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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Duda 003 (1.2.0)


Hasta la madrugada del 2 de diciembre, el ensayo se veía así:

1.

Uno entraba a mi monoambiente del 14 D y tenía a la derecha primero la puerta del baño y después la de la cocina. Baño y cocina lindaban con la larga cocina del 14 B. Entronizado en el baño, no podía distinguir si ciertos timbres de portero eléctrico eran para mí o para mis vecinos. No me pasaba con todos: había algunos timbres que no dudaba que eran para mí, como realmente eran. Con los otros, en cambio, la cosa siempre fue al revés: todas las veces que fui a ver si un timbre dudoso era o no para mí, no era. Pero ese historial infalible, por largo que fuese, no me servía para no dudar cuando volvía a sonar un timbre de esos; la única manera que tenía de salir de la duda era saliendo del baño y atendiendo (“¿X?” “No, equivocado”, fingía yo).
La moraleja que quiero sacar de esto es que la duda es un encierro racional perfecto del que, por lo tanto, no se sale razonando, sino sólo actuando, sin garantías de éxito e incluso con un historial de fracasos absoluto detrás. El cerrojo conceptual lo da una contradicción: no puedo deducir que si dudo (si es para mí o no este timbre), entonces no debo dudar; la tautología es invencible: si dudo, dudo. La duda es una experiencia inmersiva o envolvente, según cómo se prefiera ver; de la duda se sale desde adentro, no desde afuera (como se intenta con aquel meta-razonamiento).
Ahora bien, ¿por qué la duda es algo de lo que salir o algo que sacarse de encima? ¿En qué consiste la claustrofobia que provoca o el peso con que abruma?

2.

La duda es la irritación que produce la demora de una equidistancia. La duda es la reacción a un entumecimiento por exceso de exposición a una situación de equilibrio indeseada. Dudar es sufrir un equilibrio; mejor dicho: sufrir la irresolución, la neutralización de la voluntad que produce una situación trabada entre razones de fuerzas iguales y opuestas.
Mientras dudo no actúo; dudar es quedar irresoluto, no poder resolver si afirmar X o no X, estar equidistante de certezas contrarias, sin preferencia ni deseo, pero con necesidad. Si no actúo por fuera de la satisfacción de una razón suficiente para hacerlo, quedo paralizado. La caricatura de esta parálisis es el burro de Buridán, que enfrentado a dos montones de heno igualmente apetecibles y equidistantes termina muriendo de hambre.
Quino (Mundo Quino, Buenos Aires, Ediciones Zeta, 1977) desplaza la paridad trabada de los objetos de deseo a los sujetos deseantes, uno de los cuales la destraba de una patada:

Buridán en 'Mundo Quino'

2.1

Frecuentado por los últimos escolásticos, el caso del asno de Jean Buridán (Ethicorum Aristotelis, Libro III, q.) tiene su antecedente tal vez más antiguo en Aristóteles (De Caelo, Libro II, 13, 295b 33):
Se dice que el que se encuentra muy sediento y hambriento, en caso de hallarse a igual distancia de la comida y de la bebida, necesariamente queda inmóvil en el lugar donde se encuentra.
También Dante (La Divina Comedia, Paraíso, Canto IV, 1-3) prescinde del asno:
Intra duo cibi, distanti e moventi
D’un modo, prima si morria di fame
Che liber’omo l’un recasse ai denti
,
que traducido viene a decir: “Entre dos alimentos, alejados y apetitosos por igual, antes moriría de hambre el hombre libre que hincase a uno el diente”.
Al resumir las tesis de Schopenhauer en Über die Freiheit des menschlichen Willens, Paolo Zellini (Breve historia del infinito, Madrid, Siruela, 1991; página 113) escribe:
No es casual que esa fuente característica de falsa infinitud que Leopardi y Hegel localizaron en el deseo esté también vinculada, de algún modo, a las antinomias de la libertad. Cuando se desean simultáneamente dos objetos, se configura con ello un estado psicológico en el que la dualidad existe como hecho potencialmente paralizador. Esa misma dualidad, llevada más allá de los confines del deseo que la ha generado, hasta invadir la esfera de la decisión y de la resolución final, provocaría un estado real de indecisión irresoluble del hombre absurdamente libre ante dos opciones antitéticas.
Lo que vale para la voluntad de un sujeto vale para la necesidad de un juego o la de un jugador.

