-->

viernes, 21 de diciembre de 2012

Cambios en la Introducción



Ayer le agregué el que ahora es su último párrafo a la sección 3 de la Introducción:
Si a un porcentaje significativo de esos lectores interesados se le diera por interactuar conmigo y/o entre sí a través de los comentarios, Zambullidas pasaría de ser una cosa hecha por uno a ser una cosa hecha por varios; tomaría la forma de un racimo de debates. Y si un número significativo de esos debates colgantes dialogaran y linkearan también transversalmente, el objeto Zambullidas tomaría la forma de una enredadera (o de una cortina de rosarios enredados, todos con la primera cuenta pintada por el mismo tipo).


Y hoy le cambié la captura de pantalla de Zambullidas que hace de epígrafe de esa sección (así se veía hasta hoy):

Duda 006 (3.1.0)



Cambié levemente el final del primer párrafo del ensayo y le agregué el asterisco con la nota insertada. Ahora dice así:
la única manera que tenía de salir de la duda era saliendo del baño y atendiendo (“¿X?” “No, equivocado”, fingía yo, y al rato escuchaba el segundo e indudable timbrazo al 14 B).*
En esas respuestas se mezclaba algo verdadero con algo falso: la comunicación estaba equivocada, pero porque también lo estaba la atendida, no el llamado (como es más frecuente).
Si alguna vez se hubiera dado la coincidencia de que un visitante mío tocase por error el 14 B estando yo en el baño, el viaje de verificación habría terminado como siempre en una atendida equivocada (no llamaron a mi timbre...), pero por primera vez también en una atendida exitosa (...pero era para mí).
Como sucede con las sobreestimaciones y las subestimaciones de una cantidad a estimar, acá los errores se anulan: el que debería haber llamado al 14 D y no lo hizo y el que no debería haber atendido ese llamado y lo hizo terminan encontrándose, como si hubieran acertado; el desencuentro que debía ocasionar el llamado equivocado es corregido por la atendida equivocada.


Duda 005 (3.0.0)



El viernes pasado, 14-12-12, hice el reciclaje de la parte caída que no había llegado a hacer el día anterior. Los argumentos de la sección 3, entonces, quedaron así:
3.1

La historia quiere ilustrar los efectos paralizantes de la duda, exacerbados por su sincronización en «un instante de perplejidad universal». Para respetar lo que dice el relato y preservar esta universalidad, dos de los tres episodios de la casuística ofrecida –si es que no los tres– deben verse bajo una clave especial; de otro modo, ilustrarían excepciones respecto del motivo y la oportunidad de la inmovilidad sincronizada (no respecto de su alcance, que seguiría siendo absoluto).
Cuando en una película o en una obra de teatro vemos que un actor hace un aparte y le habla al público, sabemos que ha salido momentáneamente de la trama que lo envuelve; la cadena de causas y efectos, acciones y reacciones, ha quedado suspendida a la espera de su regreso, como congelada en un segundo plano y fuera de foco. De un modo similar, para entender que la cierva y el león (y tal vez también el cazador) se detienen porque participan del instante de perplejidad universal (o sea, porque dudan «sin atinar a hacer un movimiento»), hay que entender en clave de dibujo animado esas detenciones. (No es necesario para las del resto, narradas genéricamente –las de aves y peces– o aun con mayor amplitud –las de «todo ser animado»–.)
En clave realista, dejar de perseguir o de huir para quedarse dudando (o para lo que fuere) es, respectivamente, torpe y también peligroso: es sumamente probable que le cueste al león su comida o a la cierva su vida. Como una consecuencia excluye a la otra, sólo podrían neutralizarse si tuviesen que darse a la vez porque una «coincidencia sumamente improbable» hubiera sincronizado esas parálisis dubitativas, como de hecho ocurre. Pero esa neutralización de perjuicios no hace menos caricaturescas las repentinas frenadas de perseguida y perseguidor; la simultaneidad que la hace posible, en cambio, es de un realismo de alta improbabilidad y consecuente baja verosimilitud, pero realismo al fin.

Resumo y redundo. La frenada de los corredores, que es cómicamente insólita, tiene la circunstancia –sólo extraordinaria– de coincidir en un mismo instante con paralizaciones afines del resto de los seres animados. Si esta sincronización provoca asombro en lugar de escepticismo, tal vez sea porque es más de lo mismo. Nada le impide a lo extraordinario ser real, por mucho que desaliente esperarlo. Pero debemos cambiar nuestro criterio de aceptabilidad de hechos para aceptar que no uno –que ya sería mucho– sino los dos duelistas se detuvieron de golpe a la vez y de manera independiente, en este caso para (o por) dudar. Debemos extender el campo de expectativas con el que veníamos metabolizando los hechos narrados (que admitía animales pensantes, como en las fábulas), porque si no esas detenciones insólitas quedan fuera y se rompe la ilusión. Pronto nos acomodamos en una nueva verosimilitud, la misma con que consumimos hechos en los dibujos animados, donde perseguida y perseguidor pueden despreocuparse de las consecuencias de interrumpir sus esfuerzos (algún ejemplo del coyote y el correcaminos debe haber).
3.1.1

Con esa verosimilitud caricaturesca el cuento erige una duda caricaturescamente fuerte: para ser metaforizada por la parálisis universal que provoca en el mundo narrado, la duda es tan fuerte (tan paralizante) que incluso se impone a aquellos a quienes menos les conviene parar, a los que les resulta el colmo de lo inoportuno; aun éstos son tocados por la duda en la mancha hielo que juega a la vez con «todo ser animado que habita sobre la Tierra».

3.2

Ordenemos como en cuadros de una historieta los hechos previos a la detención de cierva, león y cazador. En el primer cuadro, «la cierva pasta con sus crías». En el segundo, «el león se arroja sobre la cierva, que logra huir». En el tercero, «el cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil». En el cuarto, globitos de pensamiento para cada uno (en rigor, los planteos aparecen en dos tiempos: primero el del cazador y luego, juntos, los de cierva y león). ¿Qué hay en esos globitos? Hay una balanza con un platillo (trofeo más manjar) elocuentemente más pesado que el otro (sólo «un buen trofeo»); hay una sospecha alta y una pregunta retórica que la confirma.
En definitiva, no parece haber en estos planteos más duda que convencimiento; en cada caso, la inclinación es suficientemente inferible, por lo que la duda está en retirada o ya se retiró. Como sea, no parece tan fuerte como para dejar a su portador perplejo y «sin atinar a hacer un movimiento». Más bien se podría decir lo contrario, que las tres dudas parecen demasiado débiles como para impedir que en el quinto cuadro haya una decisión.
Pero por poco esperable que lo haga el razonamiento, precisamente eso es lo que pasa, de acuerdo con lo que dice el cuento.
3.2.1

En lugar de usar la debilidad de las tres dudas para decir que no pasó lo que el cuento dice que pasó o para criticar que no debería haber pasado, podemos usarla en un rol que no sea ni contradictor ni crítico: el rol de otra prueba indirecta de lo caricaturescamente fuertes que son esas dudas, que aun en dosis tan ínfimas (como las que puede haber en un dilema inclinado, una sospecha alta y una pregunta retórica) tienen el poder de paralizar a los inoculados.
Diferencia entre los dos tipos de uso: no juzgo los datos, tampoco los cuestiono silenciándolos o reemplazándolos; los acepto sin quejas ni cambios y me limito a relacionarlos y a buscar las figuras que forman esas relaciones a medida que la comprensión se va simplificando a fuerza de agrupamientos.

3.3

Que no demos por cierto lo que el cuento deja ver como posible (pero en su lugar realiza a otro posible) no significa que debamos desestimarlo. Es relevante en el mismo punto en que lo es la verosimilitud caricaturesca: en el punto de la experiencia del que lee.
Cuando llegamos a la quinta viñeta, quienes se comieron el amague tienen un pie en lo que es (cierva y león participan de una perplejidad universal, o sea, de una inacción causada por la duda) y otro en lo que pudo ser pero no fue (y que es lo opuesto de lo que se nos dice que fue: en esa alucinación de las expectativas, la detención de cierva y león es la primera acción de lo decidido en las deliberaciones, o sea, saliendo o habiendo salido de la duda).
Mientras empezamos a recibir lo que pasa, todavía nos quedamos esperando lo que habíamos razonado que iba a pasar, y ya con los reflejos burlados. En esa mezcla entre la noticia esperada y la recibida, los fantasmas de una se confunden con las realidades de la otra. Veamos cómo.

Volvamos a la primera vez que leímos el cuento, cuando a la altura del cuarto cuadro no sabíamos cuál iba a ser la continuación o el desenlace. Por lo que dicen los globitos, lo menos forzado es esperar que en el quinto cuadro veamos realizada –o a medio realizar– alguna de las preferencias trasuntadas en esos pensamientos, más las consecuencias de esa realización. Por los planteos que se hacen (o por cómo los formulan), inferimos que el cazador quiere dispararle a la cierva, que el león quiere comerse a sus crías y que la cierva quiere evitarlo. Entonces, esperamos ver a continuación
un disparo que mata a la cierva y espanta al león, que casi se la lleva puesta;
o ver brevemente a la cierva detenida para ofrecerse en lugar de sus hijos, instantes antes de que la embista el león, y muerta instantes después;
o ver al león detenido para redirigir su cacería hacia las crías y a la cierva todavía corriendo, alejándose (porque no actúa antes o a la vez que el león y sí antes que el cazador).
Pero nada de eso sucedió; en su lugar, otro evento copó la parada, con efecto idéntico al esperado para la cierva y el león (otra vez, dos líneas causales se cruzan en un mismo efecto y una solapa a la otra). Las tres dudas, por débiles que luzcan en los planteos, en el quinto cuadro inmovilizan a sus poseídos. Lo hacen, además, simultáneamente: lo que sucedió en esta viñeta tuvo la forma de una conjunción de eventos: “A y B y C”; lo que desde la cuarta esperábamos que sucediera tenía la forma disyuntiva “o A o B o C”. Para decirlo con todas las letras: por lo «sumamente improbable» de la coincidencia, no esperábamos que ambos estuvieran detenidos, sino que lo estuviera o la cierva o el león, y no por dudar sino por haber empezado a actuar por fuera de la duda, por estar llevando a cabo la decisión que supusimos tomaría.

