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lunes, 5 de agosto de 2013

Naturalezas 003 (3.0.0)


Esta tarde hice nuevos cambios de importancia. El mayor acaso sea el haber incorporado la otrora sección 4.2 (ahora secciones 5 y 5.1) al cuerpo del ensayo, en lugar de dejarla oculta en el bloque que se abría haciendo click en el asterisco de la última frase de la sección 4.1, como figura en la versión anterior (que antes terminaba en "...que ahí encuentra su sentido" y ahora en "...que ahí encuentra su sentido y justificación"). La incorporación la decidí luego de agregarle a la sección el que ahora es su último párrafo (también le agregué un anuncio al inicio del primero: "Para terminar, sigamos con Borges"):
Ni las cosas ni las plantas ni los animales tienen una «teleología individual» (es decir, están llamados a cumplir una misión, un propósito, una finalidad) ni participan en roles protagónicos de «un orden secreto» del universo, simplemente porque no practican el prodigio de darse un alma y confundirse con la divinidad. Esa diferencia entre naturalezas, unas desalmadas y otras divinamente emparentadas, decide si una existencia ha de tener un destino y, con él, un sentido –o sea, una trascendencia de sí– o si sólo será un tautológico existir.
Otro cambio importante fue el agregado de todo un párrafo luego del segundo de la sección 2.2 y la modificación del siguiente, que sigue siendo el último. Reponiendo el final del párrafo previo, antes se veía así:
[...] A ninguno de estos émulos la obediencia a los dictados de su naturaleza le cuesta la vida (a Fergus, sobre el final de la película, al menos le cuesta la libertad, pero todavía no es lo mismo).
Así, en esta fábula la caricatura de la naturaleza tiene una fuerza superior a la de la lógica de una conveniencia, incluso la que nos permite sobrevivir. Lo digo de nuevo: la naturaleza, si es necesario, puede ser ilógica, aun si le cuesta a su portador la identidad que la soporta. Esta naturaleza hiperbolizada, llevada al absurdo, tiene de fuerte lo que no tiene de sabia, o sea, es arbitrariamente autoritaria: tiránica.

Ahora se ve así:
[...] A ninguno de estos émulos la obediencia a los dictados de su naturaleza le cuesta la vida (a Fergus, sobre el final de la película, al menos le cuesta la libertad, pero todavía no es lo mismo).
Si, a pesar de esa distancia insalvable, la fábula sigue siendo la más socorrida para justificar una conducta irracional o inconveniente, tal vez sea porque en ninguna otra la naturaleza tenga una fuerza tan ciega, al punto de resultar caricaturesca. O al punto de provocar una ilusión intelectiva, donde lo ilógico de una obediencia suicida queda tapado por el esplendor del poder que la exige.
Redundo. En esta fábula, la caricatura de la naturaleza tiene una fuerza superior a la de la lógica de la mayor conveniencia, la que le permite sobrevivir junto con nosotros (la naturaleza es como un virus: fuera de su anfitrión, no tiene fuerza ni vida). Lo digo de nuevo: la naturaleza, si es necesario, puede ser ilógica, aun si le cuesta a su portador la identidad que la soporta. Esta naturaleza hiperbolizada, llevada al absurdo, tiene de fuerte lo que no tiene de sabia, o sea, es arbitrariamente autoritaria: tiránica.
También cambié levemente (aunque con agregado de una foto linkeada) el comienzo del tercer párrafo de la parte 4.1; antes decía esto:
“Serás lo que debas ser o no serás nada”, se le atribuye a José de San Martín. Otro acceso a la nada...
Ahora dice esto:
“Serás lo que debas ser o no serás nada”, se dice que dijo José de San Martín, y Evita lo adaptó al peronismo. Otro acceso a la nada se consuma...
Hoy también incluí el ensayo en el Libro 7, Creer y hacer creer.

domingo, 4 de agosto de 2013

Naturalezas 002 (2.0.0)


