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jueves, 21 de octubre de 2021

El perro adelante para que no se espante 002 (1.0.0)


Agregué un cuarto caso a la serie del ensayo, pendiente desde que en mayo Guillermo me pasó la foto que hace de epígrafe de la sección 3. Benjamín y yo, que agregué en la madrugada del miércoles 20-10-21 y retoqué a la tarde:


3. Benjamín y yo

Foto con Benjamín, balcón de Jonte y Mercedes

No sé si Benjamín me veía como un igual, como divagué que Selene veía a Alejandra. Pero por los recuerdos que tengo de cuando jugábamos, creo que yo sí lo veía como un igual: él me mordía, yo lo mordía (¿o era al revés?). Y tengo dos recuerdos más para aportar a esa paridad, ambos empáticos.
El primero. Me solidarizaba con él, como si me pasara a mí, cuando lo encerraban en la cocina porque venía Roxana (6 ó 7 años), que le tenía miedo a los perros; Benjamín ladraba o gemía detrás de la puerta y yo pedía por su libertad.
El segundo. También me solidarizaba con él cuando uno de mis hermanos (7 u 8 años) se lo llevaba al baño porque tenía miedo de estar "encerrado" solo (como Benjamín encerrado en la cocina). Recuerdo que me lo imaginaba soportando los olores del trámite, que es lo que me pasaría en su lugar, y sentía eso como un suplicio que se agregaba al encierro. Es cierto que al menos en esos casos Benjamín era obligado a un acompañamiento por alguien de la familia, no a un aislamiento solitario a causa de alguien de afuera. Pero a mis 4 ó 5 años, me apenaba verlo obligado a cualquier encierro, tuviera la duración de una visita o la de un hacer caca.


La ex sección 3, ahora 4. Gretel y yo, se ganó un epígrafe visual, que hasta hace unas horas era una foto que se veía si se linkeaba desde la palabra Gretel del primer párrafo.
Hasta ayer se veía así el ensayo (salvo por el cambio de “su alunada dueña” por “su alunada Alejandra, la humana de compañía”):



1. Panda y yo



El del dibujo es Panda, un perro que se me aquerenció en un camping de Colonia Suiza, Bariloche (y si lo dibujé y 6 meses después, en el viaje de egresados, fui a visitarlo, sin suerte, será que hubo alguna reciprocidad).
En el dibujo lo dejé sin contexto, pero es probable que estuviera en la entrada de mi carpa, a la sombra, como solía estar cuando yo no estaba o estaba adentro (o sea, esperándome y haciendo guardia; me contaron que les ladraba a quienes se acercaban). O por lo menos así es como está en la foto que un día le saqué volviendo al camping (que no te engañe su actitud relajada; también ahí está haciendo guardia):


Panda, que era tuerto, tenía fama de perro loco, imprevisible. Antes que esa fama me llegó la recomendación de evitar el costado ciego, cuidado que no dejé de tener ni siquiera en lo más relajado de mi confianza en Panda (ni lo habría hecho con ánimo de ponerla a prueba ni sucedió que por descuido lo hiciera).
En la misma confidencia me contaron la historia de su ojo muerto. Lo vieron perseguir una oveja y le dispararon para evitarlo. Una bala le dio en el ojo antes que Panda le hincara el diente a la oveja y probara su sangre y su carne. Si hubiese sido después, me dijeron, habrían tenido que sacrificarlo, porque habría quedado cebado y volvería a atacar. (A Panda le tocó ser el caso hiperbólico que ilustra una demasía en una frase que normalmente tiene sólo un sentido figurado: quedar vivo le costó un ojo de la cara, en un sentido tan literal que no hace falta el figurado, al que solapa.)
La puntería que termina teniendo el disparo y su sentido de la oportunidad milimétrico relativizan la suerte de Panda. La expectativa frustrada que se elija dará una u otra perspectiva: desde la optimista, quedó tuerto pero no murió (con más vehemencia y tal vez gratitud, sentirá que la bala que lo dejó tuerto lo salvó); desde la pesimista, no murió pero quedó tuerto.

2. Selene y yo

Me cuenta una amiga que su perra, Selene, la viene a buscar para que le juegue o le haga mimos cuando no la ve haciendo nada. Entre esa nada por donde colar sus demandas, Selene incluye el que Alejandra esté sentada leyendo. Una ceguera conceptual similar tuve a mis once años. Perros o humanos, no registramos lo que no conceptualizamos.

Si no es un chiste (o un modo gracioso de contener la ira en un pedido serio, un reclamo), nadie deja carteles para que los lean los perros, sencillamente porque no hay perros lectores.
Vista la escena en cuestión desde la perspectiva de Selene, lo suyo puede tener su nobleza. Para Selene puede ser terrible ver que una igual –supongamos que así la siente a Alejandra– se sienta a ver un coso de papel (lo probó de cachorra) parecido a una roca, pero una roca cuadrangular hecha de capas por donde dividirse en dos partes, mayoritariamente desiguales, hasta un último punto de contacto preservado (que de lomo no tiene nada para un perro). Sólo un humano diría que un perro mirando ese coso de papel está haciendo otra cosa, como ser “leyendo”; para otro perro va a estar desvariando, o sea, perdiendo la cordura además del tiempo. Selene viene al rescate de su alunada dueña.