3.3.1

La inclinación de los planteos y la nula o baja duda que esas preferencias implican son datos del cuento que podrían aducirse para atribuir la participación de cierva y león en la suspensión universal no a sus dudas o perplejidades, sino a la decisión que toman a partir de sus dudas (ya sea que las dejen atrás por completo o que las conserven en alguna medida que no les haya impedido actuar). Lo que define a esta manera de entender esas pausas y sus razones como un delirio hermenéutico (o sobreinterpretación, para decirlo con menos estridencia) es el hecho de que le hace mostrar al cuento algo diferente de lo que el cuento dice que pasa: lo desmiente (cierva y león no se detuvieron al dudar...) y lo rectifica (...sino al resolverse).
El paso previo a sustituir la historia de la que nos enteramos leyendo por la historia que armamos interpretando es convencernos de que la nuestra cierra más o mejor, o que tiene algún mérito de elegancia u originalidad. Pero incluso concediendo o compartiendo esa opinión, si hay conflicto entre las dos historias, si compiten, basta un dato citable (o uno presumible) para desbaratar el armado interpretativo y su pretensión de verdad.
Que cierva y león, como todos, fueron frenados por la duda es un dato que se constata con algo tan universalmente accesible como una cita:
Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal.
Una lectura que necesite ignorar o reinterpretar ese dato (y que se justifique sosteniendo que ahí el autor habla en sentido figurado o que dice eso para despistarnos), más que una lectura (un saber sobre) es una reescritura (una obra derivada): una nueva edición del material, una reelaboración literaria. El problema es que no se asume como tal y tiene la aristocrática pretensión de estar revelando o comprendiendo el espíritu de la letra, una verdad más sutil o más profunda que la “literal” (que queda como vulgar y superficial).
Pero sin esa pretensión no es problemático reescribir la historia, por ejemplo, afirmando que las tres muestras particulares de la suspensión universal son excepciones a la indecisión paralizante y se explican por sendas decisiones. Por supuesto, en esta nueva selección y disposición de hechos no puede figurar el de la universalidad dubitativa, que le da su título y su gracia al cuento de Brasca. Si estamos dispuestos a resignar tanto, bien puede explorarse qué se obtiene tirando de ahí.

3.3.1.1

Imaginemos entonces que en la quinta viñeta ocurrió simultáneamente lo que en la cuarta podíamos esperar que ocurriera selectivamente: imaginemos que, a diferencia del resto dubitativo, cierva y león se detuvieron al resolverse. En el cuento, la primera y única decisión la toma el cazador, cuyo disparo rompe el hechizo. En esta recreación, cierva y león coinciden con la suspensión del resto en medio de una decisión, en el punto de inflexión de un cambio de inercia. El cazador puede que también, y entonces sería el primero y el único en completar su decisión; todo depende de cómo se divida su accionar. Veamos su caso.
Hay un modo de entender la escena en el que el cazador es uno más entre los indecisos paralizados, incluso en esta versión libre: si apuntar y disparar se considera un solo acto, el cazador primero prepara el fusil, después duda y en consecuencia suspende su caza, que reanuda junto con la vida, cuando finalmente apunta y dispara. Luego, su caso depende de qué vínculos tenga el apuntar con las acciones que lo flanquean en la secuencia del cuasi fusilamiento: si es independiente o es parte del preparar el fusil, el cazador se detuvo al resolver a quién disparar, apuntándole (ya sea que viniese de apuntar al otro o de no estar apuntando); si es parte del disparar, el cazador se detuvo antes, al dudar con el fusil preparado.

3.3.1.2

Desarrollemos la idea de que, en el momento de inmovilizarse, cierva y león están en la mitad de las acciones que eligieron para resolver sus planteos. A la cierva le resta o bien ser alcanzada (la segunda mitad es pasiva) o bien –menos verosímil– dirigirse a un improbabilísimo salvataje de sus hijos (la segunda mitad es activa). Al león, que acaba de desistir de alcanzar a la cierva, le resta perseguir a las crías. Es en esta bisagra cuando cruzan miradas desconcertadas entre sí y con el cazador, que puede que esté en su propia bisagra.
El preparar el fusil es previo o simultáneo a dudar a quién disparar. Si tiene su independencia, el apuntar a uno de los animales –el mantener la mira en un blanco que estuvo en movimiento y que ahora está quieto– es la mitad de la resolución del cazador que participa de la suspensión universal. La otra mitad –el disparar– es la que le pone fin y saca a la historia del mundo de su único hueco (y a cierva y león de sus propósitos originales, suponemos, lo mismo que de la vida a uno de ellos –si el cazador tuvo puntería, lo que puede que no sea necesario para que se reanude la vida, y aquí no se ha lastimado a ningún animal).

3.3.1.3

Además del «único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo», en la narración así imaginada hay tres huecos de saber más, tres elipsis: el narrador pasa de contarnos las deliberaciones de cierva, león y cazador a contarnos las acciones surgidas de ahí; la decisión tomada hay que inferirla o conjeturarla, porque narrada no está.
En esta otra historia, las decisiones de la cierva y del león se dejan ver por sus acciones: si se detuvieron, fue porque una decidió entregarse y el otro decidió dejar de perseguirla e ir a perseguir a sus hijos, decisiones a las que desembocaban las inclinaciones que dejaban ver sus planteos.
La desembocadura es inequívoca en el caso del león, pero en el de la cierva puede dibujar algún delta: ¿frenó para dejarse alcanzar o, como el león, para cambiar de dirección? Lo segundo es bastante menos probable. ¿Qué chances puede tener la cierva de ahuyentar al depredador del que venía huyendo? ¿Y qué utilidad puede tener esa aventura suicida? Lo suyo parece más bien un sacrificio, aunque malogrado una vez por la renuncia sincronizada del león y otra, quizás, por el disparo del cazador. (Si ella fue el blanco, su sacrificio pasó de ser algo destinado sólo para sus hijos a ser algo que resultó efectivo para el mundo.)

3.3.1.4

El objeto de la deliberación de la cierva es la deliberación del león; para decidir qué hacer, la presa intenta anticipar la siguiente jugada del depredador poniéndose en su lugar, haciendo una estimación de sus opciones y conveniencias. Ni el cazador felino ni el humano adoptan el punto de vista de otro en sus deliberaciones, ni se ocupan de una conveniencia que no sea la propia (también a diferencia de mamá cierva, que antepone la de sus hijos a la suya con una tentativa de sacrificio).
La cierva acertó en qué iba a plantearse el león y cómo lo iba a resolver (o sea, qué iba a hacer), pero cuando reaccionó ya era tarde: se resolvió a evitarlo al mismo tiempo en que empezaba a ocurrir, no antes; lo tardío le inutilizó lo certero.
Ni bien se detiene para entregarse, podemos imaginar que la cierva pasa de esperar con terror el ataque final a frustrarse porque no llega. De esa frustración la sacará un disparo, para bien (el blanco fue el león) o para mal (el blanco fue ella).

3.4

Por suerte para casi todos, «con el disparo del cazador se reanuda la vida» (esa excepción resulta un sacrificio vital para ese resto, como el que se interpretó que hizo el príncipe Adjamir en la batalla de Dacsina).
La acción no especificada del cazador (ya sea el disparar a quien se quedó aputando en el acto anterior, el de la detención universal, o ya sea el apuntar y disparar en un solo acto, ése en el que el mundo se despereza) no obliga a inferir que se decidió por la cierva, por más que hacia ahí se incline su planteo. Puede ser la mejor presunción, pero no es concluyente: mientras las inclinaciones que muestran cierva y león son las únicas opciones consistentes con el hecho de que cambien lo que vienen haciendo, no se verifica ninguna inconsistencia si suponemos que el cazador le terminó disparando al león. (Si éste fue el caso, puede que la escena siguiente a la perturbación coincida con la primera y volvamos a ver a la cierva pastando con sus crías.)
En definitiva, no podemos saber con certeza a quién le disparó el cazador. Pero el efecto revitalizante –y narrativo– del disparo nos distrae de la curiosidad insaciada, como nos distraería un ilusionista; solapa el efecto desasosegante que debería tener esa incerteza. El cuento se cierra con la resolución de una duda que no se revela y la astucia de que ya no importe. (A propósito: si importa más que suceda un cambio liberador a qué cambio es el que sucede, es que el peso está en lo estructural: hay un equilibrio que debe y no puede ser superado, y a desequilibrio regalado no se le miran los dientes.)

jueves, 13 de diciembre de 2012

Duda 004 (2.0.0)


Cambios conceptualmente muy importantes en la sección 3 del ensayo, que entre el 2 de diciembre y recién decía esto:



1.

Uno entraba a mi monoambiente del 14 D y tenía a la derecha primero la puerta del baño y después la de la cocina. Baño y cocina lindaban con la larga cocina del 14 B. Entronizado en el baño, no podía distinguir si ciertos timbres de portero eléctrico eran para mí o para mis vecinos. No me pasaba con todos: había algunos timbres que no dudaba que eran para mí, como realmente eran. Con los otros, en cambio, la cosa siempre fue al revés: todas las veces que fui a ver si un timbre dudoso era o no para mí, no era. Pero ese historial infalible, por largo que fuese, no me servía para no dudar cuando volvía a sonar un timbre de esos; la única manera que tenía de salir de la duda era saliendo del baño y atendiendo (“¿X?” “No, equivocado”, fingía yo).
La moraleja que quiero sacar de esto es que la duda es un encierro racional perfecto del que, por lo tanto, no se sale razonando, sino sólo actuando, sin garantías de éxito e incluso con un historial de fracasos absoluto detrás. El cerrojo conceptual lo da una contradicción: no puedo deducir que si dudo (si es para mí o no este timbre), entonces no debo dudar; la tautología es invencible: si dudo, dudo. La duda es una experiencia inmersiva o envolvente, según cómo se prefiera ver; de la duda se sale desde adentro, no desde afuera (como se intenta con aquel meta-razonamiento).
Ahora bien, ¿por qué la duda es algo de lo que salir o algo que sacarse de encima? ¿En qué consiste la claustrofobia que provoca o el peso con que abruma?

2.

La duda es la irritación que produce la demora de una equidistancia. La duda es la reacción a un entumecimiento por exceso de exposición a una situación de equilibrio indeseada. Dudar es sufrir un equilibrio; mejor dicho: sufrir la irresolución, la neutralización de la voluntad que produce una situación trabada entre razones de fuerzas iguales y opuestas.
Mientras dudo no actúo; dudar es quedar irresoluto, no poder resolver si afirmar X o no X, estar equidistante de certezas contrarias, sin preferencia ni deseo, pero con necesidad. Si no actúo por fuera de la satisfacción de una razón suficiente para hacerlo, quedo paralizado.