Entre la tarde y la noche de ayer y la mañana de hoy hice muchos cambios y agregados en el ensayo. El más importante creo que es el agregado en un bloque oculto (asterisco con que termina el ensayo) de la sección 4.2, que repasa las justificaciones existenciales de la narrativa de Borges. Hasta ayer el último párrafo de "Naturalezas" decía esto:
Bill rescata de ese desvío antinatural a Beatrix, a la vez que oficia de víctima propiciatoria de su reencarrilamiento definitivo y liberador: con su aprendido “toque de la muerte”, Beatrix cumple a la vez con el mandato de su naturaleza, con el mandato de su razón de venganza, y con el mandato del título de la película. “Serás lo que debas ser o no serás nada”, se le atribuye a San Martín.
Ahora dice esto:
Bill rescata de ese desvío antinatural a Beatrix, a la vez que oficia de víctima propiciatoria de su reencarrilamiento definitivo y liberador: con su aprendido “toque de la muerte”, Beatrix cumple a la vez con el mandato de su naturaleza, con el mandato de su razón de venganza, y con el mandato del título de la película.
“Serás lo que debas ser o no serás nada”, se le atribuye a José de San Martín. Otro acceso a la nada se consuma cumpliendo la naturaleza/destino (el destino inscripto en la naturaleza), como le sucede a ese otro vengador satisfecho que es el negro especular del cuento “El fin”, de Jorge Luis Borges:
Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.
Ni antes, cuando hay potencialidad o futuro, ni después, cuando hay recuerdo o pasado: sólo se es durante el acto que realiza ese deber ser, que es la bisagra entre dos nadas, el momento que justifica (y tal vez colma) toda una vida. Lo alcanzaron –matando– el negro y Mamba Negra, lo que en esa matriz fabulesca alcanza y sobra para hacer narrables sus vidas, que ahí encuentran su sentido.*
4.2

Si el negro encuentra su razón de ser –su sentido (o destino) de vida– matando a Martín Fierro, el sargento Cruz encuentra el suyo cuando pasa a defenderlo; leemos en “Biografía de Isidoro Tadeo Cruz (1829-1874)”:
En 1869 fue nombrado sargento de la policía rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre.
Otros actos epifánicos son menos cruentos. En “Las ruinas circulares”, por caso, luego de que el mago ha introducido en la realidad a su hijo soñado, leemos: «El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis». También es un acto de creación, aunque literaria, lo que en “El milagro secreto” justifica la vida de Jaromir Hladík en un instante perpendicular que al año se entronca de nuevo con la historia de su fusilamiento; luego de resumir la obra inconclusa, el narrador dice:
En el argumento que he bosquejado intuía la invención más apta para disimular sus defectos y para ejercitar sus felicidades, la posibilidad de rescatar (de manera simbólica) lo fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y alguna escena del tercero; el carácter métrico de la obra le permitía examinarla continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito a la vista. Pensó que aun le faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló con Dios en la oscuridad. Si de algún modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, existo como autor de Los enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y justificarte, requiero un año más. Otórgame esos días, Tú de Quien son los siglos y el tiempo.
La justificación de Hladík es tan privada y secreta como el milagro que la hace posible: «No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía». En “La busca de Averroes”, la elaboración de una trama deja su lugar a la elaboración de argumentos y la justificación recupera su afán póstumo y público: el médico árabe trabajaba en una «obra monumental que lo justificaría ante las gentes: el comentario de Aristóteles».
Fácilmente se pasa de ser uno justificable como autor de una obra a tener uno, en calidad de personaje, su justificación escrita en un libro (metáfora y modelo de un universo o un destino personal planeados). En “La Biblioteca de Babel” existen «las Vindicaciones: libros... que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo», aunque «la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero».
De todas estas justificaciones existenciales se puede decir algo similar a lo que, en “Deutsches Requiem”, dice Otto Dietrich zur Linde del «pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas», atribuído a Schopenhauer: «esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad».

