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martes, 1 de marzo de 2011

De ventajas y demoras vitales 001 (0.1.0)


Hice cambios entre menores y medios en la sección 1. Antes decía esto:

Describamos el episodio del que vamos a recortar un período casi completo.
En la cara interna de la puerta de ese lugar sagrado / donde acude tanta gente (de ambos géneros, pero en un 90% mujeres en este caso), alguien introduce una incitación con un aforismo. La extrae como lo que se sigue de un retrato o definición de la vida en relación con la muerte (y/o al revés): “La muerte está tan segura de vencer que nos da toda una vida de ventaja... ¡Vivila!”. A esta frase apunta una flecha, que nos dice que en su origen hay, si no una respuesta, un comentario referido a eso, un aporte (que en este caso no es polémico, tal vez a fuerza de ser poco atinente). Luego de unas consideraciones sobre el infinito terrícolamente incompletable, la escribiente cambia de tema: exclama su proclama anoréxica y se auto-arenga para declarar una militancia que en el esfuerzo por ser orgullosa al menos alcanza a ser no vergonzosa. La militancia de ese trastorno es amonestada desde una segunda flecha, donde se practica una mezcla de agravio y diagnóstico, del que se desafía a estar también orgullosa a la injuriada. Dos respuestas más provoca la reivindicación anoréxica, y por fuera, antes o después, Marta se contenta con dejar testimonio de su paso por ahí.
Bien, de todo esto aislemos el aforismo, sin la exhortación que lo remata. Comparémoslo con otras piezas del mismo género.


Ahora dice esto y así:

En la cara interna de la puerta de ese lugar sagrado / donde acude tanta gente (de ambos géneros, pero en un 90% mujeres en este caso), alguien introduce una incitación con un aforismo. La extrae como lo que se sigue de un retrato o definición de la vida en relación con la muerte (y/o al revés): “La muerte está tan segura de vencer que nos da toda una vida de ventaja... ¡¡Vivila!!”.
A esta frase apunta una flecha, que nos dice que en su origen hay, si no una respuesta, un comentario referido a eso, un aporte. A algo tan abarcador como la vida y la muerte se le contesta con algo aún más abarcador, como para no quedar cortos: la Tierra mortal, el infinito, lo incompletable. Una vez cumplido el esfuerzo filosófico de cortesía, la escribiente cambia de tema: exclama su proclama anoréxica y se auto-arenga para declarar su militancia, que en el esmero por ser orgullosa al menos alcanza a ser no vergonzosa. (Si estuviera orgullosa no habría hecho un cambio de tema: habría presentado lo suyo como un ejemplo de la vida vivida que se llama a tener, un testimonio de ese llamado atendido –es probable que hasta para ella eso fuera algo difícil de creer.)
La militancia de este trastorno es amonestada desde una segunda flecha, con un agravio y un desafío a expandir el orgullo. Dos respuestas más provoca la reivindicación anoréxica, y por fuera, antes o después, Marta se contenta con dejar testimonio de su paso por ahí.
Bien, de todo esto aislemos el aforismo, sin la exhortación que lo remata. Comparémoslo con otras piezas del mismo género.

lunes, 28 de febrero de 2011

Espejos predictivos 001 (1.0.0)


Le acabo de hacer agregados importantes al ensayo: la actual sección 1, con los epígrafes referidos a Dorian Gray. Hasta ahora el ensayo era esto:


Los Simpsons, “Última salida a Springfield” (T4 E17).


        «Se trata de un espejo que refleja no sólo la imagen actual de la persona sino también su probable apariencia en el futuro. Es un sofisticado sistema, desarrollado en Francia por Sophia Antipolis del Laboratorio Tecnológico de Accenture. Es una especie de televisor de pantalla plana, conectado a un equipo de cámaras, a un procesador de imágenes y a un software. El objetivo del sistema es el de mostrarle a la persona cómo va a ser su aspecto corporal en un lapso de cinco años. De este modo, aspira a reflejar los efectos a corto plazo de no llevar hábitos de vida saludables

        De la nota titulada “Crean un espejo que muestra el envejecimiento”, del diario Clarín del 6 de febrero de 2005.

