­me­nes, ni lo que entre ellos o con ellos se puede for­mar, las meras cosas.

3.1.

Mente en blan­co en la di­men­sión cero de un as­ce­ta lle­va­do hasta sus úl­ti­mas con­se­cuen­cias y su pri­me­ra con­tra­dic­ción in­elu­di­ble. O pri­mer mo­men­to de la mente en blan­co, cuan­do todo lo dis­tin­to de un punto debe serle irre­pre­sen­ta­ble e in­for­mu­la­ble, que es un combo de ne­ga­cio­nes que desahu­cia. Irre­pre­sen­ta­ble pero analo­ga­ble, al igual que una cuar­ta di­men­sión para no­so­tros, que para en­ten­der­la ape­la­mos a la analo­gía de Flatland (un mundo que di­fie­re en es­ce­na­rio y ac­to­res con el nues­tro, pero no en si­tua­cio­nes, po­si­cio­nes, roles y re­la­cio­nes en ge­ne­ral): tan in­con­ce­bi­bles son tres per­pen­di­cu­la­res entre sí en un es­pa­cio bi­di­men­sio­nal como cua­tro en uno tri­di­men­sio­nal (y dos –el inicio de la “per­pen­di­cu­la­ri­dad”– en uno uni­di­men­sio­nal). In­for­mu­la­ble, a di­fe­ren­cia de una cuar­ta di­men­sión, que si no exis­te no es por in­con­sis­ten­te (en su foto ac­tual) ni por ab­so­lu­ta­men­te ar­bi­tra­ria (en su pe­lí­cu­la), al menos no menos que las otras di­men­sio­nes: las re­glas de for­ma­ción y com­por­ta­mien­to de un hi­per­vo­lu­men son tan con­sis­ten­tes y son tan pre­de­ci­bles los re­sul­ta­dos de su apli­ca­ción como las de un vo­lu­men, una su­per­fi­cie, una línea, un punto.

3.2.
              Fue el si­len­cio un pozo
              que tra­gué va­cián­do­me.
              Cuan­do acabé de tra­gar­lo
              el pozo es­ta­ba lleno
              y yo era su fondo vacío,
              in­fi­ni­to,
              por donde co­men­cé a caer
              aho­gan­do un grito.

El se­gun­do mo­men­to de la mente en blan­co es el de su au­to­in­clu­sión; lle­va­do a sus úl­ti­mas con­se­cuen­cias, el as­ce­ta arri­ba a una es­ce­na ab­sur­da en el lí­mi­te de la re­duc­ción del uni­ver­so a un ob­je­to he­chi­zan­te. La úl­ti­ma víc­ti­ma de ese punto zahi­res­co tiene que ser la con­cien­cia de sí, el yo (más pre­ci­sa­men­te, la dis­tin­ción –el re­gis­tro de la di­fe­ren­cia– yo/otro). Re­cién en­ton­ces la pre­sen­cia o el re­cuer­do o el pen­sa­mien­to (en fin, la con­cien­cia) de un solo tér­mino del uni­ver­so es fatal para el es­pec­tro, es mente en blan­co irre­ver­si­ble, es au­to­va­cia­mien­to de la mente, que en­ton­ces deja de per­ci­bir­se a sí como una de las cosas que pue­den per­ci­bir­se o con­ce­bir­se y se con­su­ma ahí aque­lla anu­la­ción de todos en uno, con uno úl­ti­mo que los traga antes de tra­gar­se a sí mismo (en ese uno-to­do-nin­guno se con­su­ma, en de­fi­ni­ti­va, el pa­sa­je del revés al an­ver­so de la nada, al decir de Bras­ca).
Atri­buir­le, en algún grado po­si­ti­vo, un es­ta­do de con­cien­cia a eso tiene el mismo valor que atri­buír­se­lo a una pie­dra. Como le gusta a Do­li­na citar a Una­muno (Del sen­ti­mien­to trá­gi­co de la vida, I, “El hom­bre de carne y hueso”): “Más veces he visto ra­zo­nar a un gato que no reír o llo­rar. Acaso llore o ría por den­tro, pero por den­tro acaso tam­bién el can­gre­jo re­suel­va ecua­cio­nes de se­gun­do grado”.

4.