3. Gretel y yo

En la época en que Gretel llegó a la casa familiar, con mis padres y mis hermanos, yo ya vivía solo; iba los domingos para el almuerzo y me volvía al caer la tarde. A Gretel la llevaron a mitad de semana. Al domingo siguiente toco timbre y escucho detrás de la puerta gemidos afectuosos y rasguños a la madera. Cuando me abren, Gretel salta y me juega y me da la pata, como si ese no fuera nuestro primer encuentro, como si nos conociéramos de antes. Tal vez en ese momento pude aceptarlo con naturalidad porque podía suponer que así recibía a todos. Pero no después de que la mía madre se extrañara: “Qué raro. Es muy guardiana y a los nuevos siempre les ladra detrás de la puerta.”
Gretel me hizo saber que la familia también es un olor.
(Nada peor que otro chiste malo para terminar: lo suyo fue amor a primera olida.)


domingo, 10 de octubre de 2021

Modos de leer (ex Oficios y perfiles de lector) 002 (0.2.0)



Ayer 9/10/21, a la madrugada, le agregué una PD fechada al ensayo “Modos de leer”, que está en Extras, y subí el audio de la clase que grabé para escribir después la versión que iba a llevar al congreso de teoría y análisis literario. Ayer lo dejé así:



PD del 9 de octubre de 2021:

   Para escribir una primera versión de este ensayo, que debía leer el 11/5/2006 en un congreso en La Plata, el 29/3/2006 grabé el primer práctico del año (“la clase del no”, me enteré después que la llamaron en un grupo).
   Encima que es un monólogo, es uno más viscoso de lo que me gustaría; fluye entre grandes burbujas de silencio, que lo demoran. No es, pero tiene la velocidad y el ritmo de un dictado.
   Aprovecho para homenajear a René Lavand con un monólogo que no se puede hacer más lento, pero de un modo intermitente en vez de pesadamente continuo. Se mueve como en una onda roja: arranca y frena, espera, arranca y frena, espera...
   Con esa performance, casi todo el peso de sostener el interés recae en los argumentos y su progresión.





Hoy el texto lo seguí recortando o retocando. En cuanto al ensayo, originariamente se tituló "Sobre modos de leer", después lo llamé "Oficios y perfiles de lector” (con ese título lo subí a Zambullidas) y después le puse el que tiene hoy, que es una versión simplificada del original. No registré acá los cambios que le fui haciendo, excepto uno. Como sea, ahora el texto de la PD se ve así:



PD del 9 de octubre de 2021:

   En el proceso de escribir una primera versión de este ensayo, que debía leer el 11/5/2006 en un congreso en La Plata, el 29/3/2006 grabé el primer práctico del año (“la clase del no”, me enteré después que la llamaron en un grupo).
   Encima que es un monólogo, es uno más viscoso de lo que me gustaría. Aprovecho para homenajear a René Lavand con un monólogo que no se puede hacer más lento, pero de un modo intermitente en vez de pesadamente continuo. Se mueve como en una onda roja: arranca y frena, espera, arranca y frena, espera...
   Con esa performance, casi todo el peso de sostener el interés recae en los argumentos y su progresión.

viernes, 2 de julio de 2021

Un Ulises remontante 001 (1.0.0)



Recién cambié de lugar algunos tuits. Hasta ahora decía esto:



1.


2.

Informe Robinson, “La leyenda del Trinche”. T5E3, 2011, Canal+



3.


3.1


3.2




Ahora dice esto (además de reubicar un bloque, agregué los dos tuits sobre Nadia Comaneci):




1.

Informe Robinson, “La leyenda del Trinche”. T5E3, 2011, Canal+



2.


3.


3.1


3.2



lunes, 3 de mayo de 2021

La verbalísima trinidad 001 (0.1.0)



Las secciones 1 y 2 pertenecen a la versión de los comienzos del siglo (2002/2003). La sección 3 la escribí la noche del sábado 1 y madrugada del domingo 2 de mayo de este raro 2021. En la tarde del domingo le hice varios cambios a la sección, especialmente a los dos últimos párrafos. La base fue esta:



   Pasar un papel bajo la rendija es hacerlo pasar de estar en una ubicación a estar en otra. La llave que cae pasa de estar puesta (o estar en la cerradura, del lado del interior del cuarto) a estar caída (o estar sobre el papel), para después recuperarla y pasar a estar de este lado, y luego a estar en la cerradura otra vez, pero del otro lado. (Bonus track: cuando gira en la cerradura, la llave pasa de estar en una posición a estar en otra. Abrir la puerta es hacerla pasar de no estar abierta (o estar cerrada) a estar abierta. Cuando entra, Burns pasa de estar en un sitio a estar en otro (de un exterior a un interior).
   El sentido de estos verbos está hecho con estados o ubicaciones: todo con estar. No es difícil mostrar verbos hechos con dos categorizaciones: recibirse es pasar de no ser ingeniero a ser ingeniero. Y Perder algo es pasar de tenerlo a no tenerlo. Hay algo a mi disposición: lo tengo.
   Hay algo de nuclear o atómico en los predicados de haber/tener, ser y estar. Así como los números primos son los ladrillos de la aritmética, porque un número o es primo o es compuesto (el producto entre números primos), un verbo o es uno de estos o es un compuesto de presencias, identidades, cualidades, estados, ubicaciones, etc. O tal vez esto es así sólo en ciertos tipos de verbos, no en todos.



El final que estuve cambiando desde la tarde del domingo hasta recién (1:15 am del lunes 3 de mayo) quedó así:



