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martes, 22 de junio de 2010

Cambios en 'Zahir en blanco'


Agregué una sección en el ensayo. Hasta recién se leía esto:

1.
      Para per­der­se en Dios, los su­fíes re­pi­ten su pro­pio nom­bre o los no­ven­ta y nueve nom­bres di­vi­nos hasta que éstos ya nada quie­ren decir.

      Del cuen­to “El Zahir”, de Jorge Luis Bor­ges.

Como otros, de chico a veces ju­ga­ba a re­pe­tir una pa­la­bra men­tal­men­te (o en un mur­mu­llo bajo) hasta que la des­co­no­cía o ya no la re­co­no­cía (creo que hay una di­fe­ren­cia, aun­que sea la de un matiz, pero no viene al caso ar­gu­men­tar­la). Lo que tal vez hacía atrac­ti­va la ex­pe­rien­cia era que junto con el ob­je­to se de­ja­ba de dis­tin­guir el ob­ser­va­dor que lo sig­ni­fi­ca­ba o nom­bra­ba hasta la sa­tu­ra­ción y el co­lap­so.

2.
      Zahir, en árabe, quie­re decir no­to­rio, vi­si­ble; en tal sen­ti­do, es uno de los no­ven­ta y nueve nom­bres de Dios; la plebe, en tie­rras mu­sul­ma­nas, lo dice de “los seres o cosas que tie­nen la te­rri­ble vir­tud de ser inol­vi­da­bles y cuya ima­gen acaba por en­lo­que­cer a la gente”.

      Del cuen­to “El Zahir”, de Jorge Luis Bor­ges.

Así como en un mo­no­sí­la­bo ya no puede haber di­fe­ren­cia entre sí­la­ba tó­ni­ca y sí­la­ba átona, en el Zahir (en la re­duc­ción de todos a uno que im­pli­ca el Zahir –una va­rian­te desahu­cia­da del mul­tum in parvo que gus­ta­ba re­cor­dar y usar Bor­ges–) ya no puede haber di­fe­ren­cia es­to-otro, uno y el resto, di­fe­ren­cia de roles o fun­cio­nes, re­co­no­ci­mien­to y se­pa­ra­ción de sí.
Un Zahir ca­bal­men­te fatal no puede tener par­tes ni ras­gos: debe ser una pura sin­gu­la­ri­dad. El re­cuer­do ex­clu­yen­te de una mo­ne­da de 20 cen­ta­vos puede estar tan po­bla­do como el re­cuer­do del mundo que ex­clu­ye: sus ra­ya­du­ras ca­sua­les, sus de­ta­lles de di­se­ño, el ma­te­rial del que está hecha, etc. La anu­la­ción del mundo es la anu­la­ción de la di­fe­ren­cia, de la plu­ra­li­dad; por ejem­plo, “no lo­grar ol­vi­dar” un punto, pero un punto to­po­ló­gi­co, no un punto ma­te­rial (que tiene forma, ta­ma­ño, color, etc., o sea, ri­que­za). Y en­ton­ces ya no es la cues­tión la de “re­cor­dar” sólo un punto, sino más pre­ci­sa­men­te la de no poder con­ce­bir más que un punto: ni lí­neas ni vo­lú­me­nes ni hi­per­vo­lú­me­nes, ni lo que entre ellos o con ellos se puede for­mar, las meras cosas.

3.1.

Mente en blan­co en la di­men­sión cero de un as­ce­ta lle­va­do hasta sus úl­ti­mas con­se­cuen­cias y su pri­me­ra con­tra­dic­ción in­elu­di­ble. O pri­mer mo­men­to de la mente en blan­co, cuan­do todo lo dis­tin­to de un punto debe serle irre­pre­sen­ta­ble e in­for­mu­la­ble, que es un combo de ne­ga­cio­nes que desahu­cia. Irre­pre­sen­ta­ble pero analo­ga­ble, al igual que una cuar­ta di­men­sión para no­so­tros, que para en­ten­der­la ape­la­mos a la analo­gía de Flatland (un mundo que di­fie­re en es­ce­na­rio y ac­to­res con el nues­tro, pero no en si­tua­cio­nes, po­si­cio­nes, roles y re­la­cio­nes en ge­ne­ral): tan in­con­ce­bi­bles son tres per­pen­di­cu­la­res entre sí en un es­pa­cio bi­di­men­sio­nal como cua­tro en uno tri­di­men­sio­nal (y dos –el inicio de la “per­pen­di­cu­la­ri­dad”– en uno uni­di­men­sio­nal). In­for­mu­la­ble, a di­fe­ren­cia de una cuar­ta di­men­sión, que si no exis­te no es por in­con­sis­ten­te (en su foto ac­tual) ni por ab­so­lu­ta­men­te ar­bi­tra­ria (en su pe­lí­cu­la), al menos no menos que las otras di­men­sio­nes: las re­glas de for­ma­ción y com­por­ta­mien­to de un hi­per­vo­lu­men son tan con­sis­ten­tes y son tan pre­de­ci­bles los re­sul­ta­dos de su apli­ca­ción como las de un vo­lu­men, una su­per­fi­cie, una línea, un punto.

3.2.
              Fue el si­len­cio un pozo
              que tra­gué va­cián­do­me.
              Cuan­do acabé de tra­gar­lo
              el pozo es­ta­ba lleno
              y yo era su fondo vacío,
              in­fi­ni­to,
              por donde co­men­cé a caer
              aho­gan­do un grito.

El se­gun­do mo­men­to de la mente en blan­co es el de su au­to­in­clu­sión; lle­va­do a sus úl­ti­mas con­se­cuen­cias, el as­ce­ta arri­ba a una es­ce­na ab­sur­da en el lí­mi­te de la re­duc­ción del uni­ver­so a un ob­je­to he­chi­zan­te. La úl­ti­ma víc­ti­ma de ese punto zahi­res­co tiene que ser la con­cien­cia de sí, el yo (más pre­ci­sa­men­te, la dis­tin­ción –el re­gis­tro de la di­fe­ren­cia– yo/otro). Re­cién en­ton­ces la pre­sen­cia o el re­cuer­do o el pen­sa­mien­to (en fin, la con­cien­cia) de un solo tér­mino del uni­ver­so es fatal para el es­pec­tro, es mente en blan­co irre­ver­si­ble, es au­to­va­cia­mien­to de la mente, que en­ton­ces deja de per­ci­bir­se a sí como una de las cosas que pue­den per­ci­bir­se o con­ce­bir­se y se con­su­ma ahí aque­lla anu­la­ción de todos en uno, con uno úl­ti­mo que los traga antes de tra­gar­se a sí mismo (en ese uno-to­do-nin­guno se con­su­ma, en de­fi­ni­ti­va, el pa­sa­je del revés al an­ver­so de la nada, al decir de Bras­ca).
Atri­buir­le, en algún grado po­si­ti­vo, un es­ta­do de con­cien­cia a eso tiene el mismo valor que atri­buír­se­lo a una pie­dra. Como le gusta a Do­li­na citar a Una­muno (Del sen­ti­mien­to trá­gi­co de la vida, I, “El hom­bre de carne y hueso”): “Más veces he visto ra­zo­nar a un gato que no reír o llo­rar. Acaso llore o ría por den­tro, pero por den­tro acaso tam­bién el can­gre­jo re­suel­va ecua­cio­nes de se­gun­do grado”.

4.