2.1

La caricatura de esta parálisis es el burro de Buridán (Ethicorum Aristotelis, Libro III, q.), que enfrentado a dos montones de heno igualmente apetecibles y equidistantes termina muriendo de hambre.
La elección de un burro puede dar a entender que alguien más ducho en el manejo de razones habría podido resolver el dilema. Pero como éste es insoluble si no se sale de sus términos, lo mismo habría dado poner ahí a un astuto zorro o a un bípedo implume y animal racional, como parece preferir Aristóteles (De Caelo, Libro II, 13, 295b 33):
Se dice que el que se encuentra muy sediento y hambriento, en caso de hallarse a igual distancia de la comida y de la bebida, necesariamente queda inmóvil en el lugar donde se encuentra.
También Dante (La Divina Comedia, Paraíso, Canto IV, 1-3) prescinde del asno:
Intra duo cibi, distanti e moventi
D’un modo, prima si morria di fame
Che liber’omo l’un recasse ai denti
,
que traducido viene a decir: “Entre dos alimentos, alejados y apetitosos por igual, antes moriría de hambre el hombre libre que hincase a uno el diente”.
Al resumir las tesis de Schopenhauer en Über die Freiheit des menschlichen Willens, Paolo Zellini (Breve historia del infinito, Madrid, Siruela, 1991; página 113) escribe:
No es casual que esa fuente característica de falsa infinitud que Leopardi y Hegel localizaron en el deseo esté también vinculada, de algún modo, a las antinomias de la libertad. Cuando se desean simultáneamente dos objetos, se configura con ello un estado psicológico en el que la dualidad existe como hecho potencialmente paralizador. Esa misma dualidad, llevada más allá de los confines del deseo que la ha generado, hasta invadir la esfera de la decisión y de la resolución final, provocaría un estado real de indecisión irresoluble del hombre absurdamente libre ante dos opciones antitéticas.
Lo que vale para la voluntad de un sujeto vale para la necesidad de un juego o la de un jugador.

2.2

Como si la metáfora de una interioridad partida se exteriorizase literalmente, las dos fuerzas empatadas que dividen al irresoluto burro de Buridán se convierten en dos burros igualmente resueltos y fuertes en un dibujo de Quino (Mundo Quino, Buenos Aires, Ediciones Zeta, 1977):

Buridán en 'Mundo Quino'

Con el burro de Buridán, hiperbólicamente reglamentarista, se exagera el problema de la paridad de fuerzas opuestas. Con el burro de Quino, hiperbólicamente antideportivo, se exagera la solución: actuar por fuera del juego de razones trabado en ese equilibrio, sacar ventaja por otro lado, desequilibrar con una arbitrariedad; en esa patada ventajera también se patea un tablero.
El burro sin muchos escrúpulos y con vida es una contra-caricatura del burro que es víctima de sus demasiados escrúpulos, de su apego absoluto al juego de actuar sólo si se tiene una buena razón para (preferir) hacerlo de un modo en lugar de otro.

3.

Otra caricatura imagina una sincronización universal de dudas que paralizan no ya a uno o a dos, sino a todos. La escribió Raúl Brasca en un relato breve titulado “Perplejidad” y publicado en la revista “El cuento” (Nro 103-104, tomo XVI, México, julio-diciembre 1987); dice así:
La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora.
De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza, ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías?
Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la tierra duda sin atinar a hacer un movimiento.
Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.

3.1

La historia quiere ilustrar los efectos paralizantes de la duda, exacerbados por su sincronización en «un instante de perplejidad universal». Pero más allá de la declaración global que hace el narrador, los tres casos particulares puede que sean excepciones: «todo ser animado que habita sobre la tierra duda sin atinar a hacer un movimiento», excepto la cierva, el león y tal vez el cazador. No porque no estén quietos, no porque no hayan dudado, sino porque no los paraliza un trance dubitativo: «cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente» al momento de resolverse, no al momento de dudar; no los pausó una indecisión, como al resto (según se declara directamente), sino una decisión (según se muestra, siquiera indirectamente). Veamos cada caso.
La cierva cambia su inercia de prófuga y frena cuando decide evitar que el león se coma a sus crías. El león cambia su inercia de perseguidor y frena cuando decide ir a perseguir a las crías. Es decir: primero vemos deliberaciones internas en medio (y a raíz) de una carrera que se prolonga y después vemos detenidos a sus protagonistas. Cierva y león hacen sus planteos sobre la marcha, y sobre la marcha los resuelven; como la marcha cesa, entendemos que no decidieron seguir en lo que estaban (la cierva huyendo, el león persiguiéndola), sino cambiar.
El caso del cazador no es tan claro. Por un lado, puede decirse que deja de oscilar entre dos blancos cuando se decide por uno. Pero por otro lado hay un modo de entender la escena en el que el cazador es un ser animado más de los que por un instante dudan sin atinar a hacer un movimiento: si apuntar y disparar se considera un solo acto, el cazador primero prepara el fusil, después duda y en consecuencia suspende su caza, que reanuda junto con la vida, cuando finalmente apunta y dispara. Luego, su caso depende de qué vínculos tenga el apuntar con las acciones que lo flanquean en la secuencia del cuasi fusilamiento: si es independiente o es parte del preparar el fusil, el cazador se detuvo al resolver a quién disparar, apuntándole (ya sea que viniese de apuntar al otro o de no estar apuntando, sino sólo con el fusil preparado); si es parte del disparar, el cazador se detuvo antes, al dudar.
Del resto queda claro, porque así se informa, que «duda sin atinar a hacer un movimiento». Por suerte para casi todos, «con el disparo del cazador se reanuda la vida» (esa excepción resulta un sacrificio vital para ese resto, como el que se interpretó que hizo el príncipe Adjamir en la batalla de Dacsina).

3.2

En el momento de inmovilizarse, cierva y león están en la mitad de las acciones que eligieron para resolver sus planteos. A la cierva le resta o bien ser alcanzada (la segunda mitad es pasiva) o bien –menos verosímil– dirigirse a un improbabilísimo salvataje de sus crías (la segunda mitad es activa). Al león, que acaba de desistir de alcanzar a la cierva, le resta perseguir a las crías. Es en esta bisagra cuando cruzan miradas desconcertadas entre sí y con el cazador, que puede que esté en su propia bisagra.
El preparar el fusil es previo o simultáneo a dudar a quién destinarlo, que a su vez es previo a resolverse por uno. Si tiene su independencia, el apuntar a uno de los animales –el mantener la mira en un blanco que estuvo en movimiento y que ahora está quieto– es la mitad de la resolución del cazador que participa de la suspensión universal. La otra mitad –el disparar– es la que le pone fin y saca a la historia del mundo de su único hueco (y a cierva y león de sus propósitos originales, suponemos, lo mismo que de la vida a uno de ellos –si el cazador tuvo puntería, lo que puede que no sea necesario para que se reanude la vida, y aquí no se ha lastimado a ningún animal).

3.3

La cierva acertó en qué iba a plantearse el león y cómo lo iba a resolver (o sea, qué iba a hacer), pero cuando reaccionó ya era tarde: se resolvió a evitarlo al mismo tiempo en que empezaba a ocurrir, no antes; lo tardío le inutilizó lo certero.
El objeto de la deliberación de la cierva es la deliberación del león; para decidir qué hacer, la presa intenta anticipar la siguiente jugada del depredador poniéndose en su lugar, haciendo una estimación de sus opciones y conveniencias. Ni el cazador felino ni el humano adoptan el punto de vista de otro en sus deliberaciones, ni se ocupan de una conveniencia que no sea la propia (también a diferencia de mamá cierva, que antepone la de sus hijos a la suya con una tentativa de sacrificio).

3.4

Además del «único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo», en la narración hay tres huecos de saber más, tres elipsis: el narrador pasa de contarnos la deliberación de cierva, león y cazador a contarnos las acciones surgidas de esas deliberaciones; la decisión tomada hay que inferirla o conjeturarla, porque narrada no está. En dos casos puede hacerse con una razonable seguridad; en el otro, en lugar de una inferencia segura sólo puede hacerse una presunción razonable.
Las decisiones de la cierva y del león se dejan ver por sus acciones: si se detuvieron, fue porque una decidió entregarse y el otro decidió dejar de perseguirla e ir a perseguir a sus hijos, decisiones a las que desembocaban las inclinaciones que dejaban ver sus planteos. Antes de hablar de la decisión del cazador, detengámonos a comparar las que digo que tomaron perseguidor y perseguida.
La desembocadura es inequívoca en el caso del león, pero en el de la cierva puede dibujar algún delta: ¿frenó para dejarse alcanzar o, como el león, para cambiar de dirección? Lo segundo es bastante menos probable. ¿Qué chances puede tener la cierva de ahuyentar al depredador del que venía huyendo? ¿Y qué utilidad puede tener esa aventura suicida? Lo suyo parece más bien un sacrificio, aunque malogrado una vez por la renuncia sincronizada del león y otra, tal vez, por el disparo del cazador. (Si ella fue el blanco, su sacrificio pasó de ser algo destinado sólo para sus hijos a ser algo que resultó efectivo para el mundo.)
3.4.1

Es cierto que la detención brusca tampoco cuaja a la perfección con el sacrificio: si la decisión de la cierva es ofrecerse para ser devorada en lugar de sus crías, mejor desacelerar que frenar de golpe (como para alejarlas lo más posible del león). En rigor, a la perfección sólo cuaja con lo que el cuento dice que pasa pero sus hechos no muestran: una parálisis dubitativa, con la que el relato le da a la cierva su participación en el «instante de perplejidad universal». Un razonamiento paralelo vale para la repentina frenada del león.
Salvo, claro, que entendamos los hechos en clave de dibujo animado, donde la presa puede despreocuparse de que está siendo perseguida y el depredador de que está persiguiendo y detenerse ambos a dudar. (Que sea al mismo tiempo no es otra licencia humorística; el tono de esa «coincidencia sumamente improbable» es absurdamente realista, mejor que fantástico.)
Si es así, con el otro curso de interpretación estaremos malentendiendo un chiste, tomando en serio lo que fue puesto en joda (o bajo otras convenciones, al menos). El problema es que las caricaturescas detenciones de cierva y león para ponerse a (tono con el) dudar coinciden con las detenciones que resultarían de resolver esas dudas, de acuerdo con las deliberaciones hechas. Pero a diferencia de esta segunda manera de entender esas pausas y sus razones, la primera no le hace mostrar al cuento algo diferente de lo que el cuento dice que pasa; prefiere aceptarlo disparatado a desmentirlo (no se detuvieron al dudar...) o rectificarlo (...sino al resolverse).
Pero aunque más no fuera para ver cómo sigue, y si es necesario sólo a título de recreación literaria, retomo esa línea de derivaciones.