   Pasar un papel bajo la rendija es hacerlo pasar de estar en una ubicación a estar en otra. La llave que cae pasa de estar puesta (o estar en la cerradura, del lado del interior del cuarto) a estar caída (o estar sobre el papel), para después pasar a estar de este lado (al recuperarla, que es pasar de no tenerla a volver a tenerla), y luego pasar a estar en la cerradura otra vez, ahora del lado de afuera. (Bonus track: cuando gira en la cerradura, la llave pasa de estar en una posición a estar en otra.) Abrir la puerta es hacerla pasar de no estar abierta (o estar cerrada) a estar abierta. Cuando entra, Burns pasa de estar en un sitio a estar en otro (de un exterior a un interior).
   El sentido de estos verbos está hecho con estados o ubicaciones, que son obras de estar, excepto en un caso, que está hecho con dos tenencias (una perdida y otra recuperada). No es difícil mostrar verbos hechos con dos obras de ser; por ejemplo, con dos categorizaciones: recibirse de analista de sistemas es pasar de no ser analista de sistemas a ser analista de sistemas. Otro ejemplo, ahora con dos caracterizaciones: empobrecerse, que es volverse (más) pobre, es pasar de no ser (tan) pobre a ser (más) pobre. El verbo haber parece ser aun más elemental: si tengo algo, es que hay algo a mi disposición; si el cielo se nubló, es que pasó de no estar nublado a estar nublado, lo que a su vez significa que se pasó de no haber nubes que tapan el sol a haber nubes que tapan el sol.
   Los predicados de haber~tener, ser y estar parecen tener vocación de átomos o de células. Sumo a las analogías física y biológica una analogía matemática. Si un entero positivo (mayor que 1) no es primo, es compuesto y tiene una única descomposición en factores primos (como dice el Teorema Fundamental de la Aritmética; por ejemplo, 35 = 5 × 7). Así como los números primos son los ladrillos con que se “construyen” los naturales, un verbo es uno de estos tres o cuatro o es un compuesto de lo que uno de estos hace: un compuesto de presencias o tenencias o estados o ubicaciones o identidades o cualidades, etc. O tal vez esto es así sólo en ciertos tipos de verbos, y no en todos. Andá a saber.

sábado, 10 de abril de 2021

Entusiasmos XII 011 (6.0.0)




Saqué del ensayo el análisis sobre "Historia del guerrero y la cautiva" y "El cautivo", de Borges, que ocupaba las secciones 2.3 y 2.4. Como la última versión de esa parte está desactualizada (puede vérsela en “Entusiasmos XII 010 (5.1.0)”), copio acá lo eliminado:



1.

   Y al team Europa podemos sumarle dos inglesas, que tampoco vuelven (una por resignación y la otra por felicidad); la cita es de “Historia del guerrero y la cautiva”, de Borges:
Alguna vez, entre maravillada y burlona, mi abuela comentó su destino de inglesa desterrada a ese fin del mundo; le dijeron que no era la única y le señalaron, meses después, una muchacha india que atravesaba lentamente la plaza. Vestía dos mantas coloradas e iba descalza; sus crenchas eran rubias.
   Hablan. La india rubia le cuenta, «en un inglés rústico», que «ahora era mujer de un capitanejo, a quien ya había dado dos hijos y que era muy valiente». «Detrás del relato se vislumbraba una vida feral», comenta Borges. Y después de la enumeración de una docena de feralidades*
   La cuenta puede estar sesgada por el aniversario:
1) «los toldos de cuero de caballo,
2) las hogueras de estiércol,
3) los festines de carne chamuscada o de vísceras crudas,
4) las sigilosas marchas al alba;
5) el asalto de los corrales,
6) el alarido y
7) el saqueo,
8) la guerra,
9) el caudaloso arreo de las haciendas por jinetes desnudos,
10) la poligamia,
11) la hediondez y
12) la magia.»
, agrega (tal vez en estilo indirecto libre):
A esa barbarie se había rebajado una inglesa. Movida por la lástima y el escándalo, mi abuela la exhortó a no volver. Juró ampararla, juró rescatar a sus hijos. La otra le contestó que era feliz y volvió, esa noche, al desierto.
   No se nos dice si la respuesta la satisfizo, pero sin arriesgar mucho podemos suponer que no. Si ya le resultaría inaceptable algo tan lejano y ajeno como la felicidad salvaje de cualquier salvaje, mucho más la felicidad salvaje de «una inglesa», que la interpela de raíz. Menos mal que el segundo encuentro amplifica la diferencia cultural, como para dejar bien en claro lo equivocada que está esa felicidad híbrida.
   Volver de noche a la vida feral es la penúltima feralidad registrada de «la otra». La última será pasar a caballo por donde un hombre degüella una oveja y tirarse al suelo para beber la sangre caliente. (Más feral no se consigue. Falta que sea la única india que lo hace.)
   El «indio de ojos celestes» de “El cautivo” también elige volver a «su desierto» (a su intemperie). Él «no podía vivir entre paredes» y a ella «todo parecía quedarle chico: las puertas, las paredes, los muebles». Ahora, las diferencias. A ella le cuesta, pero logra entender y hacerse entender en inglés; dialoga. En cambio, él «ya no sabía oír las palabras de la lengua natal»; lo suyo fue todo gestual, gutural y factual: «bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo el zaguán», su ruta.
   Los modales y los modos son animalescos, pero su experiencia lo reconecta con lo civilizado. Y para tenerla no anda como un animal tirándose de otro animal para beber sangre de un tercer animal. Su éxtasis lo alcanza reencontrando un cuchillo que de pibe había escondido en la cocina. Tranca.
   Las feralidades de ojos celestes se compensan: ella está alta en Lengua e Historia y baja en Conducta; él, al revés. Tiene una inteligencia humana estancada en su último estado civilizado, «trabajado por el desierto y la vida bárbara», y tiene la inteligencia de un niño (europeo) o de un animal, como buen salvaje: «Yo querría saber (...) si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la casa» (en la inserción inversa, el bárbaro que cambia de bando porque lo deslumbra la ciudad de Ravena «sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla»).
   Las dos inserciones de la civilización en la barbarie tienen la falsa modestia de su autor. Sí, son casos fallidos de restitución: ni la abuela de Borges recupera a la inglesa para la causa ni los padres a su hijo. Pero justamente: gente como uno optando como uno de esos es (presentado como) el fracaso de una recuperación «movida por la lástima y el escándalo».
   El relato no habla de, pero habla desde una superioridad cultural y moral; habla de la eficacia con que se puede privar de ella a la víctima infantil de un malón, hasta el punto de que no la prefiera de adulta (un Síndrome de Estocolmo a nivel de culturas, se diagnostica desde la europea). Porque se supone que la debería preferir, ¿no? Si la prefiere un bárbaro ni bien la conoce, ¿cuánto más un asalvajado que la conoció en su infancia? En materia de diferencias culturales, dime qué supones y te diré qué prejuzgas.