En la parte 4, el párrafo siguiente a la fábula transcripta era este:
Aunque se dice que “acepta el trato” (si es que sólo eso puede significar “accepts the deal”), la rana más bien acepta hacer un favor, sin que la decida otra cosa que la “lógica” de un razonamiento. Por el contrario, el águila salmantina acepta prestarle el poder natural de sus alas a la rastrera y quejosa tortuga...
Ahora es este:
Un escorpión mafioso amenazaría a la rana con picarla si no lo lleva, y la rana lo llevaría sólo a cambio de conservar la vida. El de la fábula no amenaza: sólo promete no picarla si la lleva (que no es lo mismo que “prometer” no picarla sólo si la lleva). Y más que prometerlo lo demuestra tan lógico como elegir vivir en vez de morir. Con ese interés en juego, la rana no necesita confiar en la palabra del escorpión; le alcanza con confiar en su pulsión (o instinto) de vida.
Por su parte, ella no acuerda obtener nada a cambio del cruce, amén de no perder la vida; no hay intercambio en ese acuerdo, al menos directo (indirecto puede ser cualquier fortalecimiento cooperativo a futuro, con el implícito de Favor con favor se paga). En lugar de un servicio recompensado, la rana acepta hacer un favor, sin que la decida otra cosa que la “lógica” de un razonamiento.
Por el contrario, el águila salmantina acepta prestarle el poder natural de sus alas a la rastrera y quejosa tortuga...
También agregué la que ahora es la última frase de la sección:
Moraleja: imposible salir airoso/a de un duelo con la propia naturaleza, si se ha tenido el desatino de retarla.
El último párrafo de la sección 2.2 varió un poco. Antes decía esto:
Así, la naturaleza tiene una fuerza superior a la de la lógica de una conveniencia, incluso la que nos permite sobrevivir. Lo digo de nuevo: la naturaleza, si es necesario, puede ser ilógica, aun si le cuesta a su portador la identidad que la soporta. La naturaleza de la fábula del escorpión y la rana tiene de fuerte lo que no tiene de sabia, o sea, es arbitrariamente autoritaria: tiránica.
Ahora dice esto:
Así, en esta fábula la caricatura de la naturaleza tiene una fuerza superior a la de la lógica de una conveniencia, incluso la que nos permite sobrevivir. Lo digo de nuevo: la naturaleza, si es necesario, puede ser ilógica, aun si le cuesta a su portador la identidad que la soporta. Esta naturaleza hiperbolizada, llevada al absurdo, tiene de fuerte lo que no tiene de sabia, o sea, es arbitrariamente autoritaria: tiránica.
El segundo agregado en importancia lo hice en la sección 2.1, a la que le agregué la foto de epígrafe que tiene y varios párrafos relacionados. Antes terminaba con este tercer párrafo:
Se supone que el gran peligro del renegado es no estar en armonía con la naturaleza que le tocó en suerte, porque entonces vive una discordante vida falsa, la de su alter ego fabricado para encajar en la sociedad.
Ahora dice así:
Se supone que el gran peligro del renegado es no estar en armonía con la naturaleza que le tocó en suerte, porque entonces vive una discordante vida falsa, la de su alter ego fabricado para encajar en la sociedad. Pero también porque la naturaleza es garante de (la confianza en) un orden, sobre el que debe encajar el social. Y es el orden natural lo que afectan el renegado, el transgresor o el cuestionador, al sustituir por un mecanismo negador, infractor o plebiscitario el neutral imperio de la ley natural, establecida desde siempre y para siempre.
Es cierto que el orden natural no se plebiscita, en el sentido de que si lo hace deja de ser natural. A esa desnaturalización del argumento repelente que se lanza en el debate apunta la conversión del se por el , que queda discutiendo al lado del no. Radicalizada la crítica, no hay orden natural que no sea un orden naturalizado, que no se genere gracias a una transferencia por la fuerza de los atributos inmutables de lo natural hacia un orden convencional, así defendido por quienes tienen interés, deseos y voluntad de conservarlo (y con el aporte de quienes asumen, por aspiración o bovarismo, ese interés, esos deseos, esa voluntad de evitar un cambio).
En otras estrategias, con mayor fuerza de imposición, la cláusula de inalterabilidad se incluye en la misma norma, que adquiere así la rigidez deseada. En el documental ¿Quién dijo miedo? Honduras de un golpe (Katia Lara, 2010), se aclara a qué aluden quienes ahí hablan de artículos pétreos: “expresión popular hondureña para referirse a los artículos de la Constitución nacional que prohíben su reforma”. Una producción cultural, una obra de la inteligencia, la voluntad y el deseo, no puede dejar de sonar absurda o arbitraria cuando pretende emular la irreversibilidad que se le atribuye a la naturaleza (y que, en rigor, sólo es estrictamente indiscutible para el atributo de ser mortal; los otros, manipulando los plazos, pueden ser negociables).
Otro cambio, menor, hice en el primer párrafo de la sección 2.1. Antes era así:
¿Qué es la “naturaleza” en estas escenas? Es la fuerza de origen que tiene una identidad, y para ambos oradores es invencible e inalterable (que son los atributos deterministas de un destino). Y es una fuerza que siempre está al servicio de una argumentación, ya sea para persuadir o para disuadir.
Ahora es así:
¿Qué es la “naturaleza” en estas escenas? Es la fuerza de origen que tiene una identidad, y para ambos oradores es invencible e inalterable: los mismos atributos deterministas que, en la otra punta de un sentido de la vida, tiene un destino. Y es una fuerza que siempre está al servicio de una argumentación, ya sea para persuadir o para disuadir.