Pero la mente en blan­co tam­bién puede ser en­ten­di­da como un grado nulo de es­ta­do de con­cien­cia, donde co­exis­ten con­cep­tos mu­tua­men­te ex­clu­yen­tes, con­cep­tos que en vez de im­pli­car­se se re­pe­len uno al otro y a la vez con­vi­ven. Puede ser en­ten­di­da como la ex­pe­rien­cia de la inexis­ten­cia (o la ilu­sión de ha­ber­la al­can­za­do sin haber re­nun­cia­do a la exis­ten­cia ni a su ex­pe­rien­cia), tanto como la falta de toda ex­pe­rien­cia, in­clu­yen­do la de sí, con la que con­clu­ye (o la ilu­sión de tener la ex­pe­rien­cia de haber per­di­do toda ex­pe­rien­cia).
Una pa­ra­do­ja ge­nui­na es la for­mu­la­ción de una im­po­si­bi­li­dad, que acá es el re­sul­ta­do de un salto al lí­mi­te (un lle­var algo de ese modo hasta sus úl­ti­mas y con­tra­dic­to­rias con­se­cuen­cias), en este caso el lí­mi­te de una re­duc­ción del uni­ver­so o de un blan­quea­mien­to de la mente.

5.
      6 de di­ciem­bre. Ma­tan­za de los cer­dos.
      Tres cosas:
      Verse a sí mismo como una cosa ajena, ol­vi­dar lo visto, con­ser­var la mi­ra­da.
      O sea, dos cosas solas, dado que la ter­ce­ra com­pren­de la se­gun­da.

      Franz Kafka, Con­si­de­ra­cio­nes acer­ca del pe­ca­do, el dolor, la es­pe­ran­za y el ca­mino ver­da­de­ro, Edi­to­rial Alfa Ar­gen­ti­na, Bue­nos Aires, 1975; “Ter­cer cua­derno en oc­ta­vo”, pá­gi­na 65, en­tra­da del 6 de di­ciem­bre de 1917.


      Y esta vez des­a­pa­re­ció muy len­ta­men­te, em­pe­zan­do por la punta de la cola y ter­mi­nan­do por la son­ri­sa, que per­sis­tió du­ran­te algún tiem­po des­pués que el resto de él se hubo ido.
      “¡Bueno!”, pensó Ali­cia. “¡He visto mu­chas veces gatos sin son­ri­sa, pero una son­ri­sa sin gato...! ¡Es la cosa más rara que vi en mi vida!”

      Lewis Ca­rroll, Ali­cia en el país de las ma­ra­vi­llas, Ca­pí­tu­lo VI, “Cerdo y pi­mien­ta” (tra­duc­ción de Eduar­do Stil­man para Los li­bros de Ali­cia, Edi­cio­nes de la Flor, Bue­nos Aires, 1998, pá­gi­nas 70 y 71).

Como puede apre­ciar­se, la de Kafka no es una enu­me­ra­ción de metas in­co­ne­xas (como plan­tar un árbol, es­cri­bir un libro y tener un hijo, que pue­den ha­cer­se en cual­quier orden), sino una se­cuen­cia de ta­reas co­rre­la­ti­vas: pri­me­ro, verse a sí mismo como una cosa ajena; des­pués, ol­vi­dar lo visto; y en­ton­ces con­ser­var la mi­ra­da. Hecha la re­duc­ción, el desa­fío en­he­bra dos mi­sio­nes: verse a sí mismo como una cosa ajena y con­ser­var la mi­ra­da (con­se­cuen­cia ines­pe­ra­da de ol­vi­dar lo visto, medio ines­pe­ra­do de con­ser­var la mi­ra­da).
Así como la doble ne­ga­ción afir­ma, bo­rrar lo bo­rra­do es un modo de la lu­ci­dez: se con­ser­va la mi­ra­da ol­vi­dan­do lo visto (se­gun­do bo­rra­do) una vez que se ha cum­pli­do el verse a sí mismo como una cosa ajena (pri­mer bo­rra­do). O tal vez sólo quede la mi­ra­da, sin al­guien que la sos­ten­ga ni cosa pro­pia o ajena sobre la que se apoye, tan con­je­tu­ral como el gato con risa de Una­muno, tan abs­trac­ta como la son­ri­sa sin gato del sueño de Ali­cia, tan va­cia­da como el cu­chi­llo pre­cur­sor que “ima­gi­nó” Georg Ch­ris­toph Li­ch­ten­berg, sin hoja ni mango.


Ahora se lee esto:

1.
      «Para per­der­se en Dios, los su­fíes re­pi­ten su pro­pio nom­bre o los no­ven­ta y nueve nom­bres di­vi­nos hasta que éstos ya nada quie­ren decir.»

      Del cuen­to “El Zahir”, de Jorge Luis Bor­ges.

Como otros, de chico a veces ju­ga­ba a re­pe­tir una pa­la­bra men­tal­men­te (o en un mur­mu­llo bajo) hasta que la des­co­no­cía o ya no la re­co­no­cía (creo que hay una di­fe­ren­cia, aun­que sea la de un matiz, pero no viene al caso ar­gu­men­tar­la). Lo que tal vez hacía atrac­ti­va la ex­pe­rien­cia era que junto con el ob­je­to se de­ja­ba de dis­tin­guir el ob­ser­va­dor que lo sig­ni­fi­ca­ba o nom­bra­ba hasta la sa­tu­ra­ción y el co­lap­so.

2.
      la re­be­lión con­sis­te en mirar una rosa
      hasta pul­ve­ri­zar­se los ojos

      Los dos úl­ti­mos ver­sos del poema 23 de Árbol de Diana, de Ale­jan­dra Pi­zar­nik


      «Ese pro­yec­to má­gi­co había ago­ta­do el es­pa­cio en­te­ro de su alma; si al­guien le hu­bie­ra pre­gun­ta­do su pro­pio nom­bre o cual­quier rasgo de su vida an­te­rior, no ha­bría acer­ta­do a res­pon­der.»

      “Las rui­nas cir­cu­la­res”, de Jorge Luis Bor­ges


      ex­pli­car con pa­la­bras de este mundo
      que par­tió de mí un barco lle­ván­do­me

      Poema 13 de Árbol de Diana, de Ale­jan­dra Pi­zar­nik

En nues­tro ima­gi­na­rio de me­tá­fo­ras, pen­sar in­ten­sa­men­te en algo im­pli­ca dis­tan­ciar­se de sí o in­clu­so des­truir­se (que es algo así como pul­ve­ri­zar­se los ojos). Como la se­gun­da vía ya nos dejó en un punto muer­to, si­gá­mos­le el ras­tro a la pri­me­ra.
En el má­xi­mo de con­cen­tra­ción se al­can­za el mí­ni­mo de con­ser­va­ción de la con­cien­cia de sí, de la iden­ti­dad pro­pia (de pro­pie­dad de iden­ti­dad al­gu­na, pre­sen­te o pa­sa­da). Pero no hay dis­per­sión de iden­ti­dad en ese des­per­so­na­li­zar­se, sino re­con­ver­sión o cam­bio de roles: la con­cien­cia más aguda es un tras­va­sar­se en lo otro, ser lo que se per­ci­be o se com­pren­de (y en­ton­ces estar en con­di­cio­nes de du­pli­car la per­cep­ción o la com­pren­sión me­dian­te una re­fle­xión de sí vuel­to otro). En la pri­me­ra re­fle­xión po­si­ble, cuan­do eso otro es el pro­pio ser, se pro­du­ce un raro aco­ple de des­per­so­na­li­za­ción y re­per­so­na­li­za­ción (análo­go al de ser el puer­to y la carga del barco que par­tió).