3.

Otra caricatura imagina una sincronización universal de dudas que detiene al universo. La escribió Raúl Brasca en un relato breve titulado “Perplejidad” y publicado en la revista “El cuento” (Nro 103-104, tomo XVI, México, julio-diciembre 1987); dice así:
La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora.
De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza, ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías?
Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la tierra duda sin atinar a hacer un movimiento.
Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.

3.1

La historia quiere ilustrar los efectos paralizantes de la duda, exacerbados por su sincronización en «un instante de perplejidad universal». Pero más allá de la declaración global que hace el narrador, los tres casos particulares puede que sean excepciones: «todo ser animado que habita sobre la tierra duda sin atinar a hacer un movimiento», excepto la cierva, el león y tal vez el cazador. No porque no estén quietos, no porque no hayan dudado, sino porque no los paraliza un trance dubitativo: «cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente» al momento de resolverse, no al momento de dudar; no los pausó una indecisión, como al resto (según se declara directamente), sino una decisión (según se muestra, siquiera indirectamente). Veamos cada caso.
La cierva cambia su inercia de prófuga y frena cuando decide evitar que el león se coma a sus crías. El león cambia su inercia de perseguidor y frena cuando decide ir a perseguir a las crías. Es decir: primero vemos deliberaciones internas en medio (y a raíz) de una carrera que se prolonga y después vemos detenidos a sus protagonistas. Cierva y león hacen sus planteos sobre la marcha, y sobre la marcha los resuelven; como la marcha cesa, entendemos que no decidieron seguir en lo que estaban (la cierva huyendo, el león persiguiéndola), sino cambiar.
El caso del cazador no es tan claro. Por un lado, puede decirse que deja de oscilar entre dos blancos cuando se decide por uno. Pero por otro lado hay un modo de entender la escena en el que el cazador es un ser animado más de los que por un instante dudan sin atinar a hacer un movimiento: si apuntar y disparar se considera un solo acto, el cazador primero prepara el fusil, después duda y en consecuencia suspende su caza, que reanuda junto con la vida, cuando finalmente apunta y dispara. Luego, su caso depende de qué vínculos tenga el apuntar con las acciones que lo flanquean en la secuencia del cuasi fusilamiento: si es independiente o es parte del preparar el fusil, el cazador se detuvo al resolver a quién disparar, apuntándole (ya sea que viniese de apuntar al otro o de no estar apuntando, sino sólo con el fusil preparado); si es parte del disparar, el cazador se detuvo antes, al dudar.
Del resto queda claro, porque así se informa, que «duda sin atinar a hacer un movimiento». Por suerte para casi todos, «con el disparo del cazador se reanuda la vida» (esa excepción resulta un sacrificio vital para ese resto, como el que se interpretó que hizo el príncipe Adjamir en la batalla de Dacsina).

3.2

En el momento de inmovilizarse, cierva y león están en la mitad de las acciones que eligieron para resolver sus planteos. A la cierva le resta o bien ser alcanzada (la segunda mitad es pasiva) o bien –menos verosímil– dirigirse a un improbabilísimo salvataje de sus crías (la segunda mitad es activa). Al león, que acaba de desistir de alcanzar a la cierva, le resta perseguir a las crías. Es en esta bisagra cuando cruzan miradas desconcertadas entre sí y con el cazador, que puede que esté en su propia bisagra.
El preparar el fusil es previo o simultáneo a dudar a quién destinarlo, que a su vez es previo a resolverse por uno. Si tiene su independencia, el apuntar a uno de los animales –el mantener la mira en un blanco que estuvo en movimiento y que ahora está quieto– es la mitad de la resolución del cazador que participa de la suspensión universal. La otra mitad –el disparar– es la que le pone fin y saca a la historia del mundo de su único hueco (y a cierva y león de sus propósitos originales, suponemos, lo mismo que de la vida a uno de ellos –si el cazador tuvo puntería, lo que puede que no sea necesario para que se reanude la vida, y aquí no se ha lastimado a ningún animal).

