Y ya que registré un cambio con dos semanas de antigüedad, aprovecho para registrar un conjunto de cambios que terminaron unos 6 meses atrás: los rediseños que le hice a Zambullidas durante diciembre (1, 2, 3, 4, 5) terminaron la primera semana de enero (de ahí data -creo que del 6 de enero- el texto "4. Estructuras y metáforas. Las razones de un menú" que por ahora cierra la Introducción.
lunes, 11 de junio de 2012
Rediseño
Y ya que registré un cambio con dos semanas de antigüedad, aprovecho para registrar un conjunto de cambios que terminaron unos 6 meses atrás: los rediseños que le hice a Zambullidas durante diciembre (1, 2, 3, 4, 5) terminaron la primera semana de enero (de ahí data -creo que del 6 de enero- el texto "4. Estructuras y metáforas. Las razones de un menú" que por ahora cierra la Introducción.
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Un experimento con Funes 006 (4.0.0)
El 26 de mayo agregué en el final de la sección "El análisis. Toma 1" del ensayo el asterisco con el subensayo desplegable "Invisibles y distinguibles".
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Cuentas regresivas 003 (1.1.1)
Anteayer hice estos agregados y cambios en el ensayo:
1) Donde antes decía:
Pero a la vez (y en razón) de esa omnipresencia sin competencia en el universo de las cuentas regresivas, el cero es el límite de menor convencionalidad posible, el menos arbitrario, el más obvio para una cuenta regresiva, casi natural.
ahora dice:
Pero a la vez (y en razón) de esa omnipresencia sin competencia en el universo de las cuentas regresivas, el cero es el límite de menor convencionalidad posible, el menos arbitrario, el más obvio para una cuenta regresiva, casi natural: ¿a dónde mejor que al origen para volver? El destino es incierto, y eso hace a la arbitrariedad de los límites de cuentas progresivas; el origen, no (o menos), y eso hace a la cuasi naturalidad del límite de toda cuenta regresiva, el cero, que pasó de ser partida a ser llegada.
2) Donde antes decía:
el que no perece en el camino –el que no muere antes de lo esperado– termina atestiguando y experimentando que el camino tiene un final no prematuro)
ahora dice:
el que no perece en el camino –el que no muere antes de lo esperado, que es morir antes de agotar su potencial– termina atestiguando y experimentando que el camino tiene un final no prematuro)
3)Agregué el paréntesis con que termina esta frase:
con el que recobra su perfil la serranía (a continuación de esa comparación vuelve el estribillo con la suerte cíclica del día, una especie de ave Fénix).
Los números de sección pasaron de ser 2.1 y 2.2 a ser 3 y 3.1.
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viernes, 8 de junio de 2012
Cuentas regresivas 002 (1.1.0)
Cambió la parte de "Tiempo de partir" en relación con la versión con que la introduje ayer. Ahora dice esto:
La preparación para la muerte puede darse con otros argumentos. El que habla en la letra de la canción y en la voz de Falú, para que pueda no importarle «el trance de partir», no se preparó despreciando su cuerpo ni deseando vivir con su alma sola, sino habiendo logrado «llenar cada minuto transcurrido con un claro vivir enamorado».
Con el logro es coherente el corolario de que la vida, que es «la muerte demorada», fue «sólo un motivo para haber amado». Lo hizo minuciosamente durante el «tiempo de amar», que ya ha vivido.
El que está viviendo ahora es el otro tiempo, el de «soledad, olvido y nada». (Las tres etapas de este segundo tiempo son pérdidas: del amor que lo había motivado y colmado tanto, del recuerdo de los otros y la memoria propia, y de la identidad y existencia.) Es «el corto tiempo que resta por vivir», la cuenta regresiva del «tiempo de partir», que «va señalando la urgencia de vivir como yo quiera» («si no pude encontrar la buena senda / prefiero equivocarme a mi manera»). Esta ética personal del trance es defendida en términos de un goce ansiado («el rigor del invierno justifica / el ansia de gozar la primavera»).
Justo cuando la canción termina de trazar la parábola de una vida, desde el amor a la nada, le monta al lado un ciclo natural, la «lenta agonía», muerte y renacer del día serrano. El montaje sugiere que la parábola puede ser la mitad de un círculo: de esa nada se puede «...regresar en el perfil de un niño / como ese amanecer que ha renacido», con el que recobra su perfil la serranía.
Este regreso es el tercer y último deseo póstumo del menú con que el hombre se despide, y al que le toca significar una trascendencia biológica. Los tres son deseos de sobrevida o continuación laicas. Los otros dos son permanencias: «en la memoria de quienes me han querido» –trascendencia afectiva– y «en los versos triviales que repita / con su cantar algún desconocido» –trascendencia artística–.