3.5

Ni bien se detiene para entregarse, podemos imaginar que la cierva pasa de esperar con terror el ataque final a frustrarse porque no llega. De esa frustración la sacará un disparo, para bien (el blanco fue el león) o para mal (el blanco fue ella).
La acción no especificada del cazador (ya sea el disparar a quien se quedó aputando en el acto anterior, el de la detención universal, o ya sea el apuntar y disparar en un solo acto, ése en el que el mundo se despereza) no obliga a inferir que se decidió por la cierva, por más que hacia ahí se incline su planteo. Puede ser la mejor presunción, pero no es concluyente: mientras las inclinaciones que muestran cierva y león son las únicas opciones consistentes con el hecho de que cambien lo que vienen haciendo, no se verifica ninguna inconsistencia si suponemos que el cazador le terminó disparando al león. (Si éste fue el caso, puede que la escena siguiente a la perturbación coincida con la primera y volvamos a ver a la cierva pastando con sus crías.)
En definitiva, no podemos saber con certeza a quién le disparó el cazador. Pero el efecto revitalizante –y narrativo– del disparo nos distrae de la curiosidad insaciada, como nos distraería un ilusionista; solapa el efecto desasosegante que debería tener esa incerteza. El cuento se cierra con la resolución de una duda que no se revela y la astucia de que ya no importe. (A propósito: si importa más que suceda un cambio liberador a qué cambio es el que sucede, es que el peso está en lo estructural: hay un equilibrio que debe y no puede ser superado, y a desequilibrio regalado no se le miran los dientes.)


Todavía me falta ver qué de lo caído puedo reciclar. Por el momento, así quedó el ensayo desde la sección 3.1:

3.1

La historia quiere ilustrar los efectos paralizantes de la duda, exacerbados por su sincronización en «un instante de perplejidad universal». Para respetar lo que dice el relato y preservar esta universalidad, dos de los tres episodios de la casuística ofrecida –si es que no los tres– deben verse bajo una clave especial; de otro modo, ilustrarían excepciones respecto del motivo y la oportunidad de la inmovilidad sincronizada (no respecto de su alcance, que seguiría siendo absoluto).
Cuando en una película o en una obra de teatro vemos que un actor hace un aparte y le habla al público, sabemos que ha salido momentáneamente de la trama que lo envuelve; la cadena de causas y efectos, acciones y reacciones, ha quedado suspendida a la espera de su regreso, como congelada en un segundo plano y fuera de foco. De un modo similar, para entender que la cierva y el león (y tal vez también el cazador) se detienen porque participan del instante de perplejidad universal (o sea, porque dudan «sin atinar a hacer un movimiento»), hay que entender en clave de dibujo animado esas detenciones. (No es necesario para las del resto, narradas genéricamente –las de aves y peces– o aun con mayor amplitud –las de «todo ser animado»–.)
En clave realista, dejar de perseguir o de huir para quedarse dudando (o para lo que fuere) es, respectivamente, torpe y también peligroso: es sumamente probable que le cueste al león su comida o a la cierva su vida. Como una consecuencia excluye a la otra, sólo podrían neutralizarse si tuviesen que darse a la vez porque una «coincidencia sumamente improbable» hubiera sincronizado esas parálisis dubitativas, como de hecho ocurre. Pero esa neutralización de perjuicios no hace menos caricaturescas las repentinas frenadas de perseguida y perseguidor; la simultaneidad que la hace posible, en cambio, es de un realismo de alta improbabilidad y consecuente baja verosimilitud, pero realismo al fin.
Resumo y redundo. La frenada de los corredores, que es cómicamente insólita, tiene la circunstancia –sólo extraordinaria– de coincidir en un mismo instante con paralizaciones afines del resto de los seres animados. Nada le impide a lo extraordinario ser real, por mucho que desaliente esperarlo. Pero debemos cambiar nuestro criterio de aceptabilidad de hechos para aceptar que no uno –que ya sería mucho– sino los dos duelistas se detuvieron de golpe a la vez y de manera independiente, en este caso para (o por) dudar. Debemos extender el campo de expectativas con el que veníamos metabolizando los hechos narrados (que admitía animales pensantes, como en las fábulas), porque si no esas detenciones insólitas quedan fuera y se rompe la ilusión. Pronto nos acomodamos en una nueva verosimilitud, la misma con que consumimos hechos en los dibujos animados, donde perseguida y perseguidor pueden despreocuparse de las consecuencias de interrumpir sus esfuerzos (algún ejemplo del coyote y el correcaminos debe haber).
3.1.1

Con esa verosimilitud caricaturesca el cuento erige una duda caricaturescamente fuerte: para ser metaforizada por la parálisis universal que provoca en el mundo narrado, la duda es tan fuerte (tan paralizante) que incluso se impone a aquellos a quienes menos les conviene parar, a los que les resulta el colmo de lo inoportuno; aun éstos son tocados por la duda en la mancha hielo que juega a la vez con «todo ser animado que habita sobre la Tierra».

3.2

Ordenemos como en cuadros de una historieta los hechos previos a la detención de cierva, león y cazador. En el primer cuadro, «la cierva pasta con sus crías». En el segundo, «el león se arroja sobre la cierva, que logra huir». En el tercero, «el cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil». En el cuarto, globitos de pensamiento para cada uno, sospechosamente simultáneos. ¿Qué hay en esos globitos? Hay una balanza con un platillo (trofeo más manjar) elocuentemente más pesado que el otro (sólo «un buen trofeo»); hay una sospecha alta y una pregunta retórica que la confirma.
En definitiva, no parece haber en estos planteos más duda que convencimiento; en cada caso, la inclinación es suficientemente inferible, por lo que la duda está en retirada o ya se retiró: como sea, no parece tan fuerte como para dejar a su portador perplejo y «sin atinar a hacer un movimiento». Más bien se podría decir lo contrario, que las tres dudas parecen demasiado débiles como para impedir que en el quinto cuadro haya una decisión.
Pero por poco esperable que lo haga el razonamiento, precisamente eso es lo que pasa, de acuerdo con lo que dice el cuento.
3.2.1

En lugar de usar la debilidad de las tres dudas para decir que no pasó lo que el cuento dice que pasó, podemos usarla en un rol no contradictor: el de otra prueba indirecta de lo caricaturescamente fuertes que son esas dudas, que aun en dosis tan ínfimas (como las que puede haber en un dilema inclinado, una sospecha alta y una pregunta retórica) tienen el poder de paralizar a los inoculados.
Diferencia entre los dos usos: no cuestiono los datos, no los silencio ni los reemplazo; me limito a relacionarlos y a buscar las figuras que forman esas relaciones a medida que la comprensión se va simplificando a fuerza de agrupamientos.

3.3

Que no demos por cierto lo que el cuento deja ver como posible (pero en su lugar realiza a otro posible) no significa que debamos desestimarlo. Es relevante en el mismo punto en que lo es la verosimilitud caricaturesca: en el punto de la experiencia del que lee. Cuando llegamos a la quinta viñeta, quienes se comieron el amague tienen un pie en lo que es (cierva y león participan de una perplejidad universal, o sea, de una inacción causada por la duda) y otro en lo que pudo ser pero no fue (y que es lo opuesto de lo que se nos dice que fue: la detención de cierva y león es la primera acción de lo decidido en las deliberaciones, o sea, saliendo o habiendo salido de la duda). Mientras empezamos a recibir lo que pasa, todavía nos quedamos esperando lo que habíamos razonado que iba a pasar, y ya con los reflejos burlados. En esa mezcla entre la noticia esperada y la recibida, los fantasmas de una se confunden con las realidades de la otra. Veamos cómo.
Volvamos a la primera vez que leímos el cuento, cuando a la altura del cuarto cuadro no sabíamos cuál iba a ser la continuación o el desenlace. Por lo que dicen los globitos, lo menos forzado es esperar que en el quinto cuadro veamos realizada –o a medio realizar– alguna de las preferencias trasuntadas en esos pensamientos, más las consecuencias de esa realización. Por los planteos que se hacen (o por cómo los formulan), inferimos que el cazador quiere dispararle a la cierva, que el león quiere comerse a sus crías y que la cierva quiere evitarlo. Entonces, esperamos ver a continuación
un disparo que mata a la cierva y espanta al león, que casi se la lleva puesta;
o ver brevemente a la cierva detenida para ofrecerse en lugar de sus hijos, instantes antes de que la embista el león, y muerta instantes después;
o ver al león detenido para redirigir su cacería hacia las crías y a la cierva todavía corriendo, alejándose (porque no actúa antes o a la vez que el león y sí antes que el cazador).
Pero nada de eso sucedió; en su lugar, otro evento copó la parada, con efecto idéntico al esperado para la cierva y el león (otra vez, dos líneas causales se cruzan en un mismo efecto y una solapa a la otra). Las tres dudas, por débiles que luzcan en los planteos, en el quinto cuadro inmovilizan a sus poseídos. Lo hacen, además, simultáneamente: lo que sucedió en esta viñeta tuvo la forma de una conjunción de eventos: “A y B y C”; lo que desde la cuarta esperábamos que sucediera tenía la forma disyuntiva “o A o B o C”. Para decirlo con todas las letras: por lo «sumamente improbable» de la coincidencia, no esperábamos que ambos estuvieran detenidos, sino que lo estuviera o la cierva o el león, y no por dudar sino por haber empezado a actuar por fuera de la duda, por estar llevando a cabo la decisión que supusimos tomaría.