viernes, 2 de agosto de 2013

Naturalezas 001 (1.0.0)


Respecto de la versión cero, la publicada el 31 de julio a la noche, ayer jueves 1 de agosto cambié la posición de los epígrafes: antes el de Kill Bill 2 era el epígrafe de la sección 1 y el de El juego de las lágrimas era el epígrafe de la sección 2; ahora ambos (y en ese orden) son los epígrafes de todo el ensayo.
Ayer también le agregué al ensayo la sección 4, que escribí directamente en el editor de Blogger. La fábula "La tortuga y el águila", que estaba sólo linkeada, hoy hice que también estuviera transcripta en el cuerpo del ensayo.
Y hoy también agregué la última frase del primer párrafo de la sección 2.1:
Y es una fuerza que siempre está al servicio de una argumentación, sea para persuadir o para disuadir.

sábado, 13 de julio de 2013

El cartero llama dos veces 001 (0.1.0)


Acabo de agregarle al ensayo el epígrafe con ícono de teléfono antiguo y audio de un ringtone que encontré en Internet con el fragmento de "El tesoro de los inocentes", del Indio Solari.
A la frase, a la canción y al ringtone llegué a partir de una referencia de Ciro. El 16 de mayo de este año le escuché citar la frase del Indio, “Si no hay amor que no haya nada”, hablando de la separación de Los Piojos, en un programa de Canal Encuentro (creo que “Encuentro en el estudio”).

sábado, 6 de julio de 2013

Rulos 002 (2.0.0)


Cambié el título del ensayo (antes, “Rulos”; ahora, “Reconocimientos enrarecidos”), además de modificar lo que había y agregar dos casos más y cambiar la introducción y la división en I y II. Esto era lo que había hasta hoy:
I

Para poder resolver si identificarme o no en el otro, primero tengo que poder identificarlo. Veamos dos circunstancias que matizan o condicionan esa identificación del otro (o sea, el reconocimiento).

1.

Cuando se entera de que G es docente en la carrera de Letras, L le pregunta si conoce a P; G no conoce a ningún P, pero el “No” lo da con demora y como con dudas, porque no sabe qué está negando: si su conocimiento del estudiante P, del escritor P o del profesor P. Con cualquiera de estas categorizaciones, la identificación de P habría quedado completa y lista para que G pudiera negarla cabalmente, sabiendo lo que decía.
Cuando ese conocimiento hace a la identificación (que es señalación –la tenemos: “P”– + descripción distintiva –nos falta: “el estudiante”, por ejemplo–), la posesión del nombre de un individuo que no se sabe qué es (cómo categorizarlo) equivale a la posesión de una pieza cuyo juego se ignora, el naipe suelto de un baraja desconocida.

2.