1.

Llamar “espejo” a ese flamante artilugio pronosticador es dar por probada su eficacia, prueba que no se ofrece en el artículo (y que, de haber existido, habría sido la noticia, con la obligada ilustración de dos imágenes idénticas separadas por un lustro conservador). Veamos qué requisitos debería sortear esa prueba.

2.

Ya que ese “espejo” del futuro es la pantalla de una computadora, además de “reflejar” bien podría memorizar por fecha cada predicción sobre X, lo que incluye la batería de datos que se usó (estado de salud de ese momento, dieta, hábitos de vida, etc.), el análisis de esos datos y la imagen resultante con una proyección a 5 años. Y como quien puede lo más puede lo menos, la máquina guardaría también junto con esos mismos datos una imagen del actual X, para algo más que para ahorrarnos un espejo colgado.
Antes de hablar de para qué más, hagamos algunas cuentas simples. ¿Cuántas oportunidades tendremos de comparar la imagen actual con la del pronóstico de 5 años atrás a lo largo de una década? En una década hay 6 distancias de 5 años: por ejemplo, 80-85, 81-86, 82-87, 83-88, 84-89, 85-90. Si medimos las distancias por meses en lugar de años, pasan a ser 6×12= 72 en diez años (son listables: el 1º lustro, de enero del 80 a enero del 85; el 12º, de diciembre del 80 a diciembre del 85; el 13º, de enero del 81 a enero del 86; etc.). Y si las medimos por días, hay 6×365 = 2.190 distancias de un lustro (obviando, como hice, los tres 29 de febrero de esa década, la 1º distancia va del 1 de enero del 80 al 1 de enero del 85; la 365º, del 31 de diciembre del 80 al 31 de diciembre del 85; la 366º, del 1 de enero del 81 al 1 de enero del 86; etc.).
Supongamos, como es razonable, que la computadora haga un registro y una predicción por día. En tal caso, en una década dispondremos de 2.190 posibles pares de imágenes para comparar. De éstos, sólo serán comparables a los efectos de evaluar la puntería de las predicciones los pares cuyas imágenes sean los extremos de un lustro ininterrumpido con el mismo estilo de vida. Lo digo de nuevo: sólo si, pasados 5 años, la dieta y los hábitos de X no han cambiado, el registro que la computadora hace en ese momento es comparable con la predicción que hizo 5 años atrás.
Imaginemos que cuando eso ocurre la pantalla se divide en dos: a la izquierda, el registro que hace de punto de referencia; a la derecha, la predicción en su hora de la verdad. Si las imágenes difieren, la predicción erró, por mucho o por poco; si no, acertó (o sea, si no, no). En el primer caso, para mejorar la puntería habrá que revisar el universo de datos que se eligen y los análisis que se hacen de ellos. En el segundo, con una serie de aciertos previsibles (no fortuitos, no suertudos) las predicciones se hacen casi tan confiables como un espejo (rasgo tan o más conspicuo que el de reflejar).

3.

Este espejo de 5 años adelante viene a asociarse al de ahora. Si en vez de eso viniera a reemplazarlo, perdería su utilidad disuasoria en al menos una clase de comparaciones, a la que pertenece la que venimos imaginando. Imaginemos el caso.
X el agorafóbico hace 5 años que en su casa se quedó sin espejos genuinos, esos objetos de óptica que nos reflejan sin demora. El único que le queda es uno de aquellos metafóricos espejos de nuestro futuro, una ingeniería electrónica que recaba datos, los analiza y hace diagnósticos y proyecciones para pronosticarnos con un retrato hipotético cómo nos veremos si seguimos con ese estilo de vida. Hace 5 años que X, en definitiva, no sabe cómo es cada vez, sino sólo cómo va a ser en 5 años.
Si sus decisiones sobre seguir o no con ese estilo de vida dependieran exclusivamente de comparaciones de este tipo, X no podría tomar ninguna bien fundada: en esas condiciones no puede saber cuán diferente a ahora se ve el que será si sigue así. Pero nada impide que uno también pueda tomar esa decisión comparando la imagen pronosticada ahora, con un estilo de vida, con la pronosticada algún tiempo atrás, con otro estilo, para ver si el cambio produjo una predicción más halagadora o menos. X seguiría sin saber cómo es, pero conservaría la posibilidad de saber qué le conviene hacer.