3.3.1

La inclinación de los planteos y la nula o baja duda que esas preferencias implican son datos del cuento que podrían aducirse para atribuir la participación de cierva y león en la suspensión universal no a sus dudas o perplejidades, sino a la decisión que toman a partir de sus dudas (ya sea que las dejen atrás por completo o que las conserven en alguna medida que no les haya impedido actuar). Lo que define a esta manera de entender esas pausas y sus razones como un delirio hermenéutico (o sobreinterpretación, para decirlo con menos estridencia) es el hecho de que le hace mostrar al cuento algo diferente de lo que el cuento dice que pasa: lo desmiente (cierva y león no se detuvieron al dudar...) y lo rectifica (...sino al resolverse).
El paso previo a cambiar la historia de la que nos enteramos leyendo por la historia que armamos interpretando es convencernos de que la nuestra cierra más o mejor. Pero incluso concediendo o compartiendo esa opinión, si hay conflicto entre las dos historias, si compiten, basta un dato citable (o uno presumible) para desbaratar el armado interpretativo (o su pretensión de verdad, al menos).
Que cierva y león, como todos, fueron frenados por la duda es un dato que se constata con algo tan universalmente accesible como una cita:
Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal.
Una lectura que necesite ignorar o reinterpretar ese dato (y que se justifique sosteniendo que ahí el autor habla en sentido figurado o que dice eso para despistarnos), más que una lectura (un saber sobre) es una reescritura (una obra derivada): una nueva edición del material, una reelaboración literaria. El problema es que no se asume como tal y tiene la aristocrática pretensión de estar revelando o comprendiendo el espíritu de la letra, una verdad más sutil o más profunda que la “literal” (que queda como vulgar y superficial).
Pero sin esa pretensión no es problemático reescribir la historia, por ejemplo, afirmando que las tres muestras particulares de la suspensión universal son excepciones a la indecisión paralizante y se explican por sendas decisiones. Por supuesto, en esta nueva selección y disposición de hechos no puede figurar el de la universalidad dubitativa, que le da su título y su gracia al cuento de Brasca. Si estamos dispuestos a resignar tanto, bien puede explorarse qué se obtiene tirando de ahí.
3.4

Ni bien se detiene para entregarse, podemos imaginar que la cierva pasa de esperar con terror el ataque final a frustrarse porque no llega. De esa frustración la sacará un disparo, para bien (el blanco fue el león) o para mal (el blanco fue ella).
La acción no especificada del cazador (ya sea el disparar a quien se quedó aputando en el acto anterior, el de la detención universal, o ya sea el apuntar y disparar en un solo acto, ése en el que el mundo se despereza) no obliga a inferir que se decidió por la cierva, por más que hacia ahí se incline su planteo. Puede ser la mejor presunción, pero no es concluyente: mientras las inclinaciones que muestran cierva y león son las únicas opciones consistentes con el hecho de que cambien lo que vienen haciendo, no se verifica ninguna inconsistencia si suponemos que el cazador le terminó disparando al león. (Si éste fue el caso, puede que la escena siguiente a la perturbación coincida con la primera y volvamos a ver a la cierva pastando con sus crías.)
En definitiva, no podemos saber con certeza a quién le disparó el cazador. Pero el efecto revitalizante –y narrativo– del disparo nos distrae de la curiosidad insaciada, como nos distraería un ilusionista; solapa el efecto desasosegante que debería tener esa incerteza. El cuento se cierra con la resolución de una duda que no se revela y la astucia de que ya no importe. (A propósito: si importa más que suceda un cambio liberador a qué cambio es el que sucede, es que el peso está en lo estructural: hay un equilibrio que debe y no puede ser superado, y a desequilibrio regalado no se le miran los dientes.)

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Duda 003 (1.2.0)


Hasta la madrugada del 2 de diciembre, el ensayo se veía así:

1.

Uno entraba a mi monoambiente del 14 D y tenía a la derecha primero la puerta del baño y después la de la cocina. Baño y cocina lindaban con la larga cocina del 14 B. Entronizado en el baño, no podía distinguir si ciertos timbres de portero eléctrico eran para mí o para mis vecinos. No me pasaba con todos: había algunos timbres que no dudaba que eran para mí, como realmente eran. Con los otros, en cambio, la cosa siempre fue al revés: todas las veces que fui a ver si un timbre dudoso era o no para mí, no era. Pero ese historial infalible, por largo que fuese, no me servía para no dudar cuando volvía a sonar un timbre de esos; la única manera que tenía de salir de la duda era saliendo del baño y atendiendo (“¿X?” “No, equivocado”, fingía yo).
La moraleja que quiero sacar de esto es que la duda es un encierro racional perfecto del que, por lo tanto, no se sale razonando, sino sólo actuando, sin garantías de éxito e incluso con un historial de fracasos absoluto detrás. El cerrojo conceptual lo da una contradicción: no puedo deducir que si dudo (si es para mí o no este timbre), entonces no debo dudar; la tautología es invencible: si dudo, dudo. La duda es una experiencia inmersiva o envolvente, según cómo se prefiera ver; de la duda se sale desde adentro, no desde afuera (como se intenta con aquel meta-razonamiento).
Ahora bien, ¿por qué la duda es algo de lo que salir o algo que sacarse de encima? ¿En qué consiste la claustrofobia que provoca o el peso con que abruma?

2.

La duda es la irritación que produce la demora de una equidistancia. La duda es la reacción a un entumecimiento por exceso de exposición a una situación de equilibrio indeseada. Dudar es sufrir un equilibrio; mejor dicho: sufrir la irresolución, la neutralización de la voluntad que produce una situación trabada entre razones de fuerzas iguales y opuestas.
Mientras dudo no actúo; dudar es quedar irresoluto, no poder resolver si afirmar X o no X, estar equidistante de certezas contrarias, sin preferencia ni deseo, pero con necesidad. Si no actúo por fuera de la satisfacción de una razón suficiente para hacerlo, quedo paralizado. La caricatura de esta parálisis es el burro de Buridán, que enfrentado a dos montones de heno igualmente apetecibles y equidistantes termina muriendo de hambre.
Quino (Mundo Quino, Buenos Aires, Ediciones Zeta, 1977) desplaza la paridad trabada de los objetos de deseo a los sujetos deseantes, uno de los cuales la destraba de una patada:

Buridán en 'Mundo Quino'

2.1

Frecuentado por los últimos escolásticos, el caso del asno de Jean Buridán (Ethicorum Aristotelis, Libro III, q.) tiene su antecedente tal vez más antiguo en Aristóteles (De Caelo, Libro II, 13, 295b 33):
Se dice que el que se encuentra muy sediento y hambriento, en caso de hallarse a igual distancia de la comida y de la bebida, necesariamente queda inmóvil en el lugar donde se encuentra.
También Dante (La Divina Comedia, Paraíso, Canto IV, 1-3) prescinde del asno:
Intra duo cibi, distanti e moventi
D’un modo, prima si morria di fame
Che liber’omo l’un recasse ai denti
,
que traducido viene a decir: “Entre dos alimentos, alejados y apetitosos por igual, antes moriría de hambre el hombre libre que hincase a uno el diente”.
Al resumir las tesis de Schopenhauer en Über die Freiheit des menschlichen Willens, Paolo Zellini (Breve historia del infinito, Madrid, Siruela, 1991; página 113) escribe:
No es casual que esa fuente característica de falsa infinitud que Leopardi y Hegel localizaron en el deseo esté también vinculada, de algún modo, a las antinomias de la libertad. Cuando se desean simultáneamente dos objetos, se configura con ello un estado psicológico en el que la dualidad existe como hecho potencialmente paralizador. Esa misma dualidad, llevada más allá de los confines del deseo que la ha generado, hasta invadir la esfera de la decisión y de la resolución final, provocaría un estado real de indecisión irresoluble del hombre absurdamente libre ante dos opciones antitéticas.
Lo que vale para la voluntad de un sujeto vale para la necesidad de un juego o la de un jugador.

3.

Otra caricatura imagina una sincronización universal de dudas que detiene al universo. La escribió Raúl Brasca en un relato breve titulado “Perplejidad” y publicado en la revista “El cuento” (Nro 103-104, tomo XVI, México, julio-diciembre 1987); dice así:
La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora.
De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza, ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías?
Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la tierra duda sin atinar a hacer un movimiento.
Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.

3.1

La historia quiere ilustrar los efectos paralizantes de la duda, exacerbados por su sincronización en «un instante de perplejidad universal». Pero más allá de la declaración global que hace el narrador, los tres casos particulares puede que sean excepciones: «todo ser animado que habita sobre la tierra duda sin atinar a hacer un movimiento», excepto la cierva, el león y tal vez el cazador. No porque no estén quietos, no porque no hayan dudado, sino porque no los paraliza un trance dubitativo: «cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente» al momento de resolverse, no al momento de dudar; no los pausó una indecisión, como al resto (según se declara directamente), sino una decisión (según se muestra, siquiera indirectamente). Veamos cada caso.
La cierva cambia su inercia de prófuga y frena cuando decide evitar que el león se coma a sus crías. El león cambia su inercia de perseguidor y frena cuando decide ir a perseguir a las crías. Es decir: primero vemos deliberaciones internas en medio (y a raíz) de una carrera que se prolonga y después vemos detenidos a sus protagonistas. Cierva y león hacen sus planteos sobre la marcha, y sobre la marcha los resuelven; como la marcha cesa, entendemos que no decidieron seguir en lo que estaban (la cierva huyendo, el león persiguiéndola), sino cambiar.
El caso del cazador no es tan claro. Por un lado, puede decirse que deja de oscilar entre dos blancos cuando se decide por uno. Pero por otro lado hay un modo de entender la escena en el que el cazador es un ser animado más de los que por un instante dudan sin atinar a hacer un movimiento: si apuntar y disparar se considera un solo acto, el cazador primero prepara el fusil, después duda y en consecuencia suspende su caza, que reanuda junto con la vida, cuando finalmente apunta y dispara. Luego, su caso depende de qué vínculos tenga el apuntar con las acciones que lo flanquean en la secuencia del cuasi fusilamiento: si es independiente o es parte del preparar el fusil, el cazador se detuvo al resolver a quién disparar, apuntándole (ya sea que viniese de apuntar al otro o de no estar apuntando, sino sólo con el fusil preparado); si es parte del disparar, el cazador se detuvo antes, al dudar.
Del resto queda claro, porque así se informa, que «duda sin atinar a hacer un movimiento». Por suerte para casi todos, «con el disparo del cazador se reanuda la vida» (esa excepción resulta un sacrificio vital para ese resto, como el que se interpretó que hizo el príncipe Adjamir en la batalla de Dacsina).

3.2

En el momento de inmovilizarse, cierva y león están en la mitad de las acciones que eligieron para resolver sus planteos. A la cierva le resta o bien ser alcanzada (la segunda mitad es pasiva) o bien –menos verosímil– dirigirse a un improbabilísimo salvataje de sus crías (la segunda mitad es activa). Al león, que acaba de desistir de alcanzar a la cierva, le resta perseguir a las crías. Es en esta bisagra cuando cruzan miradas desconcertadas entre sí y con el cazador, que puede que esté en su propia bisagra.
El preparar el fusil es previo o simultáneo a dudar a quién destinarlo, que a su vez es previo a resolverse por uno. Si tiene su independencia, el apuntar a uno de los animales –el mantener la mira en un blanco que estuvo en movimiento y que ahora está quieto– es la mitad de la resolución del cazador que participa de la suspensión universal. La otra mitad –el disparar– es la que le pone fin y saca a la historia del mundo de su único hueco (y a cierva y león de sus propósitos originales, suponemos, lo mismo que de la vida a uno de ellos –si el cazador tuvo puntería, lo que puede que no sea necesario para que se reanude la vida, y aquí no se ha lastimado a ningún animal).