2.

   En la inserción inversa, el guerrero Droctulft que compone Borges (muy distinto al de sus fuentes Croce y Pablo el Diácono) es el bárbaro que elige la cultura superior, fascinado ante su mejor obra:
Venía de las selvas inextricables del jabalí y del uro; era blanco, animoso, inocente, cruel, leal a su capitán y a su tribu, no al universo. Las guerras lo traen a Ravena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto, que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquinaria compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal.
   Como la dirección de la mudanza es crucial, la banda sonora de esta parte son dos versos de “¿Por qué no puedo ser del Jet-Set?”, de Soda Stereo:
♫♪ Lo que para arriba es excéntrico,
para abajo es ridiculez
♪♫
   La elección de rebajarse a la barbarie fue una traición de la inglesa. Con su elección de elevarse a la civilización, Droctulft «no fue un traidor [...]; fue un iluminado, un converso»:
Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad. Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada y que todas las ciénagas de Alemania. Droctulft abandona a los suyos y pelea por Ravena.
   Los casos del guerrero y la cautiva «pueden parecer antagónicos» montados sobre una estructura que no cambia: arriba la civilización, abajo la barbarie. La moral de esos flujos es rígida: si estás arriba no bajes y si estás abajo subí. Integrando los casos de los dos tríos de hermanas, la estructura tiene otras caras, todas con la misma polaridad: ciudad y pueblo (o menos), capital y provincia, cultura y naturaleza.
   Resumiendo, mujeres del primer término han sido transplantadas en el segundo. (Del humor también se dice que es poner algo ahí donde no va.) Desde el autopercibido centro citadino, capitalino, civilizado y/o cultural, ese trasplante se ve como destierro, extravío, aislamiento, encierro.
   Desde la misma perspectiva, el trasplante inverso de un voluntario se ve como una conversión redentora, que «si no es verdad como hecho, lo será como símbolo». El
En la Casa de la Independencia, en San Miguel de Tucumán, el 15 de enero de 2010.

   No dio para volver a hacer el cartel, incluso si en vez de redactarlo de nuevo escribían lo mismo pero con las comillas de entrada. Dio para agregárselas a mano pretendiendo prolijidad y dejando en evidencia a las infiltradas.
   La regla de un parche es que no se note. Si no te importa tanto que sí, es que tampoco te importa tanto la exposición que montaste, por un lado, y la parte afectada, por el otro. Porque no hubiera sido igual 'equivocarse' despectivamente con los vecinos de la ciudad, si hubiera sido factible.
   Con las caracterizaciones de los usurpadores no hubo ningún 'error', y si lo hubiera habido no habrían aceptado de arriba una respuesta tan desganada como una corrección manual, ni los curadores la habrían siquiera intentado. Y si hubiera pasado por esta serie de guardianes cada vez más poderosos, el cartel no habría durado expuesto más de 1 ó 2 quejas y se habría aducido que fue un sabotaje.

"indio infiel"
que los cristianos capturan y reparten en sus ciudades como servidumbre y mano de obra esclava, o que exhiben en museos de ciencias naturales y en zoológicos, son incrustaciones civilizatorias más fieles a los hechos y a los símbolos usuales de la segunda mitad del siglo XIX en Argentina.




Esto que saqué va a ser (o a formar parte, si crece) un ensayo independiente, todavía sin título, que estará linkeado desde este ensayo: al último párrafo de la sección 2.2 le agregué lo que era la primera frase de la siguiente sección: «Y al team Europa podemos sumarle dos inglesas, que tampoco vuelven (una por resignación y la otra por felicidad).» (PD del 18-4-21: Esta versión del análisis fue la base de lo que preparé para el primer programa de radio del que participo en mi vida, con Mariano y Teté, "Vos sabés que sí", que salió ayer de 17 a 18 por Radio Rebelde, AM 740.)
Hice otros cambios menores en "Entusiasmos XII", algunos dentro de las dos secciones sacadas. El ensayo ahora quedó así:







1.

   Los años no vienen solos y la docena arranca con una huevada: un requisito del entusiasmo es el sentido. Si no se lo vieras —y mucho— a lo que hacés, mal podría entusiasmarte. (La condición es necesaria, no suficiente: podrías verle mucho sentido pero odiarlo, o simplemente no entusiasmarte.)
   En algún archivo de TV estará René Higuita haciendo el escorpión en Wembley mientras suena
♫♪ La melancolía de morir en este mundo
y de vivir sin una estúpida razón
♪♫
   Mínimo, es una sincronización contrastante. Higuita haciendo su gracia, que es una pequeña proeza, rebasa de sentido y de felicidad por su obra airosa y exitosa, después de ensayarla unos 7 años. Él ahí está en las antípodas del que habla en la canción, a la máxima distancia de plantearse la melancolía de morir o el sinsentido de vivir, lejos de sentirse finito o limitado. Está en el momento donde más absurda nos resultaría su muerte involuntaria (e inverosímil su suicidio), en medio de la actividad y de la confianza ciega en el sentido (particularmente, en el sentido de lo que hace).
   Por mi parte, aprovecho esas líneas de Fito para volver a la conexión muerte/sentido. Preguntarse por el sentido de la vida es preguntarse a la vez por el de la muerte, o sea, es preguntarse por el sentido de la vida en razón de que es finita: qué sentido tiene morir, deshacer lo hecho, y qué sentido tiene vivir haciendo lo que la muerte y el olvido van a deshacer.
   En resguardo del sentido imaginamos identidades que niegan o relativizan la muerte y el olvido. La planta de la resurrección, por ejemplo, bajo nuestra mirada tiene una existencia intermitente, que parece burlar la muerte una vez al siglo:

   Otra negación de la muerte y el olvido es la carrera de postas que imaginé en “Entusiasmos X”: un pehuén le pasa el testigo a Zambullidas en 2008, que fantasea cumplir otros 214 años en 2222. Menos heterogénea es la continuidad de tres hermanas «que emergen de manera imprevista en diferentes sitios del planeta».