3.
      «Zahir, en árabe, quie­re decir no­to­rio, vi­si­ble; en tal sen­ti­do, es uno de los no­ven­ta y nueve nom­bres de Dios; la plebe, en tie­rras mu­sul­ma­nas, lo dice de “los seres o cosas que tie­nen la te­rri­ble vir­tud de ser inol­vi­da­bles y cuya ima­gen acaba por en­lo­que­cer a la gente”.»

      Del cuen­to “El Zahir”, de Jorge Luis Bor­ges.

Así como en un mo­no­sí­la­bo ya no puede haber di­fe­ren­cia entre sí­la­ba tó­ni­ca y sí­la­ba átona, en el Zahir (en la re­duc­ción de todos a uno que im­pli­ca el Zahir –una va­rian­te desahu­cia­da del mul­tum in parvo que gus­ta­ba re­cor­dar y usar Bor­ges–) ya no puede haber di­fe­ren­cia es­to-otro, uno y el resto, di­fe­ren­cia de roles o fun­cio­nes, re­co­no­ci­mien­to y se­pa­ra­ción de sí.
Un Zahir ca­bal­men­te fatal no puede tener par­tes ni ras­gos: debe ser una pura sin­gu­la­ri­dad. El re­cuer­do ex­clu­yen­te de una mo­ne­da de 20 cen­ta­vos puede estar tan po­bla­do como el re­cuer­do del mundo que ex­clu­ye: sus ra­ya­du­ras ca­sua­les, sus de­ta­lles de di­se­ño, el ma­te­rial del que está hecha, etc. La anu­la­ción del mundo es la anu­la­ción de la di­fe­ren­cia, de la plu­ra­li­dad; por ejem­plo, “no lo­grar ol­vi­dar” un punto, pero un punto to­po­ló­gi­co, no un punto ma­te­rial (que tiene forma, ta­ma­ño, color, etc., o sea, ri­que­za). Y en­ton­ces ya no es la cues­tión la de “re­cor­dar” sólo un punto, sino más pre­ci­sa­men­te la de no poder con­ce­bir más que un punto: ni lí­neas ni vo­lú­me­nes ni hi­per­vo­lú­me­nes, ni lo que entre ellos o con ellos se puede for­mar, las meras cosas.

4.1.

Mente en blan­co en la di­men­sión cero de un as­ce­ta lle­va­do hasta sus úl­ti­mas con­se­cuen­cias y su pri­me­ra con­tra­dic­ción in­elu­di­ble. O pri­mer mo­men­to de la mente en blan­co, cuan­do todo lo dis­tin­to de un punto debe serle irre­pre­sen­ta­ble e in­for­mu­la­ble, que es un combo de ne­ga­cio­nes que desahu­cia. Irre­pre­sen­ta­ble pero analo­ga­ble, al igual que una cuar­ta di­men­sión para no­so­tros, que para en­ten­der­la ape­la­mos a la analo­gía de Flatland (un mundo que di­fie­re en es­ce­na­rio y ac­to­res con el nues­tro, pero no en si­tua­cio­nes, po­si­cio­nes, roles y re­la­cio­nes en ge­ne­ral): tan in­con­ce­bi­bles son tres per­pen­di­cu­la­res entre sí en un es­pa­cio bi­di­men­sio­nal como cua­tro en uno tri­di­men­sio­nal (y dos –el inicio de la “per­pen­di­cu­la­ri­dad”– en uno uni­di­men­sio­nal). In­for­mu­la­ble, a di­fe­ren­cia de una cuar­ta di­men­sión, que si no exis­te no es por in­con­sis­ten­te (en su foto ac­tual) ni por ab­so­lu­ta­men­te ar­bi­tra­ria (en su pe­lí­cu­la), al menos no menos que las otras di­men­sio­nes: las re­glas de for­ma­ción y com­por­ta­mien­to de un hi­per­vo­lu­men son tan con­sis­ten­tes y son tan pre­de­ci­bles los re­sul­ta­dos de su apli­ca­ción como las de un vo­lu­men, una su­per­fi­cie, una línea, un punto.

4.2.
              Fue el si­len­cio un pozo
              que tra­gué va­cián­do­me.
              Cuan­do acabé de tra­gar­lo
              el pozo es­ta­ba lleno
              y yo era su fondo vacío,
              in­fi­ni­to,
              por donde co­men­cé a caer
              aho­gan­do un grito.

El se­gun­do mo­men­to de la mente en blan­co es el de su au­to­in­clu­sión; lle­va­do a sus úl­ti­mas con­se­cuen­cias, el as­ce­ta arri­ba a una es­ce­na ab­sur­da en el lí­mi­te de la re­duc­ción del uni­ver­so a un ob­je­to he­chi­zan­te. La úl­ti­ma víc­ti­ma de ese punto zahi­res­co tiene que ser la con­cien­cia de sí, el yo (más pre­ci­sa­men­te, la dis­tin­ción –el re­gis­tro de la di­fe­ren­cia– yo/otro). Re­cién en­ton­ces la pre­sen­cia o el re­cuer­do o el pen­sa­mien­to (en fin, la con­cien­cia) de un solo tér­mino del uni­ver­so es fatal para el es­pec­tro, es mente en blan­co irre­ver­si­ble, es au­to­va­cia­mien­to de la mente, que en­ton­ces deja de per­ci­bir­se a sí como una de las cosas que pue­den per­ci­bir­se o con­ce­bir­se y se con­su­ma ahí aque­lla anu­la­ción de todos en uno, con uno úl­ti­mo que los traga antes de tra­gar­se a sí mismo (en ese uno-to­do-nin­guno se con­su­ma, en de­fi­ni­ti­va, el pa­sa­je del revés al an­ver­so de la nada, al decir de Bras­ca).
Atri­buir­le, en algún grado po­si­ti­vo, un es­ta­do de con­cien­cia a eso tiene el mismo valor que atri­buír­se­lo a una pie­dra. Como le gusta a Do­li­na citar a Una­muno (Del sen­ti­mien­to trá­gi­co de la vida, I, “El hom­bre de carne y hueso”): “Más veces he visto ra­zo­nar a un gato que no reír o llo­rar. Acaso llore o ría por den­tro, pero por den­tro acaso tam­bién el can­gre­jo re­suel­va ecua­cio­nes de se­gun­do grado”.

5.

Pero la mente en blan­co tam­bién puede ser en­ten­di­da como un grado nulo de es­ta­do de con­cien­cia, donde co­exis­ten con­cep­tos mu­tua­men­te ex­clu­yen­tes, con­cep­tos que en vez de im­pli­car­se se re­pe­len uno al otro y a la vez con­vi­ven. Puede ser en­ten­di­da como la ex­pe­rien­cia de la inexis­ten­cia (o la ilu­sión de ha­ber­la al­can­za­do sin haber re­nun­cia­do a la exis­ten­cia ni a su ex­pe­rien­cia), tanto como la falta de toda ex­pe­rien­cia, in­clu­yen­do la de sí, con la que con­clu­ye (o la ilu­sión de tener la ex­pe­rien­cia de haber per­di­do toda ex­pe­rien­cia).
Una pa­ra­do­ja ge­nui­na es la for­mu­la­ción de una im­po­si­bi­li­dad, que acá es el re­sul­ta­do de un salto al lí­mi­te (un lle­var algo de ese modo hasta sus úl­ti­mas y con­tra­dic­to­rias con­se­cuen­cias), en este caso el lí­mi­te de una re­duc­ción del uni­ver­so o de un blan­quea­mien­to de la mente.

6.
      «6 de di­ciem­bre. Ma­tan­za de los cer­dos.
      Tres cosas:
      Verse a sí mismo como una cosa ajena, ol­vi­dar lo visto, con­ser­var la mi­ra­da.
      O sea, dos cosas solas, dado que la ter­ce­ra com­pren­de la se­gun­da.»