Pero la mente en blan­co tam­bién puede ser en­ten­di­da como un grado nulo de es­ta­do de con­cien­cia, donde co­exis­ten con­cep­tos mu­tua­men­te ex­clu­yen­tes, con­cep­tos que en vez de im­pli­car­se se re­pe­len uno al otro y a la vez con­vi­ven. Puede ser en­ten­di­da como la ex­pe­rien­cia de la inexis­ten­cia (o la ilu­sión de ha­ber­la al­can­za­do sin haber re­nun­cia­do a la exis­ten­cia ni a su ex­pe­rien­cia), tanto como la falta de toda ex­pe­rien­cia, in­clu­yen­do la de sí, con la que con­clu­ye (o la ilu­sión de tener la ex­pe­rien­cia de haber per­di­do toda ex­pe­rien­cia).
Una pa­ra­do­ja ge­nui­na es la for­mu­la­ción de una im­po­si­bi­li­dad, que acá es el re­sul­ta­do de un salto al lí­mi­te (un lle­var algo de ese modo hasta sus úl­ti­mas y con­tra­dic­to­rias con­se­cuen­cias), en este caso el lí­mi­te de una re­duc­ción del uni­ver­so o de un blan­quea­mien­to de la mente.

5.
      6 de di­ciem­bre. Ma­tan­za de los cer­dos.
      Tres cosas:
      Verse a sí mismo como una cosa ajena, ol­vi­dar lo visto, con­ser­var la mi­ra­da.
      O sea, dos cosas solas, dado que la ter­ce­ra com­pren­de la se­gun­da.

      Franz Kafka, Con­si­de­ra­cio­nes acer­ca del pe­ca­do, el dolor, la es­pe­ran­za y el ca­mino ver­da­de­ro, Edi­to­rial Alfa Ar­gen­ti­na, Bue­nos Aires, 1975; “Ter­cer cua­derno en oc­ta­vo”, pá­gi­na 65, en­tra­da del 6 de di­ciem­bre de 1917.


      Y esta vez des­a­pa­re­ció muy len­ta­men­te, em­pe­zan­do por la punta de la cola y ter­mi­nan­do por la son­ri­sa, que per­sis­tió du­ran­te algún tiem­po des­pués que el resto de él se hubo ido.
      “¡Bueno!”, pensó Ali­cia. “¡He visto mu­chas veces gatos sin son­ri­sa, pero una son­ri­sa sin gato...! ¡Es la cosa más rara que vi en mi vida!”

      Lewis Ca­rroll, Ali­cia en el país de las ma­ra­vi­llas, Ca­pí­tu­lo VI, “Cerdo y pi­mien­ta” (tra­duc­ción de Eduar­do Stil­man para Los li­bros de Ali­cia, Edi­cio­nes de la Flor, Bue­nos Aires, 1998, pá­gi­nas 70 y 71).

Como puede apre­ciar­se, la de Kafka no es una enu­me­ra­ción de metas in­co­ne­xas (como plan­tar un árbol, es­cri­bir un libro y tener un hijo, que pue­den ha­cer­se en cual­quier orden), sino una se­cuen­cia de ta­reas co­rre­la­ti­vas: pri­me­ro, verse a sí mismo como una cosa ajena; des­pués, ol­vi­dar lo visto; y en­ton­ces con­ser­var la mi­ra­da. Hecha la re­duc­ción, el desa­fío en­he­bra dos mi­sio­nes: verse a sí mismo como una cosa ajena y con­ser­var la mi­ra­da (con­se­cuen­cia ines­pe­ra­da de ol­vi­dar lo visto, medio ines­pe­ra­do de con­ser­var la mi­ra­da).
Así como la doble ne­ga­ción afir­ma, bo­rrar lo bo­rra­do es un modo de la lu­ci­dez: se con­ser­va la mi­ra­da ol­vi­dan­do lo visto (se­gun­do bo­rra­do) una vez que se ha cum­pli­do el verse a sí mismo como una cosa ajena (pri­mer bo­rra­do). O tal vez sólo quede la mi­ra­da, sin al­guien que la sos­ten­ga ni cosa pro­pia o ajena sobre la que se apoye, tan con­je­tu­ral como el gato con risa de Una­muno, tan abs­trac­ta como la son­ri­sa sin gato del sueño de Ali­cia, tan va­cia­da como el cu­chi­llo pre­cur­sor que “ima­gi­nó” Georg Ch­ris­toph Li­ch­ten­berg, sin hoja ni mango.


Ahora se lee esto:

1.
      «Para per­der­se en Dios, los su­fíes re­pi­ten su pro­pio nom­bre o los no­ven­ta y nueve nom­bres di­vi­nos hasta que éstos ya nada quie­ren decir.»

      Del cuen­to “El Zahir”, de Jorge Luis Bor­ges.