2.

Las tres hermanas

En esta ciudad, saber tres idiomas es un lujo superfluo, un apéndice innecesario, el sexto dedo.
      Chéjov (Las tres hermanas)

   Un adolescente (tímido y temerario) se internó a caballo en la selva del Sur Chileno, y al anochecer comprendió que se había perdido. “La noche y la selva, que fueron mi regocijo, me llenaron de pavor”, recordó mucho después. Ocurría esto en 1918 (o tal vez 1919) y en un instante efímero y eterno, como todos los instantes que el miedo inmoviliza.
   Milagrosamente, halló refugio en una mansión de tres hermanas francesas, dueñas de un aserradero también “extraviado” en la extensión selvática y montañosa. Lo recibió primero “una señora de pelo blanco, delgada y enlutada”, que lo hizo entrar a uno de los salones, donde lo aguardaba una mesa redonda de manteles impecables, candelabros de plata y luminosa cristalería. Dos señoras más, “idénticas a la primera”, llegaron en seguida. Las tres habían nacido en Avignon, y hacía ya treinta años que habitaban en ese hueco de la selva. Todos sus familiares habían muerto, y juntas custodiaban el solitario esplendor de aquellos recónditos salones, como si vivieran en el fondo del mar.
   Durante la cena, el joven visitante habló imprevistamente de la poesía de Baudelaire, y observó que al pronunciar ese nombre, “Baudelaire”, las tres hermanas se estremecieron.
   —¡Baudelaire! —exclamaron con unánime excitación. Es la primera vez que se pronuncia su nombre en estas soledades. Tenemos aquí Les fleurs du Mal...
   Con pudor reverencial, el joven recordó mucho más tarde que las tres mujeres le dedicaron “una leve mirada de lejanísima coquetería”. Cuando lle­gó el amanecer, el joven regresó a su caballo e inexplicablemente se fue sin despedirse.
   Cuarenta y cinco años después de aquel encuentro, ya memorialista, Pa­blo Neruda termina esta breve historia con un interrogante: “¿Qué se habrá hecho de aquellas tres señoras desterradas con su Fleurs du Mal en medio de la selva virgen?”. Se advierte que la pregunta es sólo ritual, y tiene por úni­co objeto demorar la respuesta ine­vitable: “Habrá sobrevenido lo más sim­ple de todo: la muerte y el olvido”.
   “Quizás —agrega— la selva devoró aquellas vidas.” Pero ¿será este el de­sen­lace, esta la historia, y nada más? ¿No sostenían las tres hermanas una bandera invisible? ¿No pertenecían a una cofradía dispersa y obstinada de la que también era miembro, acaso sin saberlo, el joven visitante?
   ¿No protegían una llama inmemorial contra el viento asesino, destructor de pirámides, que promueve la indiferencia de las lianas? ¿No eran las Tres Marías de la Tierra? Quizás algo de esto sugiere Neruda cuando grita de pronto: “¡Honor a estas tres mujeres melancólicas que en su salvaje soledad lucharon para mantener un antiguo decoro!”. Pero aun más todavía, ¿no eran esas tres señoras francesas, en realidad, las mismas “tres hermanas” rusas de las que habló Chéjov, y que emergen de manera imprevista en diferentes sitios del planeta? Perdidas bajo un cielo de provincia, soñaban con Moscú y estudiaban francés, inglés, italiano. En el sur de Chile, leían a Baudelaire. Neruda no recuerda sus nombres, pero los conocemos por Chéjov: se llamaban Irina, Masha y Olga. Y Dante las cantó en su más bella canción de amor: “Tre donne in torno al cor mi son venute” (tres damas a mi corazón llegaron). Si la selva pudiera devorarlas, ¿qué sería de nosotros?


“Las tres hermanas”, de Thomas Moro Simpson, en Dios, el mamboretá y la mosca (Siglo XXI Editores, Madrid, 1993, pág. 15).


   Emergen italianas, rusas, francesas... para proteger «una llama inmemorial contra el viento asesino, destructor de pirámides, que promueve la indiferencia de las lianas». (Andá a buscarla al ángulo, planta de la resurrección.) Emergen como «una cofradía dispersa y obstinada», sosteniendo «una bandera invisible», para oponerse a la más simple conjetura que hace el Neruda memorialista sobre su destino y su sentido: «la muerte y el olvido». Emergen bajo una supraidentidad para que la selva no pueda devorarlas: para ser inmortales.
—¡Qué supraidentidad tan grande tienes!
~Para que no me comas mejor.

   Es un trabajo en equipo. Con «la indiferencia de las lianas», la selva devora lo que el viento se llevó puesto. Se apaga la llama y poco después se termina de disipar el humo. Eso es todo. Primero te perdés vos y después, más tarde o más temprano, se pierde tu rastro. La pirámide que todavía no se hizo polvo, ya se hará. Nadie espera eternamente la nada.
   Ahora bien: esto, que «es lo más simple de todo», es lo que cree Neruda y lo que creo yo, pero no Thomas Moro Simpson, que hace su primera pregunta ritual: «Pero ¿será este el de­sen­lace, esta la historia, y nada más?». Y entonces vienen la bandera invisible, la cofradía dispersa y obstinada, la llama inmemorial y el viento asesino del que ellas la protegen, las Tres Marías de la Tierra, y finalmente la identidad con las tres hermanas de Chéjov y las tres damas de Dante. Este trío de tríos cambia el desenlace del Neruda memorialista; es ese algo más que nos hace digerible la historia (porque «¿qué sería de nosotros si la selva pudiera devorarlas?»).
   Todavía a la mayoría le provoca una desorientación desasosegante imaginarse la inexistencia de un sentido trascendental que compense la muerte del cuerpo con la inmortalidad del alma (y afines) o del rastro dejado. Ese extravío rima con el del Neruda adolescente y el de las hermanas francesas y rusas. Antes de ir a los de ellas, que son extravíos metafóricos, pasemos por el único literal del inventario.