      Franz Kafka, Con­si­de­ra­cio­nes acer­ca del pe­ca­do, el dolor, la es­pe­ran­za y el ca­mino ver­da­de­ro, Edi­to­rial Alfa Ar­gen­ti­na, Bue­nos Aires, 1975; “Ter­cer cua­derno en oc­ta­vo”, pá­gi­na 65, en­tra­da del 6 de di­ciem­bre de 1917.


      «Y esta vez des­a­pa­re­ció muy len­ta­men­te, em­pe­zan­do por la punta de la cola y ter­mi­nan­do por la son­ri­sa, que per­sis­tió du­ran­te algún tiem­po des­pués que el resto de él se hubo ido.
      “¡Bueno!”, pensó Ali­cia. “¡He visto mu­chas veces gatos sin son­ri­sa, pero una son­ri­sa sin gato...! ¡Es la cosa más rara que vi en mi vida!”»

      Lewis Ca­rroll, Ali­cia en el país de las ma­ra­vi­llas, Ca­pí­tu­lo VI, “Cerdo y pi­mien­ta” (tra­duc­ción de Eduar­do Stil­man para Los li­bros de Ali­cia, Edi­cio­nes de la Flor, Bue­nos Aires, 1998, pá­gi­nas 70 y 71).

Como puede apre­ciar­se, la de Kafka no es una enu­me­ra­ción de metas in­co­ne­xas (como plan­tar un árbol, es­cri­bir un libro y tener un hijo, que pue­den ha­cer­se en cual­quier orden), sino una se­cuen­cia de ta­reas co­rre­la­ti­vas: pri­me­ro, verse a sí mismo como una cosa ajena; des­pués, ol­vi­dar lo visto; y en­ton­ces con­ser­var la mi­ra­da. Hecha la re­duc­ción, el desa­fío en­he­bra dos mi­sio­nes: verse a sí mismo como una cosa ajena y con­ser­var la mi­ra­da (con­se­cuen­cia ines­pe­ra­da de ol­vi­dar lo visto, medio ines­pe­ra­do de con­ser­var la mi­ra­da).
Así como la doble ne­ga­ción afir­ma, bo­rrar lo bo­rra­do es un modo de la lu­ci­dez: se con­ser­va la mi­ra­da ol­vi­dan­do lo visto (se­gun­do bo­rra­do) una vez que se ha cum­pli­do el verse a sí mismo como una cosa ajena (pri­mer bo­rra­do). O tal vez sólo quede la mi­ra­da, sin al­guien que la sos­ten­ga ni cosa pro­pia o ajena sobre la que se apoye, tan con­je­tu­ral como el gato con risa de Una­muno, tan abs­trac­ta como la son­ri­sa sin gato del sueño de Ali­cia, tan va­cia­da como el cu­chi­llo pre­cur­sor que “ima­gi­nó” Georg Ch­ris­toph Li­ch­ten­berg, sin hoja ni mango.


sábado, 12 de junio de 2010

Identidades dobles 001 (1.0.0)


Acabo de terminar la primera versión (imagino que tendrá más cambios) de la comparación entre el Zorro y Superman injertada con el asterisco que hay en la sección "Caso 5", subsección "2", al final del primer párrafo. Dice esto:

Como me co­men­tó Luz en un mail, tam­bién Su­per­man tiene tres iden­ti­da­des: una na­ti­va (la ex­tra­te­rres­tre de Kal-El), otra na­tu­ra­li­za­da (la or­di­na­ria de Clark Kent) y otra por op­ción (la ex­tra­or­di­na­ria de Su­per­man, que no es hom­bre y sólo entre hom­bres es súper). De las dos elec­ti­vas, hay una iden­ti­dad en la que di­si­mu­la los po­de­res con los que llega a la Tierra en un moi­sés in­ter­es­te­lar, y otra en la que los usa. Análo­ga­men­te, en Los Án­ge­les Diego de la Vega di­si­mu­la con el dis­fraz de cor­de­ro le­tra­do los po­de­res con los que vuel­ve de Es­pa­ña –ad­qui­ri­dos en tres años de formación y com­ple­men­ta­dos con los de la cuna–, y los usa con­ver­ti­do/dis­fra­za­do en el Zorro. Los des­en­mas­ca­ra­mien­tos de uno y otro tie­nen el mismo po­ten­cial de daño.
Sobre esas di­fe­ren­cias me­no­res, re­la­ti­vas a cómo y de dónde pro­vie­nen cada uno y sus po­de­res, se monta una di­fe­ren­cia mayor, re­la­ti­va a las con­se­cuen­cias y a la vi­si­bi­li­dad de cada fi­lia­ción u ori­gen. Su­per­man es un dis­fraz y un alter ego de Clark Kent, que es la im­pos­tu­ra te­rres­tre del ex­tra­te­rres­tre Kal-El, que es la iden­ti­dad ori­gi­na­ria cuyo des­cu­bri­mien­to aca­rrea el de su vul­ne­ra­bi­li­dad (“no ol­vi­de­mos que fi­nal­men­te todos sus pro­ble­mas gra­ves –y los peo­res ar­chi­ene­mi­gos– de­ri­van de esta ter­ce­ra iden­ti­dad”, es­cri­be Luz). Análo­ga­men­te, el Zorro es un dis­fraz y un alter ego del Diego de la Vega re­gre­sa­do, que es la im­pos­tu­ra ca­li­for­nia­na –co­bar­de y torpe– del Diego de la Vega que en Es­pa­ña le sumó a su va­len­tía ju­ve­nil, im­pul­si­va, la des­tre­za con la es­pa­da y la ma­du­rez de un es­tra­te­ga. Pero al hijo de uno de los ha­cen­da­dos más im­por­tan­tes de Ca­li­for­nia su ori­gen (so­cial, ya que no bio­ló­gi­co), que en vez de se­cre­to no deja de ser os­ten­si­ble, lo dota de una in­mu­ni­dad es­pe­cial, una res­pe­ta­bi­li­dad y una pro­tec­ción su­pe­rio­res: todo lo con­tra­rio de una vul­ne­ra­bi­li­dad.
Algún otro de su clase uti­li­za esas ven­ta­jas para con­so­li­dar­las con in­jus­ti­cias im­pu­nes, suel­to o alia­do a la au­to­ri­dad de turno. Diego de la Vega, en cam­bio, las uti­li­za para in­so­len­tar­se con la au­to­ri­dad in­jus­ta bien in­mu­ni­za­do; o sea, para ser abier­ta­men­te la ver­sión tes­ti­mo­nial de una moral jus­ti­cie­ra, de la que el Zorro es clan­des­ti­na­men­te la ver­sión eje­cu­ti­va.
La fuer­za in­su­fi­cien­te de la pri­me­ra ver­sión, que es po­lí­ti­ca, pro­vie­ne de una per­te­nen­cia de clase; la fuer­za exi­to­sa de la se­gun­da, que es gue­rre­ra, es mé­ri­to de un so­li­ta­rio, uno que está al mar­gen de la ley y de la co­mu­ni­dad que con ella se con­tro­la y re­gu­la: un fo­ra­ji­do con re­com­pen­sa de cap­tu­ra, del que no se dis­cu­te desde dónde actúa, sino sólo en con­tra o a favor de qué (de la ley y el orden, para quien los usa con la am­bi­ción de vol­ver­se más po­de­ro­so y más rico –Mo­nas­te­rio– o cons­pi­ran­do para uno así –los agen­tes del Águi­la–; o de una “ver­da­de­ra” jus­ti­cia, según aque­llos para quie­nes el Zorro les da lo que la au­to­ri­dad les niega, les quita o no evita ni re­vier­te que otros –un pa­trón abu­si­vo, un aven­tu­re­ro con co­di­cia, un sim­ple la­drón– les nie­guen o les qui­ten).
En la serie, el pro­ce­so de “des­fo­ra­ji­za­ción” del Zorro tiene su cli­max cuan­do, en vez de pe­lear con­tra los sol­da­dos del Rey, pelea junto con ellos con­tra un enemi­go ex­tran­je­ro y su tí­te­re local, ti­rá­ni­co e ines­cru­pu­lo­so, según son re­pre­sen­ta­dos los mo­vi­mien­tos in­de­pen­den­tis­tas (la ban­de­ra es­pa­ño­la llega a ser arria­da y re­em­pla­za­da por la del Águi­la; la ti­ra­nía de Mo­nas­te­rio fue siem­pre la de un súb­di­to de la co­ro­na, in­jus­to pero leal). En cam­bio, Su­per­man es de en­tra­da un jus­ti­cie­ro tam­bién para las au­to­ri­da­des, que sue­len verse su­pe­ra­das por los vi­lla­nos y opor­tu­na­men­te asis­ti­das por «el gran Boy Scout azul».