4.

Un espejo común y corriente podría volverse “mágico” en la otra dirección del tiempo sólo con manipular la velocidad de la luz que le trae y le lleva información. Si pudiéramos lentificarla a gusto, podríamos hacer que al mirarnos en un espejo a 1 metro de distancia no estemos viendo el que somos (en rigor, el que éramos hace una ínfima fracción de segundo), sino el que éramos hace 5 años, por ejemplo. De nuevo, no sabríamos cómo somos en el presente; pero esta vez sólo tendríamos de nosotros imágenes antiguas (como las que ostensiblemente tenemos de estrellas y galaxias lejanas con la luz a 299.792.458 m/s).


Ahora es esto:

1.

        «“Sólo dispone de unos pocos años para vivir de verdad, perfectamente y con plenitud. (...) Cada mes que expira lo acerca un poco más a algo terrible. (...) Se volverá cetrino, se le hundirán las mejillas y sus ojos perderán el brillo. Sufrirá horriblemente...” Así describió Oscar Wilde en su única novela, “El Retrato de Dorian Gray”, el temor que incita la vejez en Lord Henry, uno de sus personajes. El libro cuenta la historia de Dorian Gray, que se libra de los estragos de la edad trasladándoselos a un retrato suyo, que envejece por él. Para el escritor irlandés hubiera sido difícil imaginar que 115 años después estaría listo un invento inspirado en esta idea

        De la nota “Crean un espejo que muestra el envejecimiento”, del diario Clarín del 6 de febrero de 2005.


        «Este novedoso producto mostrará, al igual que en la famosa novela de Oscar Wilde “El retrato de Dorian Gray”, cómo envejecerá el rostro de quien se mire en él.»

        De la nota “Crean un espejo que muestra cómo será un rostro al envejecer”, del diario Clarín del 4 de febrero de 2005.

Si un retrato normal pudiera ver, vería cómo el retratado se va diferenciando de él (creciendo, mutando, madurando, envejeciendo, y deseable o indeseablemente, más o menos notorio, más o menos rápido). Dorian Gray un día cambia roles con su retrato y pasa a verlo envejecer, mientras él se queda viviendo en la juventud de ese día.
Con el tiempo, en sus retratos vemos Dorian Gray cada vez más viejos, pero ninguno futuro: no son imágenes predictivas, como dice Clarín el 4 de febrero (seguramente para apurar otro de esos típicos cruces entre imaginaciones literarias visionarias y realizaciones científicas y tecnológicas muy ulteriores). En lugar de eso, esas imágenes pueden ser hipótesis contrafácticas y, en ese caso, el retrato muestra cómo sería su cara ahora, en el presente, si no se hubiera librado de la rueda de cambios. Otra posibilidad, si se quiere dramatizar y conjeturar aún más, es que la imagen pertenezca a un mundo paralelo de efectos sustraídos a este (como un depósito de excepciones) o a una mera bifurcación del jardín de senderos. Pero se trate de un presente paralelo, uno bifurcado o uno hipotético, lo cierto es que no es un futuro lo que ve Dorian Gray en su retrato. Para eso está el invento que el 6 de febrero todavía dicen que inspira.

2.