2.1

   Neruda, con 14 ó 15 años, se metió a caballo en la selva del Sur Chileno y «al anochecer comprendió que se había perdido». Moro Simpson reproduce las palabras del memorioso: «“La noche y la selva, que fueron mi regocijo, me llenaron de pavor”». El instante de ese pavor saturado («efímero y eterno, como todos los instantes que el miedo inmoviliza») es de incertidumbre: no sabés qué esperar, no sabés qué mover, y cualquier novedad te parece peligrosa; tu único deseo es imposible, te cantan los Fabulosos Cadillacs en “Demasiada presión”:
♫♪ Quisieras volver el tiempo atrás,
pero lo que vuelve es esta noche y nada más
♪♫
   Como nos recuerda la pandemia, la incertidumbre hace que experimentes mucho la existencia porque la tenés amenazada (la certidumbre de una felicidad o goce mayor al actual hace que experimentes mucho la existencia porque la tenés estimulada). En la incertidumbre, experimentás la existencia con un pie en el presente (necesitás saber y no sabés...) y el otro pie buscando pisar firme en el futuro (...qué va a pasar...) y temiendo no lograrlo (...y eso te angustia).
   La forma cultural de llevar una existencia cuenta con un efecto invisible de tan evidente: la suspensión, el olvido transitorio de la incertidumbre.
   Si jugás a salir de la normalidad, de lo previsible, de lo guionado por tu cultura, si te quitás toda esa ropa, debajo encontrás incertidumbre: ves a alguien que existe, que sabe que ha llegado hasta acá y no sabe a cuánto más llegará ni cómo.
   Fuera de este juego, en cambio, sabés que mañana vas a cumplir con algunos roles (familiar, laboral, de pareja, de amistad, de vecindad, de cliente, etcétera). Cualquiera y cada uno de esos roles te da certidumbre: en cada caso, está estipulado qué debes hacer y qué te va a pasar si hacés lo que debés o si variás y por cuánto.
   Sin esos roles (o sea, haciendo abstracción de algo tan constitutivo como la vida social), caen también las certidumbres que ofrecen; y no tener certidumbres es propio de presas (hoy estamos, mañana no sabemos).
   Con la vida que vas llevando pasa lo mismo que en la selva de noche: si te perdés, perdés. Para evitarlo, adoptás un sentido de vida, que es GPS y salvavidas. Este extravío existencial ya es metafórico, como los dos que nos quedan por ver (uno espacial y otro temporal). A él volveremos cuando hable con más detalle de Irina, Masha y Olga.

2.2

   Además de ser efímera, la zambullida de la rana se produce en un punto no determinado de la ciénaga infinita. Son igual de efímeras y están igual de perdidas en una inmensidad las vidas de damas refinadas incrustadas en un entorno salvaje («tres señoras desterradas con su Fleurs du Mal en medio de la selva virgen», «dueñas de un aserradero también “extraviado” en la extensión selvática y montañosa») o en un entorno provinciano (tres hermanas moscovitas que, «perdidas bajo un cielo de provincia, [...] estudiaban francés, inglés, italiano»).
   Leer a Baudelaire y custodiar «el solitario esplendor de aquellos recónditos salones, como si vivieran en el fondo del mar», es luchar «para mantener un antiguo decoro» en medio de una «salvaje soledad». El refinamiento francés es conservador; el ruso, inútilmente progresista «en esta ciudad», donde es «un lujo superfluo, un apéndice innecesario» (en todo caso, algo ajeno: es una herramienta de progreso que pertenece a la ciudad a la que les gustaría volver a pertenecer).
   Como se ve, el extravío no es sólo en el espacio. En ambos tríos de hermanas, eso que las entusiasma es lo que indica en qué tiempo distinto del presente están, ellas y sus sentidos de vida: el trío francés, en el pasado de una nostalgia (que las estremecía y excitaba con Baudelaire); el trío ruso, en el futuro de una esperanza («soñaban con Moscú»).
   La diferencia es de etapas. Cuando la obra de Chéjov termine, las jóvenes rusas habrán abandonado esa esperanza y se estarán acomodando en el destierro que las canosas francesas conocen hace 30 años.

   Con un poco de prestidigitación se puede sumar un tercer trío a la cofradía: Julia de ***, Julia Montes y Julia Castro-Alares también tienen interiores fuera de contexto en enclaves aislados («en el último rincón del mundo hemos descubierto ... algo así como una reina destronada»). Pero a diferencia de las francesas y las moscovitas, las españolas Julia de *** y Julia Castro-Alares y la apátrida Julia Montes volvieron a donde nacieron y se criaron, después de un viaje de varios años de livin' la vida loca. Y al team Europa podemos sumarle dos inglesas, que tampoco vuelven (una por resignación y la otra por felicidad).

3.