Como otros, de chico a veces ju­ga­ba a re­pe­tir una pa­la­bra men­tal­men­te (o en un mur­mu­llo bajo) hasta que la des­co­no­cía o ya no la re­co­no­cía (creo que hay una di­fe­ren­cia, aun­que sea la de un matiz, pero no viene al caso ar­gu­men­tar­la). Lo que tal vez hacía atrac­ti­va la ex­pe­rien­cia era que junto con el ob­je­to se de­ja­ba de dis­tin­guir el ob­ser­va­dor que lo sig­ni­fi­ca­ba o nom­bra­ba hasta la sa­tu­ra­ción y el co­lap­so.

2.
      la re­be­lión con­sis­te en mirar una rosa
      hasta pul­ve­ri­zar­se los ojos

      Los dos úl­ti­mos ver­sos del poema 23 de Árbol de Diana, de Ale­jan­dra Pi­zar­nik


      «Ese pro­yec­to má­gi­co había ago­ta­do el es­pa­cio en­te­ro de su alma; si al­guien le hu­bie­ra pre­gun­ta­do su pro­pio nom­bre o cual­quier rasgo de su vida an­te­rior, no ha­bría acer­ta­do a res­pon­der.»

      “Las rui­nas cir­cu­la­res”, de Jorge Luis Bor­ges


      ex­pli­car con pa­la­bras de este mundo
      que par­tió de mí un barco lle­ván­do­me

      Poema 13 de Árbol de Diana, de Ale­jan­dra Pi­zar­nik

En nues­tro ima­gi­na­rio de me­tá­fo­ras, pen­sar in­ten­sa­men­te en algo im­pli­ca dis­tan­ciar­se de sí o in­clu­so des­truir­se (que es algo así como pul­ve­ri­zar­se los ojos). Como la se­gun­da vía ya nos dejó en un punto muer­to, si­gá­mos­le el ras­tro a la pri­me­ra.
En el má­xi­mo de con­cen­tra­ción se al­can­za el mí­ni­mo de con­ser­va­ción de la con­cien­cia de sí, de la iden­ti­dad pro­pia (de pro­pie­dad de iden­ti­dad al­gu­na, pre­sen­te o pa­sa­da). Pero no hay dis­per­sión de iden­ti­dad en ese des­per­so­na­li­zar­se, sino re­con­ver­sión o cam­bio de roles: la con­cien­cia más aguda es un tras­va­sar­se en lo otro, ser lo que se per­ci­be o se com­pren­de (y en­ton­ces estar en con­di­cio­nes de du­pli­car la per­cep­ción o la com­pren­sión me­dian­te una re­fle­xión de sí vuel­to otro). En la pri­me­ra re­fle­xión po­si­ble, cuan­do eso otro es el pro­pio ser, se pro­du­ce un raro aco­ple de des­per­so­na­li­za­ción y re­per­so­na­li­za­ción (análo­go al de ser el puer­to y la carga del barco que par­tió).

3.
      «Zahir, en árabe, quie­re decir no­to­rio, vi­si­ble; en tal sen­ti­do, es uno de los no­ven­ta y nueve nom­bres de Dios; la plebe, en tie­rras mu­sul­ma­nas, lo dice de “los seres o cosas que tie­nen la te­rri­ble vir­tud de ser inol­vi­da­bles y cuya ima­gen acaba por en­lo­que­cer a la gente”.»

      Del cuen­to “El Zahir”, de Jorge Luis Bor­ges.

Así como en un mo­no­sí­la­bo ya no puede haber di­fe­ren­cia entre sí­la­ba tó­ni­ca y sí­la­ba átona, en el Zahir (en la re­duc­ción de todos a uno que im­pli­ca el Zahir –una va­rian­te desahu­cia­da del mul­tum in parvo que gus­ta­ba re­cor­dar y usar Bor­ges–) ya no puede haber di­fe­ren­cia es­to-otro, uno y el resto, di­fe­ren­cia de roles o fun­cio­nes, re­co­no­ci­mien­to y se­pa­ra­ción de sí.
Un Zahir ca­bal­men­te fatal no puede tener par­tes ni ras­gos: debe ser una pura sin­gu­la­ri­dad. El re­cuer­do ex­clu­yen­te de una mo­ne­da de 20 cen­ta­vos puede estar tan po­bla­do como el re­cuer­do del mundo que ex­clu­ye: sus ra­ya­du­ras ca­sua­les, sus de­ta­lles de di­se­ño, el ma­te­rial del que está hecha, etc. La anu­la­ción del mundo es la anu­la­ción de la di­fe­ren­cia, de la plu­ra­li­dad; por ejem­plo, “no lo­grar ol­vi­dar” un punto, pero un punto to­po­ló­gi­co, no un punto ma­te­rial (que tiene forma, ta­ma­ño, color, etc., o sea, ri­que­za). Y en­ton­ces ya no es la cues­tión la de “re­cor­dar” sólo un punto, sino más pre­ci­sa­men­te la de no poder con­ce­bir más que un punto: ni lí­neas ni vo­lú­me­nes ni hi­per­vo­lú­me­nes, ni lo que entre ellos o con ellos se puede for­mar, las meras cosas.