        «Se trata de un espejo que refleja no sólo la imagen actual de la persona sino también su probable apariencia en el futuro. Es un sofisticado sistema, desarrollado en Francia por Sophia Antipolis del Laboratorio Tecnológico de Accenture. Es una especie de televisor de pantalla plana, conectado a un equipo de cámaras, a un procesador de imágenes y a un software. El objetivo del sistema es el de mostrarle a la persona cómo va a ser su aspecto corporal en un lapso de cinco años. De este modo, aspira a reflejar los efectos a corto plazo de no llevar hábitos de vida saludables. Es un espejo digital destinado a evitar en lo posible los “horribles sufrimientos” de la vejez a los que se refería Wilde.»

        Continuación de la nota “Crean un espejo que muestra el envejecimiento”, del diario Clarín del 6 de febrero de 2005.


Los Simpsons, “Última salida a Springfield” (T4 E17).


Llamar “espejo” a ese flamante artilugio pronosticador es dar por probada su eficacia, prueba que no se ofrece en el artículo (y que, de haber existido, habría sido la noticia, con la obligada ilustración de dos imágenes idénticas separadas por un lustro conservador). Veamos qué requisitos debería sortear esa prueba.

2.1.

Ya que ese “espejo” del futuro es la pantalla de una computadora, además de “reflejar” bien podría memorizar por fecha cada predicción sobre X, lo que incluye la batería de datos que se usó (estado de salud de ese momento, dieta, hábitos de vida, etc.), el análisis de esos datos y la imagen resultante con una proyección a 5 años. Y como quien puede lo más puede lo menos, la máquina guardaría también junto con esos mismos datos una imagen del actual X, para algo más que para ahorrarnos un espejo colgado.
Antes de hablar de para qué más, hagamos algunas cuentas simples. ¿Cuántas oportunidades tendremos de comparar la imagen actual con la del pronóstico de 5 años atrás a lo largo de una década? En una década hay 6 distancias de 5 años: por ejemplo, 80-85, 81-86, 82-87, 83-88, 84-89, 85-90. Si medimos las distancias por meses en lugar de años, pasan a ser 6×12= 72 en diez años (son listables: el 1º lustro, de enero del 80 a enero del 85; el 12º, de diciembre del 80 a diciembre del 85; el 13º, de enero del 81 a enero del 86; etc.). Y si las medimos por días, hay 6×365 = 2.190 distancias de un lustro (obviando, como hice, los tres 29 de febrero de esa década, la 1º distancia va del 1 de enero del 80 al 1 de enero del 85; la 365º, del 31 de diciembre del 80 al 31 de diciembre del 85; la 366º, del 1 de enero del 81 al 1 de enero del 86; etc.).
Supongamos, como es razonable, que la computadora haga un registro y una predicción por día. En tal caso, en una década dispondremos de 2.190 posibles pares de imágenes para comparar. De éstos, sólo serán comparables a los efectos de evaluar la puntería de las predicciones los pares cuyas imágenes sean los extremos de un lustro ininterrumpido con el mismo estilo de vida. Lo digo de nuevo: sólo si, pasados 5 años, la dieta y los hábitos de X no han cambiado, el registro que la computadora hace en ese momento es comparable con la predicción que hizo 5 años atrás.
Imaginemos que cuando eso ocurre la pantalla se divide en dos: a la izquierda, el registro que hace de punto de referencia; a la derecha, la predicción en su hora de la verdad. Si las imágenes difieren, la predicción erró, por mucho o por poco; si no, acertó (o sea, si no, no). En el primer caso, para mejorar la puntería habrá que revisar el universo de datos que se eligen y los análisis que se hacen de ellos. En el segundo, con una serie de aciertos previsibles (no fortuitos, no suertudos) las predicciones se hacen casi tan confiables como un espejo (rasgo tan o más conspicuo que el de reflejar).

2.2.