   Hay un metadato que el epígrafe de Moro Simpson no llega a mostrar: Las tres hermanas tiene el mismo tema que “Las tres hermanas”; en palabras de Neruda, la muerte y el olvido (o sus negaciones). Quien habla ahí es Masha, la hermana del medio. La traducción que voy a usar le hace decir algo parecido:
—Saber tres idiomas, en esta ciudad, constituye un lujo superfluo. Ni siquiera es lujo, sino una especie de apéndice inútil, algo así como un sexto dedo. ¡Sabemos muchas cosas inútiles!*


   Superfluo sí, lujo no. Ese saber es inútil, no suntuoso. No es un gol de taquito, que se podría o no haber resuelto más fácil (innecesario o necesario, el lujo sirve: el gol vale igual). Tampoco es una segunda pelota en la cancha, que haría detener el juego; es supernumerario pero inocuo. Más bien es como saber esquiar viviendo en Cuba.
   Contextualicemos el momento de la frase. Es el santo de Irina (y el primer aniversario de la muerte del padre) y la casa es visitada por militares conocidos. Masha, que andaba melancólica, se estaba despidiendo antes del almuerzo; ya se había puesto el sombrero. Entonces llega un nuevo visitante, el teniente coronel Vershinin, antiguo amigo del padre y flamante jefe de la batería.
   Spoiler: Masha le dará un largo y apasionado beso de despedida cuando al final de la obra Vershinin se marche de la ciudad porque los destinan a otro lado.
   Pero para eso falta casi todo el drama y toda su historia de amor frustrado (también él está casado y tiene dos hijas; su esposa cada tanto intenta suicidarse). Aquí y ahora,
   Masha escucha al verborrágico Vershinin contradecirla y desiste de irse:
VERSHININ —¡Esa sí que es buena! (Se ríe.) ¡Saben muchas cosas inútiles! Me parece que no hay ni puede haber una ciudad tan aburrida y triste en la cual resulte innecesaria una persona inteligente e instruida. Supongamos que entre los cien mil habitantes de esta ciudad, atrasada y poco culta, desde luego, no hay más que tres personas como ustedes. Es evidente que ustedes no van a poder vencer a la masa ignorante que las rodea; en el transcurso de toda su vida, poco a poco, deberán ceder terreno y perderse en esta masa de cien mil personas; la vida las absorberá, pero no por esto van a desaparecer, a pasar sin dejar huella; cuando desaparezcan, personas como ustedes habrá, quizá seis; luego doce, y así sucesivamente hasta que, al fin, la mayoría será como son ustedes. Dentro de doscientos o trescientos años, la vida en la Tierra será inimaginablemente hermosa, sorprendente. El hombre necesita una vida así, y aunque todavía no se dé, ha de presentirla, ha de esperarla, ha de soñar con ella, ha de prepararse para ella; por esto ha de ver y saber más de lo que veían y sabían su abuelo y su padre. (Se ríe.) ¡Y se quejan de saber demasiado!
MASHA (Se quita el sombrero.) —Me quedo a comer.
   La oferta fue irresistible. Si Masha fuera ricotera, cantaría por acá:
♫♪ “Tu existencia dejará una marca que la recuerde: la vida será genial en el futuro gracias a ustedes y no se las olvidará”,
dijo, y me conquistóoo...
♪♫
   Las tres hermanas están atrapadas en una capital de provincia que les deparó la carrera militar del padre, que al principio del drama está cumpliendo 1 año de muerte. Pero Masha además está atrapada en su matrimonio. No puede sumarse al sueño de volver a Moscú porque su lugar es junto a su marido, que la ama sin ser amado (y sin moverlo de ahí esos besos de despedida que su esposa le dará a Vershinin).
   En este contexto, el teniente coronel ofrece lo que Masha anda necesitando: la sensación de amar y ser amada; el ensueño de una salida de su doble cautiverio, provincial y conyugal; y un sentido para todo esto, una justificación, aunque sea futura, y mejor si es un aporte a algo inimaginablemente hermoso y sorprendente.
   Aporte fundacional, dado que la progresión geométrica de inteligentes e instruidas arranca con ellas: 3, 6, 12, ... Con 15 duplicaciones serían 98.304: una mayoría desde holgada (si el total de la ciudad siguiera siendo de 100.000 personas) hasta ajustada (si fuera mayor pero sin llegar a ser el doble).
   El arranque es con 3 y no 4 porque el hermano Andrei no cuenta, aunque el tema haya salido de que él quería traducir un libro del inglés. Andrei no habla de la inutilidad de saber tres idiomas, sino del sufrimiento que costaron:
Mi padre, que Dios le tenga en gloria, nos tenía amarrados a la instrucción. Es ridículo y estúpido, pero he de confesar que, después de su muerte, empecé a engordar y en un año he engordado como si realmente mi cuerpo se hubiera liberado de un yugo. Gracias a nuestro padre, mis hermanas y yo sabemos francés, alemán e inglés, e Irina sabe, además, italiano. ¡Pero lo que todo eso ha costado!
   A continuación, Masha dice que ahí es superfluo saber tres idiomas y Vershinin le responde que de ninguna manera y filosofa sobre el sentido de la vida y la luz al final del túnel.
   Masha habla de una utilidad local y actual de saber tres idiomas y Vershinin le contesta con una utilidad transgeneracional. Vistos con esa amplitud y esa fe, no son saberes inútiles (o lo son ilusoriamente): son el abono contribución que favorecerá que florezcan mil flores, y más también, hasta que la mayoría sea gente como una, inteligente e instruida, y la vida sea maravillosa, y el sentido sea el de un disfrute presente y propio, no el de un sacrificio para el disfrute futuro de otros (menos te pesará esto cuanto más lo sientas un nosotros, pero siguen siendo dos sentidos de vida distintos). Insiste Vershinin:
Dentro de doscientos o trescientos años, dentro de mil —la cuestión no está en el plazo—, comenzará una vida nueva y feliz. Nosotros no participamos de esa vida, desde luego, pero ahora vivimos, trabajamos y sufrimos para ella; nosotros la creamos y en esto —sólo en esto— radica el fin de mi existencia y, si se quiere, nuestra felicidad.
   Este progreso lineal fue la respuesta de Vershinin a Tusenbach, que había dicho que en ese futuro lejano, y a pesar de varias novedades rutilantes,
la vida seguirá siendo la misma, difícil, llena de misterios y feliz. Y dentro de mil años, el hombre suspirará, como ahora: “¡Ah, qué penoso es vivir!”, y al mismo tiempo, exactamente como ahora, tendrá miedo a la muerte y no la querrá.
   Para Tusenbach no hay ni habrá nunca felicidad plena, sino la tensión de vivir penando pero no tanto como para perderle el miedo a la muerte o incluso preferirla. Para Vershinin esa plenitud está en el futuro; no ahora ni a nuestro alcance, porque
para nosotros la felicidad no existe, no debe existir ni existirá. Nosotros sólo debemos trabajar y trabajar, mientras que la felicidad está reservada a nuestros lejanos descendientes. (Pausa.) Si yo no soy feliz, por lo menos lo serán los descendientes de mis descendientes.