4.1.

Mente en blan­co en la di­men­sión cero de un as­ce­ta lle­va­do hasta sus úl­ti­mas con­se­cuen­cias y su pri­me­ra con­tra­dic­ción in­elu­di­ble. O pri­mer mo­men­to de la mente en blan­co, cuan­do todo lo dis­tin­to de un punto debe serle irre­pre­sen­ta­ble e in­for­mu­la­ble, que es un combo de ne­ga­cio­nes que desahu­cia. Irre­pre­sen­ta­ble pero analo­ga­ble, al igual que una cuar­ta di­men­sión para no­so­tros, que para en­ten­der­la ape­la­mos a la analo­gía de Flatland (un mundo que di­fie­re en es­ce­na­rio y ac­to­res con el nues­tro, pero no en si­tua­cio­nes, po­si­cio­nes, roles y re­la­cio­nes en ge­ne­ral): tan in­con­ce­bi­bles son tres per­pen­di­cu­la­res entre sí en un es­pa­cio bi­di­men­sio­nal como cua­tro en uno tri­di­men­sio­nal (y dos –el inicio de la “per­pen­di­cu­la­ri­dad”– en uno uni­di­men­sio­nal). In­for­mu­la­ble, a di­fe­ren­cia de una cuar­ta di­men­sión, que si no exis­te no es por in­con­sis­ten­te (en su foto ac­tual) ni por ab­so­lu­ta­men­te ar­bi­tra­ria (en su pe­lí­cu­la), al menos no menos que las otras di­men­sio­nes: las re­glas de for­ma­ción y com­por­ta­mien­to de un hi­per­vo­lu­men son tan con­sis­ten­tes y son tan pre­de­ci­bles los re­sul­ta­dos de su apli­ca­ción como las de un vo­lu­men, una su­per­fi­cie, una línea, un punto.

4.2.
              Fue el si­len­cio un pozo
              que tra­gué va­cián­do­me.
              Cuan­do acabé de tra­gar­lo
              el pozo es­ta­ba lleno
              y yo era su fondo vacío,
              in­fi­ni­to,
              por donde co­men­cé a caer
              aho­gan­do un grito.

El se­gun­do mo­men­to de la mente en blan­co es el de su au­to­in­clu­sión; lle­va­do a sus úl­ti­mas con­se­cuen­cias, el as­ce­ta arri­ba a una es­ce­na ab­sur­da en el lí­mi­te de la re­duc­ción del uni­ver­so a un ob­je­to he­chi­zan­te. La úl­ti­ma víc­ti­ma de ese punto zahi­res­co tiene que ser la con­cien­cia de sí, el yo (más pre­ci­sa­men­te, la dis­tin­ción –el re­gis­tro de la di­fe­ren­cia– yo/otro). Re­cién en­ton­ces la pre­sen­cia o el re­cuer­do o el pen­sa­mien­to (en fin, la con­cien­cia) de un solo tér­mino del uni­ver­so es fatal para el es­pec­tro, es mente en blan­co irre­ver­si­ble, es au­to­va­cia­mien­to de la mente, que en­ton­ces deja de per­ci­bir­se a sí como una de las cosas que pue­den per­ci­bir­se o con­ce­bir­se y se con­su­ma ahí aque­lla anu­la­ción de todos en uno, con uno úl­ti­mo que los traga antes de tra­gar­se a sí mismo (en ese uno-to­do-nin­guno se con­su­ma, en de­fi­ni­ti­va, el pa­sa­je del revés al an­ver­so de la nada, al decir de Bras­ca).
Atri­buir­le, en algún grado po­si­ti­vo, un es­ta­do de con­cien­cia a eso tiene el mismo valor que atri­buír­se­lo a una pie­dra. Como le gusta a Do­li­na citar a Una­muno (Del sen­ti­mien­to trá­gi­co de la vida, I, “El hom­bre de carne y hueso”): “Más veces he visto ra­zo­nar a un gato que no reír o llo­rar. Acaso llore o ría por den­tro, pero por den­tro acaso tam­bién el can­gre­jo re­suel­va ecua­cio­nes de se­gun­do grado”.