Este espejo de 5 años adelante viene a asociarse al de ahora. Si en vez de eso viniera a reemplazarlo, perdería su utilidad disuasoria en al menos una clase de comparaciones, a la que pertenece la que venimos imaginando. Imaginemos el caso.
X el agorafóbico hace 5 años que en su casa se quedó sin espejos genuinos, esos objetos de óptica que nos reflejan sin demora. El único que le queda es uno de aquellos metafóricos espejos de nuestro futuro, una ingeniería electrónica que recaba datos, los analiza y hace diagnósticos y proyecciones para pronosticarnos con un retrato hipotético cómo nos veremos si seguimos con ese estilo de vida. Hace 5 años que X, en definitiva, no sabe cómo es cada vez, sino sólo cómo va a ser en 5 años.
Si sus decisiones sobre seguir o no con ese estilo de vida dependieran exclusivamente de comparaciones de este tipo, X no podría tomar ninguna bien fundada: en esas condiciones no puede saber cuán diferente a ahora se ve el que será si sigue así. Pero nada impide que uno también pueda tomar esa decisión comparando la imagen pronosticada ahora, con un estilo de vida, con la pronosticada algún tiempo atrás, con otro estilo, para ver si el cambio produjo una predicción más halagadora o menos. X seguiría sin saber cómo es, pero conservaría la posibilidad de saber qué le conviene hacer.

3.

Un espejo común y corriente podría volverse “mágico” en la otra dirección del tiempo sólo con manipular la velocidad de la luz que le trae y le lleva información. Si pudiéramos lentificarla a gusto, podríamos hacer que al mirarnos en un espejo a 1 metro de distancia no estemos viendo el que somos (en rigor, el que éramos hace una ínfima fracción de segundo), sino el que éramos hace 5 años, por ejemplo. De nuevo, no sabríamos cómo somos en el presente; pero esta vez sólo tendríamos de nosotros imágenes antiguas (como las que ostensiblemente tenemos de estrellas y galaxias lejanas con la luz a 299.792.458 m/s).


sábado, 15 de enero de 2011

Lo irrevocable indeseable 01 (0.1.0)


Dividí en dos párrafos la sección 1 y acabo de abreviar y cambiar la sección 2 del ensayo. Hasta recién decía esto:
La po­tes­tad de evi­tar pasa de desea­ble a in­de­sea­ble –de ten­ta­ción a ame­na­za– con el an­he­lo, por ejem­plo, que es un deseo de al­can­zar algo (lo opues­to de elu­dir­lo). Se su­po­ne que nadie desea im­pe­dir lo que an­he­la.
La po­tes­tad de re­vo­car pasa de desea­ble a in­de­sea­ble con, por ejem­plo, la nos­tal­gia, que está hecha del deseo de mí­ni­ma de con­ser­var vivo lo vi­vi­do o de re­cor­dar­lo con ni­ti­dez, y del deseo de má­xi­ma –exor­bi­tan­te– de vol­ver a (o de re­ver­tir todo hasta) esa edad do­ra­da y ese pa­raí­so. De mí­ni­ma o de má­xi­ma, ambos de­seos están en las an­tí­po­das del de bo­rrar todo eso o cam­biar lo que fue. Se su­po­ne que nadie desea re­vo­car lo que añora.

Ahora dice esto:
La potestad de evitar pasa de deseable a indeseable –de tentación a amenaza– con el anhelo, por ejemplo, que es un deseo de alcanzar algo (lo opuesto de eludirlo). Se supone que nadie desea impedir lo que anhela.
La potestad de revocar pasa de deseable a indeseable con, por ejemplo, la nostalgia, que es un deseo de restaurar algo (lo opuesto de borrarlo). Se supone que nadie desea revocar lo que añora.


jueves, 9 de diciembre de 2010

Dos visiones 001 (0.1.0)


Hice cambios medios en las secciones 2, 2.1 y 2.2. Hasta ahora, decían esto:

2. Ser para ver

          «Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.»

          Julio Cortázar, “Axolotl”.