domingo, 30 de mayo de 2010

Cambios en 'Ridículo'

Hasta ayer se leía esto:


1.

La ceguera por inatención puede tener grados. Enca­be­zan la gra­da­ción los que contan­do pases no vieron pasar al gorila; con un simple ajuste zooló­gi­co se les puede apli­car otro famo­so repro­che por ina­ten­ción, en este caso alo­ja­do en una frase anó­ni­ma y popu­lar en vez de un experi­men­to acadé­mi­co: “Se te escapó la tor­tu­ga”. (La lenti­tud hiperbó­li­ca del blooper es la versión cinéti­ca y durati­va de la desa­ten­ción; tan impro­ba­ble es la fuga del lento como la imper­cep­ción del grotes­co.) En segundo lugar está, por ejemplo, la sospe­cha del baión, que repre­sen­ta el princi­pio del fin de un des­co­no­ci­mien­to: “Deben ser los gorilas, deben ser”, vislum­bran la voz cantante y su coro en el estri­bi­llo que cierra cada situa­ción. Pasan­do de la con­je­tu­ra a la afir­ma­ción llega­mos al tercer grado, con una nula desa­ten­ción; ahí están los 4 ó 5 que vieron al gorila atravesar la ronda y golpear­se el pecho a lo hombre mono.
Pero no es la ceguera por inaten­ción lo que me inte­re­sa acá, sino el tipo de perso­na­je elegido para mos­trar­la en su grado máximo. Con ustedes, entonces, lo ridícu­lo: la cosa más difícil de disimu­lar, la nega­ción misma del disimu­lo, la visi­bi­li­dad más chi­llona. (Para ma­gos, ilu­sio­nis­tas y neuró­lo­gos, su disimu­lo debe ser uno de los trucos más difí­ci­les.)

2.

Excepto cuando se es ridículo actuan­do de ridículo, en pocos casos el actuar de algo y el serlo se encuen­tran a mayor distan­cia que en este. Eso tal vez se deba al hecho de que lo que define a uno niega al otro: cómico o sólo patético, ser ridículo implica haber perdido el control de la propia imagen; actuar es estar ejer­cién­do­lo, incluso si se actúa de ridícu­lo (en cuyo caso se está ejer­cien­do el control de la propia imagen para fingir que no, como pide el papel). La dife­ren­cia se escu­cha en las risas: en un caso premian un logro humo­rís­ti­co y en el otro castigan –a veces con ver­güen­za ajena, a veces con mera saña– una gaffe social: un des­ca­la­bro sin sentido causa­do por un desu­bi­que inasi­mi­la­ble, volun­ta­rio o invo­lun­ta­rio.
Por supuesto, el disfra­za­do de gorila con gestua­li­dad grotes­ca com­po­ne un ridícu­lo, no lo comete (no, al menos, en prime­ra instan­cia; sería otro –uno de segunda ins­tan­cia– el ridículo que se come­tie­ra al com­po­ner­lo). La compo­si­ción elegida forma parte impor­tan­te del truco y le da fuerza a su argu­men­to: no habla igual de nues­tra aten­ción que le esca­mo­teen un tipo común y corrien­te, perfec­ta­men­te mimeti­za­ble, a que le esca­mo­tee­n un dis­fra­za­do gro­tes­co que actúa gro­tes­ca­men­te (“Es in­creí­ble que puedas pasar por alto algo tan obvio”, sinteti­za uno de los entre­vis­ta­dos que pade­ció la cegue­ra ad hoc). Lo ridí­cu­lo de la esce­na mag­ni­fi­ca el mérito y la sor­pre­sa de la omi­sión conse­gui­da. Lo simple del medio uti­li­za­do tam­bién: el pase de magia para esa ilu­sión cega­do­ra se re­du­ce a hacer­nos contar ano­di­nos pases de pe­lo­ta.
Valga el caso como ejemplo de una invi­si­bi­li­dad logra­da sin rehuir­le a la expo­si­ción. En defi­ni­ti­va, en ese logro se consu­ma una proeza senso­rial: se hace invi­si­ble el colmo de la visi­bi­li­dad (a la inversa, con el traje nuevo del empe­ra­dor pasamos de la ilusión de la invi­si­bi­li­dad de lo exis­ten­te a la de la visibi­li­dad de lo inexis­ten­te). Si le atribui­mos a él el mérito, ese gorila es el héroe de la invisi­bi­li­dad ad­qui­ri­da: alcanzó la misma meta que otros pero con mayor des­ven­ta­ja.
Actuado o cometido, no deja de haber algo ridículo que cruza de­sa­per­ci­bi­do una ronda de bas­quet­bo­lis­tas (y 27 minu­tos con 17 segundos del docu­men­tal, para ampliar con noso­tros ese número de dóciles concen­tra­dos en otra cosa, como le pasa al pre­fec­to G y su poli­cía pari­si­na con la carta roba­da sobreex­pues­ta). A la proeza sen­so­rial se suma una proeza dramá­ti­ca: al actuar de ridículo, el dis­fra­za­do finge ser uno impo­si­bi­li­ta­do de fingir, uno que cuando le toca serlo es por una caída en des­gra­cia, no por un papel en el reparto.

3.