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jueves, 7 de junio de 2012
Cuentas regresivas 001 (1.0.0)
Cambió mucho la sección 2.1. Ahora está dedicada a "Tiempo de partir". Eliminé párrafos y los que sobrevivieron fueron a integrar la sección siguiente. Hasta hoy se leía esto:
2.1
La preparación para la muerte puede darse con otros argumentos, sin siquiera tener que aceptar (ni creer ni necesitar ni desear) que nuestra identidad –y con ella nuestra existencia– sigue en otra parte y en otro estado o que reencarnamos en otros seres hasta alcanzar el desapego perfecto (extinguidas la preferencia –un deseo selectivo– y la necesidad, extinguido el temor a que no se nos cumpla ni se nos satisfaga, o sea, a frustrarnos). Puede adoptarse un sentido de la existencia finita que no ofrezca alguna trascendencia personal eterna (o sea, que no niegue ni relativice esa finitud), aun cuando incluya sucedáneos de esa inmortalidad nómade. Por ejemplo, un sentido que tenga la épica de una obra colectiva que nos sobrevivirá (nada peor ni tan difícil le puede pasar a uno con su salud existencial que sobrevivirle a su sentido de vida, como nos lo recuerdan los que se suicidaron por el fin del comunismo soviético).
Quienes no «desprecian su cuerpo» ni «desean vivir con su alma sola», entre quienes se cuentan los que no creen en la existencia del alma ni en un más allá, son inmunes al argumento que Sócrates le da a Simmias contra el miedo a la muerte y su correlato, el deseo de más tiempo de vida. Para quienes sí, es absurdo que «no marchen gustosos allí, donde esperan obtener los bienes por los que han suspirado durante toda su vida» (tantos beneficios hacen necesario dar una razón –kármica, pecaminosa, etc.– para no abreviar suspiros y adelantar el viaje).
Mientras todavía son socráticos y platónicos, cuatro siglos antes de Cristo, esos bienes «son la sabiduría y el verse libres del cuerpo, objeto de su desprecio». Cuando el argumento se cristianiza, los bienes son la vida eterna en convivencia o unión con Dios en el paraíso, «y el verse libres del cuerpo, objeto de su desprecio», gracias a haber alcanzado una existencia inmaterial (espiritual) imperecedera e incorruptible (espíritus, almas y fantasmas, inmateriales como son, no ocupan lugar, por lo que el cielo puede ser todo lo chico que se quiera, e incluso podría ni siquiera tener lugar, insumo que no está entre los de esas inmaterialidades).
Ahora está esto:
2.1
“Tiempo de partir” (letra: Albérico Mansilla;
música y canto: Eduardo Falú)
La preparación para la muerte puede darse con otros argumentos. El que habla en la letra de la canción y en la voz de Falú, para que pueda no importarle «el trance de partir», no se preparó despreciando su cuerpo ni deseando vivir con su alma sola, sino habiendo logrado «llenar cada minuto transcurrido con un claro vivir enamorado».
Con el logro es coherente el corolario de que la vida fue «sólo un motivo para haber amado», un motivo satisfecho durante el «tiempo de amar», que ya ha vivido. El otro, el de «soledad, olvido y nada», que es la cuenta regresiva que está viviendo con lucidez y sin patetismo, es el mismísimo tiempo de partir, «el corto tiempo que resta por vivir» y «va señalando la urgencia de vivir como yo quiera» («si no pude encontrar la buena senda / prefiero equivocarme a mi manera»).
Establecida y defendida la moral del trance, se despide con un menú de tres deseos, todos de sobrevida o continuación laicas (dos permanencias: «en la memoria de quienes me han querido» –trascendencia afectiva– y «en los versos triviales que repita / con su cantar algún desconocido» –trascendencia artística–; y un regreso: «...en el perfil de un niño / como ese amanecer que ha renacido» en el perfil de la serranía –trascendencia biológica–).
2.2
Quienes no «desprecian su cuerpo» ni «desean vivir con su alma sola», son inmunes al argumento que Sócrates le da a Simmias contra el miedo a la muerte y su correlato, el deseo de más tiempo de vida. Para quienes sí, es absurdo que «no marchen gustosos allí, donde esperan obtener los bienes por los que han suspirado durante toda su vida» (tantos beneficios hacen necesario dar una razón –kármica, pecaminosa, etc.– para no abreviar suspiros y adelantar el viaje).
Mientras todavía son socráticos y platónicos, cuatro siglos antes de Cristo, esos bienes «son la sabiduría y el verse libres del cuerpo, objeto de su desprecio». Cuando el argumento se cristianiza, los bienes son la vida eterna en convivencia o unión con Dios en el paraíso, «y el verse libres del cuerpo, objeto de su desprecio», gracias a haber alcanzado una existencia inmaterial (espiritual) imperecedera e incorruptible (espíritus, almas y fantasmas, inmateriales como son, no ocupan lugar, por lo que el cielo puede ser todo lo chico que se quiera, e incluso podría ni siquiera tener lugar, insumo que no está entre los de esas inmaterialidades).
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