          «...quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.»

          Jorge Luis Borges, en el final de “La muralla y los libros”

El lugar es un aula grande, más profunda que ancha pero mucho de ambas. Una o dos filas delante, oblicua al estudiante X, una chica con minifalda se sienta y apoya los pies en el respaldo del asiento de enfrente. Un reflejo pajero le hace darse cuenta a X de que hay una perspectiva no baldosera desde donde se ve el interior de la minifalda (y con tiempos de contemplación, no con la fugacidad del pase de Sharon Stone). Un segundo reflejo le hace imaginarse esa perspectiva y su visión. Como buen “hecho estético”, la minifalda es “la inminencia de una revelación, que no se produce” hasta que se produce, siquiera bajo los efectos de una imaginación poderosa. Tal vez porque lo revelado es una entrepierna y no una cola, X se desliza del pajerismo al divague y pasa de imaginar esa vista a imaginar ser el que la tiene y donde pueda tenerla. Pronto X se cuelga con uno de esos Qué pasaría si... que a veces –no esta– continúa con la extracción de una consecuencia tan o más rigurosa que elegante (lo cual no define un valor, ni en detrimento ni a favor de su inversa; pero sí una dirección en que escalará el valor de ese producido).
En este cuelgue la idea era que si X imaginara con suficiente intensidad que está suspendido en el aire mirando esas piernas hasta el final, lograría (quedar cautivo en la ilusión de) tener esa visión, ubicarse detrás de esa mirada, ver lo que ve ése de frente que se imagina ser. De esta mudanza, que vuelve itinerante la perspectiva de X, pueden decirse algunas cosas. Me voy a limitar a dos: una referida al ver de X, gracias a la cual puede mantener un pie en la ilusión, y la otra referida a su (no) ser visto, gracias a la cual no llega a sacar el otro pie de la realidad.

2.1

Nada impide que se crucen las dos visiones que produce ese desdoblamiento, una por cada posición. X verá el interior íntimo, pero alrededor, de fondo, dos filas más atrás en diagonal, podrá ver también la figura del que está imaginando que ve desde ahí afuera. ¿Se reconoce X cuando se ve o está practicando aquello de “verse a sí mismo como una cosa ajena” o por practicar el paso siguiente, el de “olvidar lo visto”, precisamente para “conservar la mirada”?
Tal vez el hecho de que X pueda verse dentro del cuadro, si aceptamos que puede, sirva de prueba o de indicio de que no se reconoció o de que lo olvidó enseguida: de haberse reconocido lo suficiente, podría haber recordado lo suficiente como para desbaratar la ilusión, podría haber tenido demasiado presente el hecho de que él en realidad era ése, no éste. Si se vio y no se desvaneció, quiere decir que no se reconoció, sería el argumento. El traslado de X a su nueva posición parece posible (o sólo más fácil) cuando su carga consciente es nula, cuando parte de sí sin llevarse; el reconocimiento, en todo caso, no favorece la metamorfosis.

2.2

Otra cuestión es si ése de dos filas atrás de la chica o la chica misma o cualquiera del aula pueden verlo tanto como X' puede verlos a todos (a condición de no verse en ninguno). También acá la respuesta más razonable parece la negativa. Es una conversión selectiva la que hace X: se convierte en uno que puede ver pero no en uno que también puede ser visto (para eso, se habría levantado con toda su humanidad y habría ido hasta donde mejor pudiera verla, lo que seguramente lo habría llevado a no durar ni un round de sociabilidad).
Esa selectividad vouyerista es, a pesar de su estilo onírico, un anclaje del lado de afuera de la ilusión, un pie en la realidad. Dicho de otra manera: para que X no se pudiera creer del todo ser otro o estar en otro lugar, ahí estaban las inverosimilitudes (“tenues... intersticios de sinrazón”) de ver sin ser visto, primero; de no llamar la atención suspendido en el aire, en caso de sí ser visto, segundo; y de estar suspendido en el aire, tercero.