3.3

La cierva acertó en qué iba a plantearse el león y cómo lo iba a resolver (o sea, qué iba a hacer), pero cuando reaccionó ya era tarde: se resolvió a evitarlo al mismo tiempo en que empezaba a ocurrir, no antes; lo tardío le inutilizó lo certero.
El objeto de la deliberación de la cierva es la deliberación del león; para decidir qué hacer, la presa intenta anticipar la siguiente jugada del depredador poniéndose en su lugar, haciendo una estimación de sus opciones y conveniencias. Ni el cazador felino ni el humano adoptan el punto de vista de otro en sus deliberaciones, ni se ocupan de una conveniencia que no sea la propia (también a diferencia de mamá cierva, que antepone la de sus hijos a la suya con una tentativa de sacrificio).

3.4

Además del «único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo», en la narración hay tres huecos de saber más, tres elipsis: el narrador pasa de contarnos la deliberación de cierva, león y cazador a contarnos las acciones surgidas de esas deliberaciones; la decisión tomada hay que inferirla o conjeturarla, porque narrada no está. En dos casos puede hacerse con una razonable seguridad; en el otro, en lugar de una inferencia segura sólo puede hacerse una presunción razonable.
Las decisiones de la cierva y del león se dejan ver por sus acciones: si se detuvieron, fue porque una decidió entregarse y el otro decidió dejar de perseguirla e ir a perseguir a sus hijos, decisiones a las que desembocaban las inclinaciones que dejaban ver sus planteos. Antes de hablar de la decisión del cazador, detengámonos a comparar las que digo que tomaron perseguidor y perseguida.
La desembocadura es inequívoca en el caso del león, pero en el de la cierva puede dibujar algún delta: ¿frenó para dejarse alcanzar o, como el león, para cambiar de dirección? Lo segundo es bastante menos probable. ¿Qué chances puede tener la cierva de ahuyentar al depredador del que venía huyendo? ¿Y qué utilidad puede tener esa aventura suicida? Lo suyo parece más bien un sacrificio, aunque malogrado una vez por la renuncia sincronizada del león y otra, tal vez, por el disparo del cazador. (Si ella fue el blanco, su sacrificio pasó de ser algo destinado sólo para sus hijos a ser algo que resultó efectivo para el mundo.)*
Es cierto que la detención brusca tampoco cuaja a la perfección con el sacrificio: si la decisión de la cierva es ofrecerse para ser devorada en lugar de sus crías, mejor desacelerar que frenar de golpe (así al menos las aleja un poco más del león). En rigor, a la perfección sólo cuaja con lo que el cuento dice que pasa pero sus hechos no muestran: una parálisis dubitativa (algo caricaturesca, como de dibujo animado), con la que el relato le da a la cierva su participación en el «instante de perplejidad universal».

Ni bien se detiene para entregarse, podemos imaginar que la cierva pasa de esperar con terror el ataque final a frustrarse porque no llega. De esa frustración la sacará un disparo, para bien (el blanco fue el león) o para mal (el blanco fue ella).

3.5

La acción no especificada del cazador (ya sea el disparar a quien se quedó aputando en el acto anterior, el de la detención universal, o ya sea el apuntar y disparar en un solo acto, ése en el que el mundo se despereza) no obliga a inferir que se decidió por la cierva, por más que hacia ahí se incline su planteo. Puede ser la mejor presunción, pero no es concluyente: mientras las inclinaciones que muestran cierva y león son las únicas opciones consistentes con el hecho de que cambien lo que vienen haciendo, no se verifica ninguna inconsistencia si suponemos que el cazador le terminó disparando al león. (Si éste fue el caso, puede que la escena siguiente a la perturbación coincida con la primera y volvamos a ver a la cierva pastando con sus crías.)
En definitiva, no podemos saber con certeza a quién le disparó el cazador. Pero el efecto revitalizante –y narrativo– del disparo nos distrae de la curiosidad insaciada, como nos distraería un ilusionista; solapa el efecto desasosegante que debería tener esa incerteza. El cuento se cierra con la resolución de una duda que no se revela y la astucia de que ya no importe. (A propósito: si importa más que suceda un cambio liberador a qué cambio es el que sucede, es que el peso está en lo estructural: hay un equilibrio que debe y no puede ser superado, y a desequilibrio regalado no se le miran los dientes.)

sábado, 1 de diciembre de 2012

Estimaciones 001 (0.1.0)


A la mañana le hice al ensayo unos cambios que recién terminé de retocar mínimamente. Desde el tercer párrafo, lo que publiqué ayer a la tarde decía esto:
Luego, más que una adivinanza, frente al frasco con gomitas hacemos una estimación. O en todo caso: si la hacemos, no nos da lo mismo dar una respuesta u otra, como ocurre en una adivinanza; habrá una infinitud de respuestas descartadas a cada lado del rango de candidatas (en uno de los sentidos, la infinitud descartada incluirá cifras negativas: no hay 2 gomitas, no hay 1 gomita, no hay 0, no hay –1, no hay –2, etc.).

Imaginemos ahora que nos piden predecir cuántas gomitas pondrá X en el frasco o adivinar cuántas puso en un frasco que se nos oculta detrás de un biombo. La “sabiduría de la multitud” vuelve a ser tan boba como ante magnitudes inasimilables. De nuevo, el máximo de libertad de acción coincide con la mera contingencia. Con la particularidad de que acá hay necesidad de ser eficientes, de arrimarse a un acierto. Y nuestro acierto tendrá una aleatoriedad proporcional a nuestra impreferencia por dar una respuesta u otra. De ahí que el promedio de las respuestas de un grupo tenga un poder descriptivo (estimativo, no adivinatorio) y no uno predictivo.

Resumo. Cuantas menos (buenas) razones tengamos para jugarnos por una respuesta, menos se parecerá el promedio a la correcta. Ésa es la razón del fracaso de un promedio de predicciones o uno de estimaciones engañadas o a ciegas.

Ahora dice esto:
Luego, más que una adivinanza, frente al frasco con gomitas hacemos una estimación. O en todo caso: si la hacemos, no nos da lo mismo elegir una respuesta u otra, como debería darnos al adivinar (los favoritismos cabalísticos o afines no cuentan); habrá una infinitud de respuestas descartadas a cada lado del rango de candidatas (en uno de los sentidos, la infinitud descartada incluirá cifras negativas: no hay 2 gomitas, no hay 1 gomita, no hay 0, no hay –1, no hay –2, etc.). En cambio, si juego a adivinar no tengo por qué descartar nada de antemano.

Imaginemos ahora que nos piden predecir cuántas gomitas pondrá X en el frasco o adivinar cuántas puso en un frasco que se nos oculta detrás de un biombo. En ambas situaciones, la “sabiduría de la multitud” vuelve a ser tan boba como ante magnitudes inasimilables. El promedio describe, no adivina ni predice. O también: una cosa es estimar lo que hay; otra, adivinar lo que hay pero no se ve o lo que va a haber. No hay razones que le disminuyan al que adivina la libertad de elegir una respuesta, como tampoco al que apuesta a cara o a ceca. De nuevo, el máximo de libertad de acción coincide con la mera contingencia.
Calcular nos hace preferible una respuesta (la del resultado); estimar, un rango de respuestas; adivinar, cualquier respuesta y ninguna, es decir: ahí ya no hay preferencia, como tampoco en el azar. Las tres operaciones pueden acertar, aunque con probabilidades descendentes y aleatoriedad ascendente.
Cuanto mejor sea nuestra estimación, más alta será nuestra probabilidad de acertar o aproximarnos mucho y, si sucede, la aleatoriedad del acierto (el acertar de pedo). Por arriba del estimar está el calcular y por debajo el adivinar. De ahí que el promedio de las respuestas de un grupo tenga un poder descriptivo (estimativo, no adivinatorio) y no uno predictivo.

Resumo. Cuantas menos (buenas) razones tengamos para jugarnos por una respuesta, menos se parecerá el promedio a la correcta. Ésa es la razón del fracaso de un promedio de predicciones o uno de estimaciones engañadas o a ciegas.


viernes, 30 de noviembre de 2012

Duda 002 (1.1.0)



Hice numerosos cambios de mediana importancia en el ensayo, todos desde la sección 3.3. Así se ve ahora el ensayo desde ahí:
3.3

La cierva acertó en qué iba a plantearse el león y cómo lo iba a resolver (o sea, qué iba a hacer), pero cuando reaccionó ya era tarde: se resolvió a evitarlo al mismo tiempo en que empezaba a ocurrir, no antes; lo tardío le inutilizó lo certero.
El objeto de la deliberación de la cierva es la deliberación del león; para decidir qué hacer, la presa intenta anticipar la siguiente jugada del depredador poniéndose en su lugar, haciendo una estimación de sus opciones y conveniencias. Ni el cazador felino ni el humano adoptan el punto de vista de otro en sus deliberaciones, ni se ocupan de una conveniencia que no sea la propia (también a diferencia de mamá cierva, que antepone la de sus hijos a la suya con una tentativa de sacrificio).

3.4

Además del «único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo», en la narración hay tres huecos de saber más, tres elipsis: el narrador pasa de contarnos la deliberación de cierva, león y cazador a contarnos las acciones surgidas de esas deliberaciones; la decisión tomada hay que inferirla o conjeturarla, porque narrada no está. En dos casos puede hacerse con una razonable seguridad; en el otro, en lugar de una inferencia segura sólo puede hacerse una presunción razonable.
Las decisiones de la cierva y del león se dejan ver por sus acciones: si se detuvieron, fue porque una decidió entregarse y el otro decidió dejar de perseguirla e ir a perseguir a sus hijos, decisiones a las que desembocaban las inclinaciones que dejaban ver sus planteos. Antes de hablar de la decisión del cazador, detengámonos a comparar las que digo que tomaron perseguidor y perseguida.
La desembocadura es inequívoca en el caso del león, pero en el de la cierva puede dibujar algún delta: ¿frenó para dejarse alcanzar o, como el león, para cambiar de dirección? Lo segundo es bastante menos probable. ¿Qué chances puede tener la cierva de ahuyentar al depredador del que venía huyendo? ¿Y qué utilidad puede tener esa aventura suicida? Lo suyo parece más bien un sacrificio, aunque malogrado una vez por la renuncia sincronizada del león y otra, tal vez, por el disparo del cazador. (Si ella fue el blanco, su sacrificio pasó de ser algo destinado sólo para sus hijos a ser algo que resultó efectivo para el mundo.)*
Es cierto que la detención brusca tampoco cuaja a la perfección con el sacrificio: si la decisión de la cierva es ofrecerse para ser devorada en lugar de sus crías, mejor desacelerar que frenar de golpe (así al menos las aleja un poco más del león). En rigor, a la perfección sólo cuaja con lo que el cuento dice que pasa pero sus hechos no muestran: una parálisis dubitativa (algo caricaturesca, como de dibujo animado), con la que el relato le da a la cierva su participación en el «instante de perplejidad universal».