G ve a F con un peinado que no le había visto antes. El cambio, obviamente, no le impide reconocerla. Pero hay algo extraño que le sucede a G con F y sus rulos. La conoce y no la conoce con rulos: no por experiencia propia, sí por referencia ajena. Ocurre que en un mail C había intentado hacerle evocar a G la imagen de F recurriendo a sus rulos. Se supone que podían haber coincidido en alguna fiesta de una amiga en común. Tiempo después, G conoce a F, que ya no usaba rulos. Durante unos meses se tratan con una frecuencia casi semanal, se dejan de ver por varios meses, y cuando se vuelven a ver F está con rulos.
El caso provoca en G una confusión entre una experiencia personal y una ajena. El reconocimiento, aun si puede cumplirse, no es plenamente tranquilizador si sus medios no están bien identificados. Lo entorpece el hecho de no saber si se trata de un conocimiento recabado por un tipo u otro de experiencia; o el hecho de no saber que está funcionando uno por otro, si no ambos (uno para sus rulos, otro para toda ella).

II

Si no pudiéramos conocer por experiencia ajena, para G los rulos de F habrían sido una novedad absoluta y el reconocimiento se le habría dificultado un poco más.
Esa capacidad de apropiarnos de una experiencia ajena (en la mala medida de lo posible) es lo que hace posible la adquisición del lenguaje, que es justamente eso. O en todo caso: sin esa capacidad, el lenguaje apropiado está vacío, como para un ciego de nacimiento la palabra “rojo”.

En la identificación de nuestras experiencias con las ajenas, las palabras y expresiones que aprendemos a usar van adquiriendo peso: nos las vamos apropiando a medida que –y en la medida en que– las necesitamos.
Decir que algo no tiene sentido puede significar que carece de referencia o que carece de valor o ambas cosas. Un ejemplo del caso mixto es el color rojo para un ciego de nacimiento, que no tiene ninguna experiencia de eso, por lo que le resulta sólo una palabra: sin referencia ni significancia, sin ningún tipo de sentido que pueda reconocer y atesorar.

Esto es lo que hay ahora, que es lo que preparé para el M&S #10, que vengo de leer:

Veamos cuatro casos en que se ve afectada la seguridad con que se logra o no se logra reconocer algo o a alguien.

1. El desconocido P

Empecemos con un caso en que no se logra reconocer a alguien, porque no se lo conoce; ante una consulta, la inseguridad de la respuesta negativa radica en que no sé qué es ese al que sé que no conozco.
Cuando se entera de que X es docente en la carrera de Letras, L le pregunta si conoce a P. X no conoce a ningún P, pero el “No” lo da con demora y como con dudas, porque no sabe qué está negando: si su conocimiento del escritor P, del estudiante P o del profesor P, por ejemplo. Con cualquiera de estas categorizaciones, la identificación de P habría quedado completa y lista para que X pudiera negarla cabalmente, sabiendo lo que decía. Es como si X tuviera una zona difusa adonde lanzar su negación, en lugar de un blanco preciso; sabía que le tenía que acertar a P para negarlo, pero no sabía en qué casillero estaba P, y entonces produjo una negación desorientada.
La posesión del nombre de un individuo que no se sabe qué es, cómo categorizarlo, equivale a la posesión de una pieza cuyo juego se ignora, el naipe suelto de un baraja desconocida. La identificación en ese caso es tan imposible como la ubicación del tesoro de Lincoln, si sabemos cuántos pasos tenemos que dar pero no desde dónde y en qué dirección (como le cuestiona Marge a Homero en “Bart to the future”, episodio 17 de la temporada 11).

2. Los rulos de F

Sigamos con un caso en que se logra reconocer a alguien, pero no se está seguro de cómo.
X ve a F con un peinado que no le había visto antes. El cambio, obviamente, no le impide reconocerla. Pero hay algo extraño que le sucede a X con F y sus rulos. La conoce y no la conoce con rulos: no por experiencia propia, sí por referencia ajena. Ocurre que en un mail C había intentado hacerle evocar a X la imagen de F recurriendo a sus rulos. Se supone que podían haber coincidido en alguna fiesta de una amiga en común. Tiempo después, X conoce a F, que ya no usaba rulos. Durante unos meses se tratan con una frecuencia casi semanal, se dejan de ver por varios meses, y cuando se vuelven a ver F está con rulos.
El caso provoca en X una confusión entre una experiencia personal y una ajena. El reconocimiento, aun si puede cumplirse, no es plenamente tranquilizador si sus medios no están bien identificados. Lo entorpece el hecho de no saber si se trata de un conocimiento recabado por un tipo u otro de experiencia; o el hecho de no saber que está funcionando uno por otro, si no ambos (uno para sus rulos, otro para toda ella).