Ahora dice esto:

2. Ser para ver

          «Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.»

          Julio Cortázar, “Axolotl”.


          «...quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.»

          Jorge Luis Borges, en el final de “La muralla y los libros”

El lugar es un aula grande, más profunda que ancha pero mucho de ambas. Una o dos filas delante, oblicua al estudiante X, una chica con minifalda se sienta y apoya los pies en el respaldo del asiento de enfrente. Un reflejo pajero le hace darse cuenta a X de que hay una perspectiva no baldosera desde donde se ve el interior de la minifalda (y con tiempos de contemplación, no con la fugacidad del pase de Sharon Stone). Un segundo reflejo le hace imaginarse esa perspectiva y su visión. Como buen “hecho estético”, la minifalda es “la inminencia de una revelación, que no se produce” hasta que se produce, siquiera bajo los efectos de una imaginación poderosa. (De qué tan poderosa sea depende la conciencia que conservemos del truco.)
Pronto X se cuelga con uno de esos Qué pasaría si... que a veces –no esta– continúa con la extracción de una consecuencia tan o más rigurosa que elegante (lo cual no define un valor, ni en detrimento ni a favor de su inversa; pero sí una dirección en que escalará el valor de ese producido). Tal vez porque lo revelado es una entrepierna y no una cola, X se desliza del pajerismo al divague y pasa de imaginar esa vista a imaginar ser el que la tiene.
Si esa imaginación es absolutamente poderosa, X cabalmente ve lo que ve (o vería, si existiera) ése en el que se convirtió, cosa que olvidó al instante (sin el gradualismo del axolotl). (La mudanza vuelve itinerante la perspectiva de X, no múltiple.) Menos que absoluta (antes del límite de una gradación infinita de poder o libertad), la imaginación no incluye el olvido total ni, por lo tanto, una conversión cabal, sino sus ilusiones sucedáneas. Dicho de otra manera: si X imaginara con suficiente intensidad estar suspendido en el aire mirando esas piernas hasta el final, lograría (quedar cautivo en la ilusión de) tener esa visión, ubicarse detrás de esa mirada, ver lo que ve ése de frente que se imagina ser.
Como ahora la ilusión no es perfecta, convive con rastros de lucidez y memoria. Me voy a referir a dos: uno, el selectivo no ver de X, gracias al cual puede mantener un pie en la ilusión; otro, su indiscriminado no ser visto, gracias al cual no llega a sacar el otro pie de la realidad.

2.1

Nada impide que se crucen las dos visiones que produce ese desdoblamiento, una por cada posición. X verá el interior íntimo, pero alrededor, de fondo, dos filas más atrás en diagonal, podrá ver también la figura del que está imaginando que ve desde ahí afuera. ¿Se reconoce X cuando se ve o está practicando aquello de “verse a sí mismo como una cosa ajena” o por practicar el paso siguiente, el de “olvidar lo visto”, precisamente para “conservar la mirada”?
Tal vez el hecho de que X pueda verse dentro del cuadro, si aceptamos que puede, sirva de prueba o de indicio de que no se reconoció o de que lo olvidó enseguida: de haberse reconocido lo suficiente, podría haber recordado lo suficiente como para desbaratar la ilusión, podría haber tenido demasiado presente el hecho de que él en realidad era ése, no éste. Si se vio y no se desvaneció, quiere decir que no se reconoció, sería el argumento. El traslado de X a su nueva posición parece posible (o sólo más fácil) cuando su carga consciente es nula, cuando parte de sí sin llevarse. El reconocimiento de sí, en todo caso, no favorece la metamorfosis.