Ni bien se detiene para entregarse, podemos imaginar que la cierva pasa de esperar con terror el ataque final a frustrarse porque no llega. De esa frustración la sacará un disparo, para bien (el blanco fue el león) o para mal (el blanco fue ella).

3.5

La acción no especificada del cazador (ya sea el disparar a quien se quedó aputando en el acto anterior, el de la detención universal, o ya sea el apuntar y disparar en un solo acto, ése en el que el mundo se despereza) no obliga a inferir que se decidió por la cierva, por más que hacia ahí se incline su planteo. Puede ser la mejor presunción, pero no es concluyente: mientras las inclinaciones que muestran cierva y león son las únicas opciones consistentes con el hecho de que cambien lo que vienen haciendo, no se verifica ninguna inconsistencia si suponemos que el cazador le terminó disparando al león. (Si éste fue el caso, puede que la escena siguiente a la perturbación coincida con la primera y volvamos a ver a la cierva pastando con sus crías.)
En definitiva, no podemos saber con certeza a quién le disparó el cazador. Pero el efecto revitalizante –y narrativo– del disparo nos distrae de la curiosidad insaciada, como nos distraería un ilusionista; solapa el efecto desasosegante que debería tener esa incerteza. El cuento se cierra con la resolución de una duda que no se revela y la astucia de que ya no importe. (A propósito: si importa más que suceda un cambio liberador a qué cambio es el que sucede, es que el peso está en lo estructural: hay un equilibrio que debe y no puede ser superado, y a desequilibrio regalado no se le miran los dientes.)

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Duda 001 (1.0.0)



Hasta el 18 de noviembre, la versión colgada del ensayo era la primera (la 0.0.0), la misma que leí en el M&S #9. La copio:

Uno entraba a mi monoambiente del 14 D y tenía a la derecha primero la puerta del baño y después la de la cocina. Baño y cocina lindaban con la larga cocina del 14 B. Entronizado en el baño, no podía distinguir si ciertos timbres de portero eléctrico eran para mí o para mis vecinos. No me pasaba con todos: había algunos timbres que no dudaba que eran para mí, como realmente eran. Con los otros, en cambio, la cosa siempre fue al revés: todas las veces que fui a ver si un timbre dudoso era o no para mí, no era. Pero ese historial infalible, por largo que fuese, no me servía para no dudar cuando volvía a sonar un timbre de esos; la única manera que tenía de salir de la duda era saliendo del baño y atendiendo (“¿X?” “No, equivocado”, fingía yo).
La moraleja que quiero sacar de esto es que la duda es un encierro conceptual perfecto del que, por lo tanto, no se sale razonando, sino sólo actuando, sin garantías de éxito e incluso con un historial de fracasos absoluto detrás. El cerrojo conceptual lo da una contradicción: no puedo deducir que si dudo (si es para mí o no este timbre), entonces no debo dudar. Ahora bien, ¿por qué la duda es algo de lo que salir o algo que sacarse de encima? ¿En qué consiste la claustrofobia que provoca o el peso con que abruma?

La duda es la irritación que produce la demora de una equidistancia. La duda es la reacción a un entumecimiento por exceso de exposición a una situación de equilibrio indeseada. Dudar es sufrir un equilibrio; mejor dicho: sufrir la irresolución, la neutralización de la voluntad que produce una situación trabada entre razones de fuerzas iguales y opuestas.
Mientras dudo no actúo; dudar es quedar irresoluto, no poder resolver si afirmar X o no X. Si no actúo por fuera de la satisfacción de una razón suficiente para hacerlo, quedo paralizado. La caricatura de esta parálisis es el asno de Buridán, que enfrentado a dos montones de heno igualmente apetecibles y equidistantes termina muriendo de hambre.
Otra caricatura imagina una sincronización universal de dudas que detiene al universo. La escribió Raúl Brasca en un relato breve titulado “Perplejidad”; dice así:

La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora.
De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza, ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías?
Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la tierra duda sin atinar a hacer un movimiento.
Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.

Para terminar, apunto una curiosidad: «cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente» al momento de salir de sus respectivas dudas, no al momento de cursarlas. La cierva cambia su inercia de prófuga y frena cuando decide ir a proteger a sus crías. El león cambia su inercia de perseguidor y frena cuando decide ir a perseguir a esas crías. El cazador deja de oscilar entre dos blancos cuando se decide por uno y se queda apuntándolo. El resto sí parece que «duda sin atinar a hacer un movimiento». Por suerte para casi todos, «con el disparo del cazador se reanuda la vida».
¿A quién le disparó el cazador? No podemos saberlo con certeza. El cuento se cierra con la resolución de una duda que no se revela y la astucia de que ya no importe.
El 18 le hice algunos cambios menores:
1) agregué «...; la tautología es invencible: si dudo, dudo. La duda es una experiencia inmersiva o envolvente, según cómo se prefiera ver.»
2) agregué «..., estar equidistante de certezas contrarias, sin preferencia ni deseo, pero con necesidad»
Esa versión levemente modificada (una 0.0.1) es la que quedó hasta recién, cuando terminé de definir los cambios que le vine haciendo al ensayo desde entonces. La diferencia es grande; ahora se lee esto:
1.

Uno entraba a mi monoambiente del 14 D y tenía a la derecha primero la puerta del baño y después la de la cocina. Baño y cocina lindaban con la larga cocina del 14 B. Entronizado en el baño, no podía distinguir si ciertos timbres de portero eléctrico eran para mí o para mis vecinos. No me pasaba con todos: había algunos timbres que no dudaba que eran para mí, como realmente eran. Con los otros, en cambio, la cosa siempre fue al revés: todas las veces que fui a ver si un timbre dudoso era o no para mí, no era. Pero ese historial infalible, por largo que fuese, no me servía para no dudar cuando volvía a sonar un timbre de esos; la única manera que tenía de salir de la duda era saliendo del baño y atendiendo (“¿X?” “No, equivocado”, fingía yo).
La moraleja que quiero sacar de esto es que la duda es un encierro racional perfecto del que, por lo tanto, no se sale razonando, sino sólo actuando, sin garantías de éxito e incluso con un historial de fracasos absoluto detrás. El cerrojo conceptual lo da una contradicción: no puedo deducir que si dudo (si es para mí o no este timbre), entonces no debo dudar; la tautología es invencible: si dudo, dudo. La duda es una experiencia inmersiva o envolvente, según cómo se prefiera ver; de la duda se sale desde adentro, no desde afuera (como se intenta con aquel meta-razonamiento).
Ahora bien, ¿por qué la duda es algo de lo que salir o algo que sacarse de encima? ¿En qué consiste la claustrofobia que provoca o el peso con que abruma?

2.

La duda es la irritación que produce la demora de una equidistancia. La duda es la reacción a un entumecimiento por exceso de exposición a una situación de equilibrio indeseada. Dudar es sufrir un equilibrio; mejor dicho: sufrir la irresolución, la neutralización de la voluntad que produce una situación trabada entre razones de fuerzas iguales y opuestas.
Mientras dudo no actúo; dudar es quedar irresoluto, no poder resolver si afirmar X o no X, estar equidistante de certezas contrarias, sin preferencia ni deseo, pero con necesidad. Si no actúo por fuera de la satisfacción de una razón suficiente para hacerlo, quedo paralizado. La caricatura de esta parálisis es el burro de Buridán, que enfrentado a dos montones de heno igualmente apetecibles y equidistantes termina muriendo de hambre.
Quino desplaza la paridad trabada de los objetos de deseo a las fuerzas deseantes, una de las cuales la destraba a las patadas:

Buridán en 'Mundo Quino'

2.1

Frecuentado por los últimos escolásticos, el caso del asno de Jean Buridán (Ethicorum Aristotelis, Libro III, q.) tiene su antecedente tal vez más antiguo en Aristóteles:
«Se dice que el que se encuentra muy sediento y hambriento, en caso de hallarse a igual distancia de la comida y de la bebida, necesariamente queda inmóvil en el lugar donde se encuentra» (De Caelo, II, 13, 295b 33)
.
También Dante (La Divina Comedia, Paraíso, Canto IV, 1-3) prescinde del asno:
«Intra duo cibi, distanti e moventi
D’un modo, prima si morria di fame
Che liber’omo l’un recasse ai denti»,
que traducido viene a decir: «Entre dos alimentos, alejados y apetitosos por igual, antes moriría de hambre el hombre libre que hincase a uno el diente».
Al resumir las tesis de Schopenhauer en Über die Freiheit des menschlichen Willens, Paolo Zellini (Breve historia del infinito, Madrid, Siruela, 1991; página 113) escribe:
«No es casual que esa fuente característica de falsa infinitud que Leopardi y Hegel localizaron en el deseo esté también vinculada, de algún modo, a las antinomias de la libertad. Cuando se desean simultáneamente dos objetos, se configura con ello un estado psicológico en el que la dualidad existe como hecho potencialmente paralizador. Esa misma dualidad, llevada más allá de los confines del deseo que la ha generado, hasta invadir la esfera de la decisión y de la resolución final, provocaría un estado real de indecisión irresoluble del hombre absurdamente libre ante dos opciones antitéticas.»

Lo que vale para la voluntad de un sujeto vale para la necesidad de un juego o la de un jugador.

3.

Otra caricatura imagina una sincronización universal de dudas que detiene al universo. La escribió Raúl Brasca en un relato breve titulado “Perplejidad” y publicado en la revista “El cuento” (Nro 103-104, tomo XVI, México, julio-diciembre 1987); dice así:

La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora.
De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza, ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías?
Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la tierra duda sin atinar a hacer un movimiento.
Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.