Por supuesto, los que en ese experi­men­to no perci­bie­ron al perso­na­je ridículo (y quedan por eso en ridículo ante los televi­den­tes, que pronto se iden­ti­fi­ca­rán con ellos) tam­po­co perci­bie­ron la ridi­cu­lez en juego. Una con­di­ción infalta­ble de lo ridículo es que no pasa desa­per­ci­bi­do, como que con­sis­te en el espectá­cu­lo de una sobreex­po­si­ción. Puede igno­rarlo el que es ridículo, el que hace el ridículo, el que cae en el ridículo, el que se pone en ridículo, el que queda ridículo, pero no quienes lo ven quedar, ponerse, caer, hacer o ser. Porque si tam­po­co ellos lo perci­ben, enton­ces no hay ridículo: si no hay pú­bli­co que lo pre­sen­cie, no hay esce­na que lo exhi­ba. A su caso se aplica la equi­va­len­cia que Berkeley atri­bu­ía indis­cri­mi­na­da­men­te: para lo ridícu­lo, ser es ser per­ci­bi­do. Tal vez por eso es que tiene su propio sentido: lo ridícu­lo es perci­bi­do en otros (y evita­do para sí) por quienes, no pade­cien­do ceguera por ina­ten­ción, tampo­co han pade­ci­do la des­gra­cia social de haber perdido el senti­do del ridí­cu­lo.
Antes de situar en su clase este sentido para dife­ren­ciar­lo de otros, dife­ren­cie­mos lo ridículo de lo absurdo, que es su vecino más confun­di­ble. Lo absurdo daña nuestro sentido de lo coherente y lo previsible, o sea, del sentido a secas y del sentido común: eso no tiene sentido, eso no tiene ni pies ni cabeza; no es previ­si­ble por no ser com­pren­si­ble (en vez de por ser alea­to­rio, por ejem­plo). Lo ridículo, en cambio, daña nuestro sentido de lo ade­cua­do y sus pro­por­cio­nes, o sea, del buen sentido y del buen gusto: eso no combina en abso­lu­to, eso con­tras­ta dema­sia­do o “mal”, es una diso­nan­cia nueva a la que no se le admite que haga estilo. (“¿Se me admi­ti­rá más tarde?”, pregun­ta lo ridículo ante la Ley; “Tal vez, pero ahora no”, se le con­tes­ta inva­ria­ble­men­te en su umbral. Lo absurdo no tiene la espe­ran­za de esa acep­ta­ción o la recibe mucho más tarde que lo ridícu­lo, que suele cambiar con las modas y las cos­tum­bres.)

4.

Para registrar lo que registran, los cinco sentidos senso­ria­les si­guen impe­ra­ti­vos físi­cos, quími­cos, bioló­gi­cos, neu­ro­ló­gi­cos. El sexto sentido, la extra-sen­so­rial intui­ción, sigue impe­ra­ti­vos psico­ló­gi­cos, espiri­tua­les, astrales, mágicos o místi­cos, pero siem­pre apli­ca­dos a captar una natura­le­za que, compara­da con la volu­ble y acci­den­tal que captan los otros cinco, es esencial, tal vez de tan inma­te­rial. (Tam­bién eso –o su ecua­ción recí­pro­ca– puede hacér­se­le decir a la trilla­da cita de El Prin­ci­pi­to: “Lo esencial es invi­si­ble a los ojos”.)
Pese a esta división terri­to­rial de lo aprehen­si­ble, unos y otros im­pe­ra­ti­vos compar­ten el ser naturales, es decir, relativos a una natu­ra­le­za, la intui­ble y/o la per­cep­ti­ble (el sentido de la orien­ta­ción da la apa­rien­cia de tener un pie en cada lado o de discurrir por un entre; lo mismo su contraca­ra, el llama­do en que consiste lo instin­ti­vo y que hace de una ac­ción una res­pues­ta, una especie de aca­ta­mien­to natural).
Los impe­ra­ti­vos que siguen otros sentidos son cultu­ra­les: están dicta­dos por el juego de valo­res que pro­mue­ve o impo­ne una comu­ni­dad dada (de ahí que cambien con el tiempo y que difieran a lo largo y ancho del globo). Es el caso del senti­do del humor, el sentido del honor, el sentido del ridí­cu­lo, entre otros. Se los tiene o no se los tiene, se los pierde o se los conser­va, se los tiene de buena o de mala calidad, se los usa con mayor o menor pers­pi­ca­cia, etc. De estas varia­bles depen­de que se sufra o se evite una san­ción social.

5.

video

Jerry Seinfeld, Live on Broadway: I'm Telling You For The Last Time (1998). Incluido en el mo­nó­lo­go “Media Mezzo” de su libro SeinLan­guag.*

“According to most studies, people's number one fear is public speaking. Number two is death. Death is number two. Does that seem right? That means to the average person, if you have to go to a funeral, you're better off in the casket than doing the eulogy.”


De un estudio a otro, lo ridículo pasa de ser algo ina­ten­di­do a ser algo temi­do (o sea, sobrea­ten­di­do). En el famoso estudio de los profe­so­res David Si­mons y Chris­to­pher Cha­bris, el ridí­cu­lo pasaba desa­per­ci­bi­do para una mayo­ría; en este que comen­ta el come­dian­te Jerry Sein­feld, una varian­te del miedo al ridículo es la pri­me­ra pasión al acecho de una mayoría. Acaso por el nulo o supe­ra­do miedo a hablar en públi­co, Sein­feld mani­fies­ta su asom­bro (e impre­fe­ren­cia) por el segun­do puesto; en el remate reúne en una misma escena los dos roles más vota­dos, que pasan a ser dile­má­ti­cos. A fuerza de alto contras­te y combi­na­ción insó­li­ta, el dile­ma y su reso­lu­ción mayo­ri­ta­ria rompen la solem­ni­dad fúne­bre de la escena; con su golpe de humor, Seinfeld hace ver como ridí­cu­lo el ranking encabe­za­do por un miedo al ridícu­lo.
La sanción al ridículo equivale, en lo social, a una pena capital, o al menos eso teme­mos: el miedo al ridículo es el miedo a una muerte social, que viene con el agra­van­te de ser una muerte lúcida (a diferen­cia de la otra). Por una parte, el terror a esa caída súbita en una muerte conscien­te, como de persona empa­re­da­da viva, tal vez explique el ranking que Seinfeld traduce en la pre­fe­ren­cia por la ac­tua­ción de muerto. Por otra parte, esa actua­ción, a dife­ren­cia de la de orador, está libre del riesgo de la sobreac­tua­ción, que es congéni­ta al ridí­cu­lo.


Nota

La primera versión termina­da de este ensayo la leí en Medias y Som­bre­ros #5, “Ready culo”, el sábado 22 de mayo de 2010 alrededor de las 11 de la noche, con los epígrafes de la pro­yec­ción del video del gorila inad­ver­ti­do y la repro­duc­ción del baión “Deben ser los gori­las” , pero sin la lectura intro­duc­to­ria super­pues­ta (la grabé el mismo sába­do dos horas antes de leer, pero no llegué a mez­clar­la ni me decidí a entrar con el mi­cró­fo­no mien­tras sonaba la canción, desde el primer coro, como había calcu­la­do para terminar a la vez).
El final de ese “play­back gra­ba­do” se refiere a la más­ca­ra de gorila con que leí el ensayo. Encarnando el miedo a hablar del que estaba hablando y así enmascarado, creo que también encarné el ridículo, en lugar de sólo actuarlo; los nervios y la voz reseca y rígida se­gu­ra­men­te habrán des­ba­ra­ta­do el efecto de­so­lem­ni­zan­te de la máscara (con la que no había ensayado y en vivo me iba enterando cuánto limitaba la respiración y el ángulo de visión).
El epígra­fe audiovisual con Seinfeld tam­po­co quedó en vivo; el video que tenía era de baja cali­dad y estaba sub­ti­tu­la­do en portu­gués (aunque eso no me desa­gra­da­ba: hacía juego con otra ex­tran­je­ría cerca­na, la del do­bla­je en espa­ñol ibéri­co del docu­men­tal). Opté por leer la cita tradu­ci­da.
Para más previa de la lectura, en el co­men­ta­rio 1 me explayo sobre la for­ma­ción, crónica y agra­de­ci­mien­tos del ensayo.


Hoy le agregué una sección más y el epígrafe de "The finale" en la 4. Ahora se lee esto:




          Fragmento de “Vista”, episodio de la serie de la BBC Sentidos humanos.