2.2

Tampoco el de los otros. La ilusión se cobra un precio más alto que el de ese no verse, que no pasa de ser la omisión de uno: el precio de no ser visto por nadie, que es la omisión de todos (empezando por la chica misma e incluyendo a ése de dos filas atrás de ella). La ilusión se mantiene más fácilmente si ninguno de esa aula puede verlo, mientras él, X', puede ver a todos (a condición de no verse en ninguno). Es una conversión selectiva la que hace X: se convierte en uno que puede ver pero no en uno que también puede ser visto (para eso, se habría levantado con toda su humanidad y habría ido hasta donde mejor pudiera ver ese interior, lo que seguramente lo habría llevado a no durar ni un round de sociabilidad).
Esa selectividad vouyerista es, a pesar de su estilo onírico, un anclaje del lado de afuera de la ilusión, un pie en la realidad. Dicho de otra manera: para que X no se pudiera creer del todo ser otro o estar en otro lugar, ahí estaban las inverosimilitudes (“tenues... intersticios de sinrazón”) de ver sin ser visto, primero; de no llamar la atención suspendido en el aire, en caso de sí ser visto, segundo; y de estar suspendido en el aire, aun si no llama la atención, tercero. Cualquiera de estas constataciones le revelarían a X’, con o sin alivio o humillación, lo mismo que al mago de “Las ruinas circulares” le reveló la experiencia de que las llamas no lo quemaran.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Writing by numbers 001 (1.0.0)


Antes de poner la imagen con las 4 zonas activas, donde están los números que le dan sentido al título del ensayo (que ahora se despliega a lo largo de sendos tooltips), el ensayo, en su primer versión de hace unas horas, seguía el clásico esquema de un epígrafe visual y un texto. Pero en este caso se trata de un comentario sobre la imagen, por lo que ésta ya no cumplía una función de epígrafe, sino de objeto de observación. Así lo publiqué originariamente (versión 0.000, y con el título de la película de Peter Greenaway que está en la URL), para encargarme después de ver qué método me convenía usar para hacer emerger texto de referencias colocadas en la foto:




En la imagen hay, en principio, dos sectores divididos por la diagonal SO-NE, los de dos lugares de tránsito públicos situados en niveles diferentes: la calle y la vereda. Pero sucede que cada uno de esos lugares presenta una subdivisión de proporciones similares: la vereda, entre un cordón (así de delgado) y un amplio resto embaldosado; la calle, entre una acequia de adoquinado sin asfaltar (vecina al cordón) y un amplio resto asfaltado. Situando las respectivas subzonas menores en la diagonal de la imagen, el resto queda repartido a cada lado para las subzonas mayores. La desproporción ya es amplia aun cuando no es total (no vemos el ancho completo de la vereda ni el de la calle).
Sobre la simetría de este diseño Mucho de Calle, Poco de Calle, Poco de Vereda, Mucho de Vereda, se monta el contraste de sus pieles (o viceversa). Por un lado, el Mucho de Calle es un manto oscuro y rugoso de alquitrán, de borde irregular, sin ningún diseño ni mayor trabajo que una nivelación; y su simétrico y colega, el Mucho de Vereda, es un diseño regular de baldosas claras y lisas, que se recortan prolijamente en el borde de la acera que limita con el cordón. Por otro lado, el Poco de Calle es una delgada franja de empedrado que se dejó sin asfaltar, que limita en ángulo recto (en la medida en que la irregularidad de la trama de adoquines lo permite) con la base del Poco de Vereda, un cordón (así de regular) pintado de amarillo, nivelado y comparativamente monolítico.
Normalmente el límite preciso, el rincón donde se unen, está sumergido: a lo largo de ese ángulo recto circula el agua de la acequia que conforman las partes colindantes de la calle y la vereda. La perspectiva favorece la percepción de esa distribución sonetística ABBA al ocultarnos el agua en el desnivel que separa calle de vereda. El agua rompe la simetría o hace de bisagra suya; si es una nueva divisoria, esta vez es una indivisible (salvo que la hagamos navegable): Mucho de Calle – Poco de Calle – Agüita – Poco de Vereda – Mucho de Vereda.