3.1

La historia quiere ilustrar los efectos paralizantes de la duda, exacerbados por su sincronización en «un instante de perplejidad universal». Pero más allá de la declaración global que hace el narrador, los tres casos particulares puede que sean excepciones: «todo ser animado que habita sobre la tierra duda sin atinar a hacer un movimiento», excepto la cierva, el león y tal vez el cazador. No porque no estén quietos, no porque no hayan dudado, sino porque no los paraliza un trance dubitativo: «cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente» al momento de resolverse, no al momento de dudar; no los pausó una indecisión, como al resto (según se declara directamente), sino una decisión (según se muestra, siquiera indirectamente). Veamos cada caso.
La cierva cambia su inercia de prófuga y frena cuando decide evitar que el león se coma a sus crías. El león cambia su inercia de perseguidor y frena cuando decide ir a perseguir a las crías. Es decir: primero vemos deliberaciones internas en medio (y a raíz) de una carrera que se prolonga y después vemos detenidos a sus protagonistas. Cierva y león hacen sus planteos sobre la marcha, y sobre la marcha los resuelven; como la marcha cesa, entendemos que no decidieron seguir en lo que estaban (la cierva huyendo, el león persiguiéndola), sino cambiar.
El caso del cazador no es tan claro. Por un lado, puede decirse que deja de oscilar entre dos blancos cuando se decide por uno. Pero por otro lado hay un modo de entender la escena en el que el cazador es un ser animado más de los que por un instante dudan sin atinar a hacer un movimiento: si apuntar y disparar se considera un solo acto, el cazador primero prepara el fusil, después duda y en consecuencia suspende su caza, que reanuda junto con la vida, cuando finalmente apunta y dispara. Luego, su caso depende de qué vínculos tenga el apuntar con las acciones que lo flanquean en la secuencia del cuasi fusilamiento: si es independiente o es parte del preparar el fusil, el cazador se detuvo al resolver a quién disparar, apuntándole (ya sea que viniese de apuntar al otro o de no estar apuntando, sino sólo con el fusil preparado); si es parte del disparar, el cazador se detuvo antes, al dudar.
Del resto queda claro, porque así se informa, que «duda sin atinar a hacer un movimiento». Por suerte para casi todos, «con el disparo del cazador se reanuda la vida» (esa excepción resulta un sacrificio vital para el resto, como el que se interpretó que hizo el príncipe Adjamir en la batalla de Dacsina).

3.2

En el momento de inmovilizarse, cierva y león están en la mitad de las acciones que eligieron para resolver sus planteos. A la cierva le resta o bien ser alcanzada (la segunda mitad es pasiva) o bien –menos verosímil– dirigirse a un improbabilísimo salvataje de sus crías (la segunda mitad es activa). Al león, que acaba de desistir de alcanzar a la cierva, le resta perseguir a las crías. Es en esta bisagra cuando cruzan miradas desconcertadas entre sí y con el cazador, que puede que esté en su propia bisagra.
El preparar el fusil es previo o simultáneo a dudar a quién destinarlo, que a su vez es previo a resolverse por uno. Si tiene su independencia, el apuntar a uno de los animales –el mantener la mira en un blanco, acá en movimiento– es la mitad de la resolución del cazador que participa de la suspensión universal; la otra mitad –el disparar– es la que le pone fin y saca a la historia del mundo de su único hueco (y a cierva y león de sus propósitos originales, suponemos, lo mismo que de la vida a uno de ellos –si el cazador tuvo puntería, lo que puede que no sea necesario para que se reanude la vida, y aquí no se ha lastimado a ningún animal).

3.3

Sincronizada como quedó, la cierva acertó en qué se iba a plantear el león y cómo lo iba a resolver (o sea, qué iba a hacer), pero cuando reaccionó ya era tarde: se resolvió a evitarlo al mismo tiempo en que empezaba a ocurrir, no antes; lo tardío le inutilizó lo certero.
El objeto de la deliberación de la cierva es la deliberación del león; para decidir qué hacer, la presa intenta anticipar la siguiente jugada del depredador poniéndose en su lugar, haciendo una estimación de sus opciones y conveniencias. Ni el cazador felino ni el humano adoptan el punto de vista de otro en sus deliberaciones, ni se ocupan de una conveniencia que no sea la propia (también a diferencia de mamá cierva, que antepone la de sus hijos a la suya en un grado máximo, el de un sacrificio –por más que lo haya malogrado la sincronización con la renuncia del perseguidor). Insisto: ni el león ni el cazador especulan qué pensará o hará algún otro para hacer lo que sus razonamientos vuelven preferible (perseguir a las crías en lugar de a la madre, matar a la cierva –trofeo y manjar– en lugar de al león –buen trofeo–).

3.4

Además del «único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo», en la narración hay tres huecos de saber más, tres elipsis: el narrador pasa de contarnos la deliberación de cierva, león y cazador a contarnos las acciones surgidas de esas deliberaciones (una entrega malograda por un cambio de rumbo –van dos– y un disparo); la decisión tomada hay que inferirla o conjeturarla, porque narrada no está. En dos casos puede hacerse con una razonable seguridad; en el otro, en lugar de una inferencia segura sólo puede hacerse una presunción razonable.
Las decisiones de la cierva y del león se dejan ver por sus acciones: si se detuvieron, fue porque una decidió entregarse y el otro decidió dejar de perseguirla e ir a perseguir a sus hijos, decisiones a las que desembocaban las inclinaciones que dejaban ver sus planteos.
En cambio, la acción no especificada del cazador –ya sea el disparar a quien se quedó aputándole en el acto anterior, el de la detención universal, o ya sea el apuntar y disparar en un solo acto, ése en el que el mundo se despereza– no obliga a inferir que se decidió por la cierva, por más que hacia ahí se incline su planteo. Puede ser la mejor presunción, pero no es concluyente: mientras las inclinaciones que muestran cierva y león son las únicas opciones consistentes con el hecho de que cambien lo que vienen haciendo, no se verifica ninguna inconsistencia si suponemos que el cazador le terminó disparando al león.
En definitiva, no podemos saber con certeza a quién le disparó el cazador. Pero el efecto revitalizante –y narrativo– del disparo nos distrae de la curiosidad insaciada, como nos distraería un ilusionista; solapa el efecto desasosegante que debería tener esa incerteza insoluble. El cuento se cierra con la resolución de una duda que no se revela y la astucia de que ya no importe. (A propósito: si importa más que suceda un cambio liberador a qué cambio es el que sucede, es que el peso está en lo estructural: hay un equilibrio que debe y no puede ser superado, y a desequilibrio regalado no se le miran los dientes.)

sábado, 22 de septiembre de 2012

Acontecimiento 001 (0.0.1)

En la madrugada del 21 cambié el primer párrafo del ensayo. Antes decía:
Todo acontecimiento siempre está situado entre dos estados. El flanqueo no es recíproco: no hay obligación de que todo estado esté situado entre dos acontecimientos, como puede probarlo cualquier estado por omisión (“La vaca está viva”) y cualquier estado por acción que sea definitivo (“La vaca está muerta”).
Por un lado, un estado deriva de un acontecimiento: es el resultado de una acción o proceso (algo pasó) o de una omisión (algo no pasó). [...]
Ahora dice:
O hay cambio o hay continuidad entre dos momentos de la historia de una identidad. Esos momentos están hechos, por ejemplo, de estados, situaciones, identidades, rasgos de identidad, propiedades, etc. Tomemos, por caso, una secuencia de estados.
Por un lado, un estado deriva de un acontecimiento: es el resultado de una acción o proceso (algo pasó: la vaca murió y entonces está muerta, por ejemplo) o de una omisión (algo no pasó: la vaca no murió y entonces está viva).

domingo, 9 de septiembre de 2012

Cosas peores 002 (1.1.0)


Hice cambios entre menores y medios en la sección 4 que agregué esta madrugada en el ensayo. El más importante es el agregado del epígrafe de Borges, una de las dos citas de "El Inmortal" que incluí en el programa de mano de Tertulia (la hace de epígrafe en "Pendientes resbaladizas"). Otros cambios tuvieron que ver con alusiones a esa cita. Así, donde antes decía (primer párrafo de la sección 4) "el saber de que uno, además de ser frágil y poder morir en cualquier momento...", ahora dice: "el saber de que uno, además de ser «preciosamente precario» y poder morir en cualquier momento...". Una referencia conceptualmente más importante es la que agregué como última frase del ensayo: "Sólo el sentido hace de lo precario algo precioso; de ahí que no le convenga ser a su vez precario".
Sin relación con ese nuevo epígrafe, agregué "o dejarla trabajando en segundo plano" en el segundo párrafo.

Cosas peores 001 (1.0.0)


Acabo de agregarle al ensayo el párrafo final de la sección 3 y toda la sección 4:

Tal vez no haga falta la exaltación para ver un sentido existencial más necesario que la vida que justifica, que hace necesaria; tal vez puede verse así sin exagerar. Basta que se considere que la vida no vale por sí misma, sino como medio u oportunidad para hacer lo que creemos que le da sentido (que es lo que nos da fuerza para hacer lo que creemos que le da sentido, que es...).

4.



De chico, en general a partir de una muerte cercana, uno se entera de que los otros pueden morir. En la progresiva culturización y socialización con que crecemos, vamos adquiriendo el saber de que uno, además de ser frágil y poder morir en cualquier momento, en algún momento va a morir, igual que todos.
Todo lo que se hace tal vez se haga, en última instancia, para suspender ese saber y sus efectos sobre el hacer mismo, las consecuencias paralizantes que tiene el tener siempre de frente esa certeza, el no lograr hacerla a un lado (el peor Zahir de todos).
Para superar el límite que la vida no puede, está el sentido de la vida (o propósito o misión o plan, etc.), que también viene en formato laico.*
Puede adoptarse un sentido sin tener que aceptar (ni creer ni necesitar ni desear) que nuestra identidad –y con ella nuestra existencia– sigue en otra parte y en otro estado o que reencarnamos en otros seres hasta alcanzar el desapego perfecto (extinguidas la preferencia –un deseo selectivo– y la necesidad –un deseo impuesto–, extinguido el temor a que no se nos cumpla ni se nos satisfaga, o sea, a frustrarnos). Puede adoptarse un sentido de la existencia finita que no ofrezca alguna trascendencia personal eterna (o sea, que no niegue ni relativice esa finitud), aun cuando incluya sucedáneos de esa inmortalidad nómade. Por ejemplo, un sentido que tenga la épica de una obra colectiva que nos sobrevivirá (nada peor ni tan difícil le puede pasar a uno con su salud existencial que sobrevivirle a su sentido de vida, como nos lo recuerdan los que se suicidaron por el fin de la experiecia soviética del comunismo y muchos enamorados súbitamente abandonados).
Algo así sólo es útil y creíble si nos sobrevive, si trasciende a eso que mueve; necesita durar más que la vida en la que presta servicio y ser lo suficientemente resistente para lograrlo, no como pompas de jabón y fragilidades afines.