          “Deben ser los gorilas” + Introducción leída. El ba­ión es de Aldo Ca­ma­ro­tta, Armando Libreto (pseu­dó­ni­mo de Delfor) y Néstor D'Alesandro. Or­ques­ta de Feliciano Bru­ne­lli; canta Roberto Mo­ra­les. Sello RCA; grabado en 1955.

1.

La ceguera por inatención puede tener grados. Enca­be­zan la gra­da­ción los que contan­do pases no vieron pasar al gorila; con un simple ajuste zooló­gi­co se les puede apli­car otro famo­so repro­che por ina­ten­ción, en este caso alo­ja­do en una frase anó­ni­ma y popu­lar en vez de un experi­men­to acadé­mi­co: “Se te escapó la tor­tu­ga”. (La lenti­tud hiperbó­li­ca del blooper es la versión cinéti­ca y durati­va de la desa­ten­ción; tan impro­ba­ble es la fuga del lento como la imper­cep­ción del grotes­co.) En segundo lugar está, por ejemplo, la sospe­cha del baión, que repre­sen­ta el princi­pio del fin de un des­co­no­ci­mien­to: “Deben ser los gorilas, deben ser”, vislum­bran la voz cantante y su coro en el estri­bi­llo que cierra cada situa­ción. Pasan­do de la con­je­tu­ra a la afir­ma­ción llega­mos al tercer grado, con una nula desa­ten­ción; ahí están los 4 ó 5 que vieron al gorila atravesar la ronda y golpear­se el pecho a lo hombre mono.
Pero no es la ceguera por inaten­ción lo que me inte­re­sa acá, sino el tipo de perso­na­je elegido para mos­trar­la en su grado máximo. Con ustedes, entonces, lo ridícu­lo: la cosa más difícil de disimu­lar, la nega­ción misma del disimu­lo, la visi­bi­li­dad más chi­llona. (Para ma­gos, ilu­sio­nis­tas y neuró­lo­gos, su disimu­lo debe ser uno de los trucos más difí­ci­les.)

2.

Excepto cuando se es ridículo actuan­do de ridículo, en pocos casos el actuar de algo y el serlo se encuen­tran a mayor distan­cia que en este. Eso tal vez se deba al hecho de que lo que define a uno niega al otro: cómico o sólo patético, ser ridículo implica haber perdido el control de la propia imagen; actuar es estar ejer­cién­do­lo, incluso si se actúa de ridícu­lo (en cuyo caso se está ejer­cien­do el control de la propia imagen para fingir que no, como pide el papel). La dife­ren­cia se escu­cha en las risas: en un caso premian un logro humo­rís­ti­co y en el otro castigan –a veces con ver­güen­za ajena, a veces con mera saña– una gaffe social (la avalancha que provoca “un gordo” que resbala y rueda por los tablones de la tri­bu­na, por ejemplo; y en general, un des­ca­la­bro sin sentido causa­do por un desu­bi­que inasi­mi­la­ble, volun­ta­rio o invo­lun­ta­rio).
Por supuesto, el disfra­za­do de gorila con gestua­li­dad grotes­ca com­po­ne un ridícu­lo, no lo comete (no, al menos, en prime­ra instan­cia; sería otro –uno de segunda ins­tan­cia– el ridículo que se come­tie­ra al com­po­ner­lo). La compo­si­ción elegida forma parte impor­tan­te del truco y le da fuerza a su argu­men­to: no habla igual de nues­tra aten­ción que le esca­mo­teen un tipo común y corrien­te, perfec­ta­men­te mimeti­za­ble, a que le esca­mo­tee­n un dis­fra­za­do gro­tes­co que actúa gro­tes­ca­men­te (“Es in­creí­ble que puedas pasar por alto algo tan obvio”, sinteti­za uno de los entre­vis­ta­dos que pade­ció la cegue­ra ad hoc). Lo ridí­cu­lo de la esce­na mag­ni­fi­ca el mérito y la sor­pre­sa de la omi­sión conse­gui­da. Lo simple del me­dio uti­li­za­do tam­bién: el pase de magia para esa ilu­sión cega­do­ra se re­du­ce a hacer­nos contar ano­di­nos pases de pe­lo­ta.
Valga el caso como ejemplo de una invi­si­bi­li­dad logra­da sin re­huir­le a la expo­si­ción. En defi­ni­ti­va, en ese logro se consu­ma una proeza senso­rial: se hace invi­si­ble el colmo de la visi­bi­li­dad (a la inversa, con el traje nuevo del empe­ra­dor pasamos de la ilusión de la invi­si­bi­li­dad de lo exis­ten­te a la de la visibi­li­dad de lo inexis­ten­te). Si le atribui­mos a él el mérito, ese gorila es el héroe de la invisi­bi­li­dad ad­qui­ri­da: alcanzó la misma meta que otros pero con mayor des­ven­ta­ja.
Actuado o cometido, no deja de haber algo ridículo que cruza de­sa­per­ci­bi­do una ronda de bas­quet­bo­lis­tas (y 27 minu­tos con 17 segundos del docu­men­tal, para ampliar con noso­tros ese número de dóciles concen­tra­dos en otra cosa, como le pasa al pre­fec­to G y su poli­cía pari­si­na con la carta roba­da sobreex­pues­ta). A la proeza sen­so­rial se suma una proeza dramá­ti­ca: al actuar de ridículo, el dis­fra­za­do finge ser uno impo­si­bi­li­ta­do de fingir, uno que cuando le toca serlo es por una caída en des­gra­cia, no por un papel en el reparto.

3.

Por supuesto, los que en ese experi­men­to no perci­bie­ron al perso­na­je ridículo (y quedan por eso en ridículo ante los televi­den­tes, que pronto se iden­ti­fi­ca­rán con ellos) tam­po­co perci­bie­ron la ridi­cu­lez en juego. Una con­di­ción infalta­ble de lo ridículo es que no pasa desa­per­ci­bi­do, como que con­sis­te en el espectá­cu­lo de una sobreex­po­si­ción. Puede igno­rarlo el que es ridículo, el que hace el ridículo, el que cae en el ridículo, el que se pone en ridículo, el que queda ridículo, pero no quienes lo ven quedar, ponerse, caer, hacer o ser. Porque si tam­po­co ellos lo perci­ben, enton­ces no hay ridículo: si no hay pú­bli­co que lo pre­sen­cie, no hay esce­na que lo exhi­ba. A su caso se aplica la equi­va­len­cia que Berkeley atri­bu­ía indis­cri­mi­na­da­men­te: para lo ridícu­lo, ser es ser per­ci­bi­do. Tal vez por eso es que tiene su propio sentido: lo ridícu­lo es perci­bi­do en otros (y evita­do para sí) por quienes, no pade­cien­do ceguera por ina­ten­ción, tampo­co han pade­ci­do la des­gra­cia social de haber perdido el senti­do del ridí­cu­lo.
Antes de situar en su clase este sentido para dife­ren­ciar­lo de otros, dife­ren­cie­mos lo ridículo de lo absurdo, que es su vecino más confun­di­ble.

4.

          En “The Finale”, último episodio de la serie Sein­feld (1998).