5.

Pero la mente en blan­co tam­bién puede ser en­ten­di­da como un grado nulo de es­ta­do de con­cien­cia, donde co­exis­ten con­cep­tos mu­tua­men­te ex­clu­yen­tes, con­cep­tos que en vez de im­pli­car­se se re­pe­len uno al otro y a la vez con­vi­ven. Puede ser en­ten­di­da como la ex­pe­rien­cia de la inexis­ten­cia (o la ilu­sión de ha­ber­la al­can­za­do sin haber re­nun­cia­do a la exis­ten­cia ni a su ex­pe­rien­cia), tanto como la falta de toda ex­pe­rien­cia, in­clu­yen­do la de sí, con la que con­clu­ye (o la ilu­sión de tener la ex­pe­rien­cia de haber per­di­do toda ex­pe­rien­cia).
Una pa­ra­do­ja ge­nui­na es la for­mu­la­ción de una im­po­si­bi­li­dad, que acá es el re­sul­ta­do de un salto al lí­mi­te (un lle­var algo de ese modo hasta sus úl­ti­mas y con­tra­dic­to­rias con­se­cuen­cias), en este caso el lí­mi­te de una re­duc­ción del uni­ver­so o de un blan­quea­mien­to de la mente.

6.
      «6 de di­ciem­bre. Ma­tan­za de los cer­dos.
      Tres cosas:
      Verse a sí mismo como una cosa ajena, ol­vi­dar lo visto, con­ser­var la mi­ra­da.
      O sea, dos cosas solas, dado que la ter­ce­ra com­pren­de la se­gun­da.»

      Franz Kafka, Con­si­de­ra­cio­nes acer­ca del pe­ca­do, el dolor, la es­pe­ran­za y el ca­mino ver­da­de­ro, Edi­to­rial Alfa Ar­gen­ti­na, Bue­nos Aires, 1975; “Ter­cer cua­derno en oc­ta­vo”, pá­gi­na 65, en­tra­da del 6 de di­ciem­bre de 1917.


      «Y esta vez des­a­pa­re­ció muy len­ta­men­te, em­pe­zan­do por la punta de la cola y ter­mi­nan­do por la son­ri­sa, que per­sis­tió du­ran­te algún tiem­po des­pués que el resto de él se hubo ido.
      “¡Bueno!”, pensó Ali­cia. “¡He visto mu­chas veces gatos sin son­ri­sa, pero una son­ri­sa sin gato...! ¡Es la cosa más rara que vi en mi vida!”»

      Lewis Ca­rroll, Ali­cia en el país de las ma­ra­vi­llas, Ca­pí­tu­lo VI, “Cerdo y pi­mien­ta” (tra­duc­ción de Eduar­do Stil­man para Los li­bros de Ali­cia, Edi­cio­nes de la Flor, Bue­nos Aires, 1998, pá­gi­nas 70 y 71).

Como puede apre­ciar­se, la de Kafka no es una enu­me­ra­ción de metas in­co­ne­xas (como plan­tar un árbol, es­cri­bir un libro y tener un hijo, que pue­den ha­cer­se en cual­quier orden), sino una se­cuen­cia de ta­reas co­rre­la­ti­vas: pri­me­ro, verse a sí mismo como una cosa ajena; des­pués, ol­vi­dar lo visto; y en­ton­ces con­ser­var la mi­ra­da. Hecha la re­duc­ción, el desa­fío en­he­bra dos mi­sio­nes: verse a sí mismo como una cosa ajena y con­ser­var la mi­ra­da (con­se­cuen­cia ines­pe­ra­da de ol­vi­dar lo visto, medio ines­pe­ra­do de con­ser­var la mi­ra­da).
Así como la doble ne­ga­ción afir­ma, bo­rrar lo bo­rra­do es un modo de la lu­ci­dez: se con­ser­va la mi­ra­da ol­vi­dan­do lo visto (se­gun­do bo­rra­do) una vez que se ha cum­pli­do el verse a sí mismo como una cosa ajena (pri­mer bo­rra­do). O tal vez sólo quede la mi­ra­da, sin al­guien que la sos­ten­ga ni cosa pro­pia o ajena sobre la que se apoye, tan con­je­tu­ral como el gato con risa de Una­muno, tan abs­trac­ta como la son­ri­sa sin gato del sueño de Ali­cia, tan va­cia­da como el cu­chi­llo pre­cur­sor que “ima­gi­nó” Georg Ch­ris­toph Li­ch­ten­berg, sin hoja ni mango.