3.3

La cierva acertó en qué iba a plantearse el león y cómo lo iba a resolver (o sea, qué iba a hacer), pero cuando reaccionó ya era tarde: se resolvió a evitarlo al mismo tiempo en que empezaba a ocurrir, no antes; lo tardío le inutilizó lo certero.
El objeto de la deliberación de la cierva es la deliberación del león; para decidir qué hacer, la presa intenta anticipar la siguiente jugada del depredador poniéndose en su lugar, haciendo una estimación de sus opciones y conveniencias. Ni el cazador felino ni el humano adoptan el punto de vista de otro en sus deliberaciones, ni se ocupan de una conveniencia que no sea la propia (también a diferencia de mamá cierva, que antepone la de sus hijos a la suya con una tentativa de sacrificio).

3.4

Además del «único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo», en la narración hay tres huecos de saber más, tres elipsis: el narrador pasa de contarnos la deliberación de cierva, león y cazador a contarnos las acciones surgidas de esas deliberaciones; la decisión tomada hay que inferirla o conjeturarla, porque narrada no está. En dos casos puede hacerse con una razonable seguridad; en el otro, en lugar de una inferencia segura sólo puede hacerse una presunción razonable.
Las decisiones de la cierva y del león se dejan ver por sus acciones: si se detuvieron, fue porque una decidió entregarse y el otro decidió dejar de perseguirla e ir a perseguir a sus hijos, decisiones a las que desembocaban las inclinaciones que dejaban ver sus planteos. Antes de hablar de la decisión del cazador, detengámonos a comparar las que digo que tomaron perseguidor y perseguida.
La desembocadura es inequívoca en el caso del león, pero en el de la cierva puede dibujar algún delta: ¿frenó para dejarse alcanzar o, como el león, para cambiar de dirección? Lo segundo es bastante menos probable. ¿Qué chances puede tener la cierva de ahuyentar al depredador del que venía huyendo? ¿Y qué utilidad puede tener esa aventura suicida? Lo suyo parece más bien un sacrificio, aunque malogrado una vez por la renuncia sincronizada del león y otra, tal vez, por el disparo del cazador. (Si ella fue el blanco, su sacrificio pasó de ser algo destinado sólo para sus hijos a ser algo que resultó efectivo para el mundo.)*
Es cierto que la detención brusca tampoco cuaja a la perfección con el sacrificio: si la decisión de la cierva es ofrecerse para ser devorada en lugar de sus crías, mejor desacelerar que frenar de golpe (así al menos las aleja un poco más del león). En rigor, a la perfección sólo cuaja con lo que el cuento dice que pasa pero sus hechos no muestran: una parálisis dubitativa (algo caricaturesca, como de dibujo animado), con la que el relato le da a la cierva su participación en el «instante de perplejidad universal».

Ni bien se detiene para entregarse, podemos imaginar que la cierva pasa de esperar con terror el ataque final a frustrarse porque no llega. De esa frustración la sacará un disparo, para bien (el blanco fue el león) o para mal (el blanco fue ella).

3.5

La acción no especificada del cazador (ya sea el disparar a quien se quedó aputando en el acto anterior, el de la detención universal, o ya sea el apuntar y disparar en un solo acto, ése en el que el mundo se despereza) no obliga a inferir que se decidió por la cierva, por más que hacia ahí se incline su planteo. Puede ser la mejor presunción, pero no es concluyente: mientras las inclinaciones que muestran cierva y león son las únicas opciones consistentes con el hecho de que cambien lo que vienen haciendo, no se verifica ninguna inconsistencia si suponemos que el cazador le terminó disparando al león. (Si éste fue el caso, puede que la escena siguiente a la perturbación coincida con la primera y volvamos a ver a la cierva pastando con sus crías.)
En definitiva, no podemos saber con certeza a quién le disparó el cazador. Pero el efecto revitalizante –y narrativo– del disparo nos distrae de la curiosidad insaciada, como nos distraería un ilusionista; solapa el efecto desasosegante que debería tener esa incerteza. El cuento se cierra con la resolución de una duda que no se revela y la astucia de que ya no importe. (A propósito: si importa más que suceda un cambio liberador a qué cambio es el que sucede, es que el peso está en lo estructural: hay un equilibrio que debe y no puede ser superado, y a desequilibrio regalado no se le miran los dientes.)

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