Una banqueta sin patas a la que le falta el asiento y un porta sachet de plástico (demasiado) blando son dos absurdos, si bien de distinto tipo: el primero semántico o conceptual, el se­gun­do pragmático. Lo absurdo nos deja sin comprender un cómo o un porqué. Lo absurdo daña nuestro sentido de lo cohe­ren­te y lo previsible, por un lado, y de lo utilizable y lo práctico, por el otro (o sea, del sentido a secas y del sentido común). Absurdo es aquello que tiene al menos un rasgo que ma­lo­gra su racionalidad (y, con ella, su previsibilidad, si es un evento, como la del juego sin reglas que perturba a Alicia en el campo de crocket de la reina) o que ma­lo­gra su fun­cio­na­li­dad.
Lo ridículo, en cambio, daña nuestro sen­ti­do de lo ade­cua­do y sus pro­por­cio­nes (o sea, del buen sentido y del buen gusto): eso no combina en abso­lu­to, eso con­tras­ta dema­sia­do o “mal”, es una diso­nan­cia nueva a la que no se le admite que haga estilo. “¿Se me admi­ti­rá más tarde?”, podemos imaginar que pregun­ta lo ridículo ante la Ley; “Tal vez, pero ahora no”, se le con­tes­ta en su umbral. Lo absurdo no tiene la espe­ran­za de esa acep­ta­ción o la recibe mucho más tarde que lo ridícu­lo, que suele cambiar con las mo­das, las cos­tum­bres y los valores (el costo político de ridiculizar a un gordo que no pagan los autores e intérpretes del baión a mediados del siglo XX ya lo pagan a finales Jerry Seinfeld y sus amigos, en el juicio del último episodio).

5.

Para registrar lo que registran, los cinco sentidos senso­ria­les si­guen impe­ra­ti­vos físi­cos, quími­cos, bioló­gi­cos, neu­ro­ló­gi­cos. El sexto sentido, la extra-sen­so­rial intui­ción, sigue impe­ra­ti­vos psico­ló­gi­cos, espiri­tua­les, astrales, mágicos o místi­cos, pero siem­pre apli­ca­dos a captar una natura­le­za que, compara­da con la volu­ble y acci­den­tal que captan los otros cinco, es esencial, tal vez de tan inma­te­rial. (Tam­bién eso –o su ecua­ción recí­pro­ca– puede hacér­se­le decir a la trilla­da cita de El Prin­ci­pi­to: “Lo esencial es invi­si­ble a los ojos”.)
Pese a esta división terri­to­rial de lo aprehen­si­ble, unos y otros im­pe­ra­ti­vos compar­ten el ser naturales, es decir, relativos a una natu­ra­le­za, la intui­ble y/o la per­cep­ti­ble (el sentido de la orien­ta­ción da la apa­rien­cia de tener un pie en cada lado o de discurrir por un entre; lo mismo su contraca­ra, el llama­do en que consiste lo instin­ti­vo y que hace de una ac­ción una res­pues­ta, una especie de aca­ta­mien­to natural).
Los impe­ra­ti­vos que siguen otros sentidos son cultu­ra­les: están dicta­dos por el juego de valo­res que pro­mue­ve o impo­ne una comu­ni­dad dada (de ahí que cambien con el tiempo y que difieran a lo largo y ancho del globo). Es el caso del senti­do del humor, el sentido del honor, el sentido del ridí­cu­lo, entre otros. Se los tiene o no se los tiene, se los pierde o se los conser­va, se los tiene de buena o de mala calidad, se los usa con mayor o menor pers­pi­ca­cia, etc. De estas varia­bles depen­de que se sufra o se evite una san­ción social.

6.

          Jerry Seinfeld, Live on Broadway: I'm Telling You For The Last Time (1998). Incluido en el mo­nó­lo­go “Media Mezzo” de su libro SeinLan­guag.*

          “According to most studies, people's number one fear is public speaking. Number two is death. Death is number two. Does that seem right? That means to the average person, if you have to go to a funeral, you're better off in the casket than doing the eulogy.”

De un estudio a otro, lo ridículo pasa de ser algo ina­ten­di­do a ser algo temi­do (o sea, sobrea­ten­di­do). En el famoso estudio de los profe­so­res David Si­mons y Chris­to­pher Cha­bris, el ridí­cu­lo pasaba desa­per­ci­bi­do para una mayo­ría; en este que comen­ta el come­dian­te Jerry Sein­feld, una varian­te del miedo al ridículo es la pri­me­ra pasión al acecho de una mayoría. Acaso por el nulo o supe­ra­do miedo a hablar en públi­co, Sein­feld mani­fies­ta su asom­bro (e impre­fe­ren­cia) por el segun­do puesto; en el remate reúne en una misma escena los dos roles más vota­dos, que pasan a ser dile­má­ti­cos. A fuerza de alto contras­te y combi­na­ción insó­li­ta, el dile­ma y su reso­lu­ción mayo­ri­ta­ria rompen la solem­ni­dad fúne­bre de la escena; con su golpe de humor, Seinfeld ridiculiza el ranking en­ca­be­za­do por un miedo al ridícu­lo.
La sanción al ridículo equivale, en lo social, a una pena capital, o al menos eso teme­mos: el miedo al ridículo es el miedo a una muerte social, que viene con el agra­van­te de ser una muerte lúcida (a diferen­cia de la otra). Por una parte, el terror a esa caída súbita en una muerte conscien­te, como de persona empa­re­da­da viva, tal vez explique el ranking que Seinfeld traduce en la pre­fe­ren­cia por la ac­tua­ción de muerto. Por otra parte, esa actua­ción, a dife­ren­cia de la de orador, está libre del riesgo de la sobreac­tua­ción, que es congéni­ta al ridí­cu­lo.


Nota
La primera versión termina­da de este ensayo la leí en Medias y Som­bre­ros #5, “Ready culo”, el sábado 22 de mayo de 2010 alrededor de las 11 de la noche, con los epígrafes de la pro­yec­ción del video del gorila inad­ver­ti­do y la repro­duc­ción del baión “Deben ser los gori­las”, pero sin la lectura intro­duc­to­ria super­pues­ta (la grabé el mismo sába­do dos horas antes de leer, pero no llegué a mez­clar­la ni me decidí a entrar con el mi­cró­fo­no mien­tras sonaba la canción, desde el primer coro, como había calcu­la­do para terminar a la vez).
El final de ese “play­back gra­ba­do” se refiere a la más­ca­ra de gorila con que leí el ensayo. Encarnando el miedo a hablar del que es­ta­ba hablando y así enmascarado, creo que también encarné el ri­dí­cu­lo, en lugar de sólo actuarlo; los nervios y la voz reseca y rí­gi­da se­gu­ra­men­te habrán des­ba­ra­ta­do el efecto de­so­lem­ni­zan­te de la máscara (con la que no había ensayado y en vivo me iba enterando cuánto limitaba la respiración y el ángulo de visión).
El epígra­fe audiovisual con Seinfeld tam­po­co quedó en vivo; el video que tenía era de baja cali­dad y estaba sub­ti­tu­la­do en portu­gués (aunque eso no me desa­gra­da­ba: hacía juego con otra ex­tran­je­ría cerca­na, la del do­bla­je en espa­ñol ibéri­co del docu­men­tal). Opté por leer la cita tradu­ci­da.
Para más previa de la lectura, en el co­men­ta­rio 1 me explayo sobre la for­ma­ción, crónica y agra­de­ci­mien­tos del ensayo.

viernes, 21 de mayo de 2010

Cambio en 'La vuelta de Rocha'


Eliminé el párrafo final que tenía el ensayo:
Como temer, desear es estar pen­dien­te de algo, lo que para una experien­cia es una inten­si­dad mayor que la media.

lunes, 17 de mayo de 2010

Agregado en 'Saber, deseo y tiempo'


A la última frase del ensayo le agregué un paréntesis:

Cuando la avi­dez de aven­tu­ra es progre­si­va­men­te des­pla­za­da por una impre­fe­ren­cia crónica por los cam­bios, la bajada del telón pasa de ser uno temido a ser el si­guien­te y último pre­vis­to (lo que sucede en alguna vejez, ya sea una prematura, puntual o tardía).