Si no pudiéramos conocer por experiencia ajena, para X los rulos de F habrían sido una novedad absoluta y el reconocimiento se le habría dificultado un poco más.
Esa capacidad de apropiarnos de una experiencia ajena (en la mala medida de lo posible) es lo que hace posible la adquisición del lenguaje, que es justamente eso. O en todo caso: sin esa capacidad, el lenguaje apropiado está vacío, como para un ciego de nacimiento la palabra “rojo”.

En la identificación de nuestras experiencias con las ajenas, las palabras y expresiones que aprendemos a usar van adquiriendo peso; nos vamos apropiando de ellas a medida que –y en la medida en que– las vamos necesitando (la necesidad hace escuela).
Decir que algo no tiene sentido puede significar que carece de referencia o que carece de valor o ambas cosas. Un ejemplo del caso mixto es el color rojo para la ciega de nacimiento que charla con Polo en un capítulo de “El visitante”. Rosita no tiene ninguna experiencia de eso que así se nombra; para ella es “sólo una palabra”: sin referencia ni significancia, sin ningún tipo de sentido que pueda reconocer y atesorar.
3. Un disco de KJ

Es el turno de un caso en que inferimos que es nuevo –apto para conocer– algo que no logramos reconocer, creyendo que deberíamos.
X entra en la disquería de un amigo. Suena una improvisación de piano, contrabajo y batería. X le dice a su amigo: “Esto tiene que ser el trío de Keith Jarrett. Pero no puede ser el trío de Keith Jarrett, porque conozco todos los discos y a este no lo tengo escuchado. Conclusión: salió uno nuevo de Jarrett”. Y el amigo le contesta haciendo emerger lenta y rítmicamente de abajo del mostrador la caja del CD recién llegado.
Esa música está obligada a lo mismo que tiene prohibido: ser Keith Jarrett. O también: un término y su negación son imposibilitados a la vez: eso que suena no puede no ser Keith Jarrett y no puede ser Keith Jarrett. Si desando la simplificación, eso no puede, en rigor, ser uno de los discos del trío de Jarrett que están en el catálogo; y debiendo ser un disco de KJ, la posibilidad que queda abierta (para que por ahí pase el razonamiento de X) es que sea un disco que esté fuera del catálogo conocido, por ejemplo por ser nuevo.
X experimentó una mezcla de reconocimiento (sonido Jarrett) y no reconocimiento (disco desconocido, no identificado). De la incompatibilidad de esta convivencia X dedujo una novedad (algo a conocer), como si corrigiera el supuesto de partida que lo condujo a ese absurdo (el catálogo es una lista cerrada). La mezcla da una noticia; no se queda paralizada por fuerzas iguales y opuestas, aunque la desmentida o refutación tal vez no logre borrar la sensación inicial de que sí.

4. El primer vuelo de X

Al revés del anterior, el último es un caso en que, por ser una primera vez, no debería haber reconocimiento. Pero hay.
En esta oportunidad el reconocimiento enrarecido lo tuvo X con la sensación del despegue de su primer vuelo en avión, a los 29 años. La conocía y no la conocía: era la sensación que ya conocía de los despegues que experimentaba cuando soñaba que volaba, pero que nunca antes había identificado en la vigilia.
Otros dicen que sí, que a los 7 años había hecho un vuelo en avioneta con su madrina. Tal vez esa primera sensación de perder toda sujeción con el suelo firme fue la que después usaron sus vuelos oníricos, y que tal vez mejoraron (si es que no había resultado una novedad placentera). Si fue así, X el adulto conectó de una con la sensación que recordaba de sus sueños tal vez porque se trataba de una sensación actual, frecuente y muy disfrutable (la otra era remota, única y de sabor perdido). O tal vez porque ya no podía reconectar con la sensación olvidada de esa primera experiencia, sino sólo con la versión –tal vez complaciente– que con los años le habían dejado sus experiencias soñadas.