3.1

   Unos 40 años después que Chéjov, Borges le hace escribir algo similar a su bibliotecario babélico, aunque en clave fantástica:
Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.
   Ese ser es el «Hombre del Libro», un lector hipótetico del también hipotético «libro total», que es «la cifra y el compendio perfecto de todos los demás». El crecimiento generacional del saber que profetiza y evangeliza Vershinin tiende a una totalidad similar; le dice a Masha: «tiene que saber más y ver más de lo que supieron y vieron su padre y su abuelo».
   En su utopía de progreso, Vershinin no desea que haya habido un individuo afortunado («¡uno solo, aunque sea, hace miles de años!»), «análogo a un dios»; en vez de eso, asevera que habrá una mayoría «inteligente e instruida», «dentro de doscientos o trescientos años», que creará finalmente la vida que el hombre necesita. Mientras no la tenga, «ha de presentirla, ha de esperarla, ha de soñar con ella, ha de prepararse para ella!».
   Y eso es lo que hace en 1578 San Juan de la Cruz, que «en esta noche oscura de esta vida» puede ver «por fe» la otra, la posta, la eterna fuente de toda vida, sin límites espaciales ni temporales (sin origen y origen de todo, incluyendo toda luz), insuperablemente bella: divina. El poema se llama “Que bien sé yo la fonte” (a.k.a. “Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe”), pero pongo el fragmento de la letra que canta Rosalía donde están estos saberes que él tiene aunque es de noche:
♫♪ Sé que no puede haber cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben de ella,
aunque es de noche,
aunque es de noche,
aunque es de noche.

Bien sé que suelo en ella no se halla
y que ninguno puede vadearla,
aunque es de noche.

Su claridad nunca es oscurecida
y toda luz de ella es venida,
aunque es de noche
♪♫
   Hasta la disolución de la URSS, mi padre tenía una fe así de larga pero en una humanidad socialista que ni él ni sus nietos iban a llegar a conocer. Después, en la segunda mitad de los 90, mientras espero el 114 me dice —dos tercios en broma, uno en serio— que él espera que al menos 1 de los mundos extraterrestres posibles sea socialista. Si no va a haber socialismo en la Tierra, que haya en otro planeta, pero que haya. Y mejor si es ahora o pronto, no miles de años atrás ni dos o tres siglos adelante.
   Mi padre y San Juan de la Cruz tenían una Tierra Prometida; las tres hermanas moscovitas, un Paraíso Perdido; las tres hermanas francesas, dos, uno más perdido que el otro: su juventud y Avignon (ahí donde ♫♪ todos bailan y yo también ♪♫).
   Son diferentes porque si bien tener un Paraíso Perdido es como tener una Tierra Prometida (no se lo tiene si no se desea o fantasea regresar), al revés no necesariamente; sin ir más lejos, Moisés no anduvo 40 años cantando
♫♪ ¡Ooooh, vamos a volver,
a volver, a volver,
vamos a volver!
♪♫


3.2

   Al final del drama las tres hermanas moscovitas habrán perdido la esperanza (y renunciado al deseo) de recuperar su paraíso. A la vez que se embarcan en trabajos que terminarán de radicarlas en esa capital de provincia, sufren pérdidas: Masha acaba de casi enloquecer de pena por la partida de su amado Vershinin; Irina acaba de enterarse de que, a 1 día de la boda, su prometido no amado fue asesinado en un duelo por un competidor que cumplió una amenaza (le había jurado a ella que si no era él el elegido mataría al que fuera); Olga le resume su frustración a Vershinin en la despedida:
Todo sale al revés de lo que nosotros deseamos. Yo no quería ser directora y al fin me he convertido en directora. A Moscú, pues, no iré...
   Esa pérdida y renuncia es una infelicidad, pero al menos tiene un sentido. Abrazando a las otras, la hermana mayor lo dice en el monólogo de la última escena. Olga ahí, y no Masha en el epígrafe de Moro Simpson, toca el tema principal de la obra, que es el mismo que el del ensayo (la muerte y el olvido) más el sentido de vivir y de sufrir («el porqué de todo esto», acababa de decir Irina):
Pasará el tiempo y nos iremos para siempre. Se olvidarán de nosotras, olvidarán nuestros rostros, nuestras voces y cuántas éramos; pero nuestras penas se transformarán en alegrías para los que vivan después que nosotras, la felicidad y la paz reinarán en la tierra; los hombres encontrarán una palabra amistosa para los que vivimos ahora y nos bendecirán. Oh, mis queridas hermanas, nuestra vida aún no ha terminado. ¡Viviremos! ¡Esa música es tan alegre, tan gozosa! Un poco más, y sabremos para qué vivimos, para qué sufrimos...¡Si pudiéramos saberlo, si pudiéramos saberlo!
   El sentido que se busca no es un fin en sí mismo; es un medio para encontrarle un valor a la vida, venga o no sufrida o frustrante. (No importa cuándo leas esto.)